
Por Brenda Cabello
El discurso que se intenta imponer con el segundo piso de la 4T, dicta que los movimientos sociales ya llegaron a un punto culminante de la historia, pues ahora son adoptados y cuidados por el gobierno. Pareciera con su actuar, que el gobierno nos quiere hacer creer que las demandas sociales ya no se consiguen bajo la organización política de la gente, sino que se hacen a través de la afiliación a los programas sociales o a partir de los cursos de formación política que imparten en Morena.
Sin embargo, por más que se esfuerza el Gobierno Federal por imponer esta norma, siguen existiendo brotes de organización bajo diferentes formas de lucha. Una de ellas, es de la que se ocupa este artículo: El Frente Nacional por las 40 horas, que tiene como principal demanda la reducción de la jornada laboral, para que ésta pase de 48 a 40 horas semanales.
La demanda por disminuir el tiempo de trabajo surge en un país como México, que junto a Colombia, encabeza la lista de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) que más horas trabajan, en este contexto, para muchos trabajadores unas horas más de descanso significan una mejoría sustancial de sus condiciones de vida, no obstante, sería importante pensar si el hecho de que se reduzca el tiempo de duración de la jornada, es suficiente para disminuir el grado de explotación, pues muchas veces la reducción del tiempo implica una mayor intensidad del trabajo.
En el capitalismo, para la producción de mercancías, el capitalista desembolsa una cantidad inicial de capital, que utiliza para dos cosas: i) obtener las máquinas necesarias para producir, materias primas, insumos, etc.; y ii) pagar los salarios de los trabajadores. Ahora bien, al final del proceso de producción, el capitalista obtiene una cantidad de dinero mayor que la inicialmente gastada. Ese excedente, que es la plusvalía y que se apropia el capitalista, proviene del trabajo extra que realizó el trabajador y que no le fue pagado.
Al trabajador sólo se le paga un salario por su trabajo, y este debiera calcularse tomando en cuenta todos los medios de vida que el trabajador necesita para su sustento y el de su familia, tales como los alimentos, la vivienda, la salud, vestimenta, transporte, educación, etc.
En ese sentido, la jornada de trabajo está conformada por dos partes: la primera es el tiempo necesario para que el trabajador produzca el valor de su propio salario, y la segunda es el tiempo que seguirá trabajando sin que se lo paguen, es decir, el tiempo excedente.
Supongamos que en una maquiladora, una costurera produce 30 abrigos en una jornada de 12 horas. Lo que obtenga su patrón por la venta de esos 30 abrigos serán 9 mil pesos, y lo que le pagarán a ella por esas 12 horas trabajadas serán 200 pesos. Es decir, la costurera sólo tardará 16 minutos en reponer su salario y todo el resto del tiempo trabajado le será despojado por el capitalista.
En esta condiciones, se podría pensar que ante la reducción de la jornada de trabajo, lo que se produzca de menos -debido a ese tiempo que se redujo- será una pérdida para el capitalista, pues el salario se mantendrá constante. Pero en realidad, el capitalista no está dispuesto a perder ni un centavo, y el aumento de la plusvalía se realiza aún cuando en apariencia se trabaje menos tiempo.
Cuando la jornada de trabajo se alarga más allá del tiempo necesario para que el trabajador reponga el salario que se le paga, estamos ante la plusvalía absoluta, es decir, el aumento o disminución de la plusvalía estará relacionado directamente con el tiempo de duración de la jornada de trabajo.
Ahora bien, cuando aumenta la intensidad del trabajo y se produce más en menor tiempo, o cuando el grado de desarrollo de la producción es tal, que permite que se produzca una mayor o menor cantidad de mercancías en el mismo tiempo, estamos ante la plusvalía relativa, es decir, el salario baja en términos relativos comparado con el aumento de la plusvalía.
Cuando en el capitalismo se llega a un desarrollo productivo que permite que aumente la plusvalía relativa, se ahonda el abismo entre el trabajador y el capitalista, porque aumenta la explotación y no solamente de una forma lineal, pues se puede alargar la jornada, o acortarla haciéndola más intensiva, y esto hace que las condiciones reales de la explotación se mantengan iguales o se acrecenten, aunque en la apariencia se modifique la jornada de trabajo.
Por lo tanto, hay varias formas de aumentar el nivel de explotación aún cuando se reduzca el tiempo de la jornada de trabajo, si se exige a los trabajadores que produzcan a un ritmo más acelerado, en realidad se aumenta la explotación aunque disminuya el tiempo. Si se disminuye el tiempo de la jornada laboral pero al mismo tiempo el salario baja, o los precios de las cosas que necesitan los trabajadores para subsistir suben de precio, en realidad se le está pagando menos al trabajador por su trabajo.
Es por ello que, para hacerle frente a la explotación que ejercen los capitalistas en contra de los trabajadores, la reducción de la jornada laboral es un comienzo muy importante que tiene además otras aristas necesarias de profundizar.
Ante estos tiempos donde pareciera que las luchas están dadas, es urgente que los trabajadores se identifiquen y aglutinen como clase, para que nunca más el tiempo libre de unos pocos sea a costa de transformar en tiempo de trabajo la vida entera de las masas.






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