Partícula
a todos los mártires en Irán y Palestina:
Éstas bombas
que revientan mis tímpanos
no podrán destruir
ni una partícula de mi voluntad.
Seré un mártir
a pesar de mi amor a las flores
y al cantar del ruiseñor por la mañana.
Seré un mártir
porque yo amo el calor que irradian
las mejillas de los hijos de mis hermanos
en pleno invierno,
porque yo adoro el sol dorado
que esplende al atardecer
sobre la plaza de mi pueblo.
Seré un mártir.
No claudicaré.
Yo seré un mártir.
Moriré como todas las flores
que he cosechado en mi jardín.
Página
Miré, página a página,
los retratos de los mártires
en Minab.
Destellan sus ojos
como brillan los ojos de mi hijo.
Y mi hijo me mira con la misma inocencia
que miran a la cámara
las niñas de Minab.
Sonríen como le sonríe
mi hijo a sus maestras,
y los hoyuelos de sus mejillas
recuerdan al hoyuelo que se forma
en la mejilla izquierda de mi hijo.
Reconocí en sus ropas los pliegues
que crean mis manos
y en sus cabellos,
el hábito de mi peine.
Encontré mi jornada de trabajo
en sus zapatos nuevos,
y en sus semblantes
la calma de nuestra habitación,
la suavidad de su cálido cuello
y la pelusa de sus pequeños brazos.
Escuché en el trotar de mi hijo
el sonido de los pasos calmos
de los niños de Minab.
Y no pude ignorar el parecido entre sus risas
y la carcajada que suelta mi hijo
al picarle las costillas.
Acaricié con mis dedos sus rostros
como acaricio el rostro de mi hijo.
Lloré en silencio,
el mismo que habita la casa
cuando mi hijo se va a la escuela.
Y me pregunté
si en mi llanto desolado
se escucha además
el eco del llanto de los padres
que duelen al encontrar
la sangre carmesí derramada de nuestros hijos.
Escritos Por: Isamar Monterrosas Méndez.







Deja un comentario