
Escrito por: «Palestino»
Si no existiera una separación entre el puro derechismo y el fascismo podríamos hablar tan sólo de la intensidad de cada acto expresado por uno y otro para definirlos. ¿La violencia podría ser la línea para separarlos?
El asunto aquí es de qué tipo de violencia estaríamos hablando, pues de por sí en la confrontación diaria entre clases sociales dentro del capitalismo, la violencia (sin que medie a fuerza agresión física) es el pan con el que se liman todas las diferencias entre ellas.
Así, si no fuera un acto violento legalmente instituido y legitimado por el “decoro de las buenas conciencias” que obran su discurso para esto, vivir a costillas del trabajo realizado por otros implicaría, a cada rato, pleitos, en cuanto los esquilmados de su trabajo se dieran cuenta de esto, y de quién es el que les roba.
Es una situación de hecho a la cual se le otorga el cobijo legal y se legitima para que quien vive del trabajo efectuado por otros, pueda seguirlo haciendo, y quien trabaja para sí y para quien le roba parte de su trabajo, tenga canales para desahogar su frustración al darse cuenta de lo que pasa. Canales a través de los cuales se constituye y refuerza el amaestramiento de que somos objetos todos, a fin de dar por sentado la serie de prejuicios que nos “parecen naturales”: democracia, libertad, diversión, descanso, tiempo libre, alegría, libre empresa, autonomía, amor, etc.
La violencia de la derechización es lo que, en su extremo, se denomina fascismo, tiene el mismo tratamiento que la situación de hecho en que se funda el capitalismo, de legitimar y legalizar que una clase social (que es minoría) viva de robar el trabajo elaborado por otra (que es mayoría), dejándole a ésta la parte que en la lucha social, política, económica e ideológica (o en la lucha de clases entre ellas) pueda ser conservada por quien la produce y no arrancada por quien “por costumbre” (de facto y por medio de la fuerza naturalizada como “voluntad propia”) la roba.
La derechización de la sociedad no es más que el acto cotidiano en que el mismo capitalismo crea la base social para controlar a la gente y darle a la opción política en turno que utilice (partidos políticos, sindicatos, agrupaciones religiosas, escuelas, ejército, organizaciones empresariales, etc) el carácter de primera línea, según el momento histórico que corresponda. No es que sirva al capitalismo de una forma predeterminada alguna de las opciones para el propósito de controlar a la gente, sino que va adecuando su uso al caso específico y el lugar de que se trate.
Retomando lo que ha aplicado y cómo lo ha hecho, la clase social dueña del capitalismo valora el resultado de forma permanente para determinar lo que sí y lo que no puede ser replicado en alguna circunstancia. Esto lo hace a través de los propios mecanismos e instituciones construidos para llevar un seguimiento de tales situaciones. Analistas y recolectores de información se ubican en distintos puntos de la sociedad (universidades, centros de investigación, escuelas, grupos empresariales, medios de comunicación, etc) para fungir en este propósito, sean conscientes o no de ello.
En una imagen similar a “prueba y error” se puede decir en forma simplificada, desarrolla y perfecciona los mecanismos para dominar, pues siempre encuentra una respuesta sobre quienes los aplica, en forma organizada o no, de manera consciente o no, dado que no actúa sobre cosas u objetos, sino que se vale de estos para que la práctica recaiga en la gente, en los humanos que conforman la sociedad.
Si la burguesía dueña del capitalismo es una clase social parasitaria que vive y se reproduce del trabajo robándoselo a quien lo crea, los grupos que le sirven para justificar, validar, legalizar y legitimar esta situación base de la derechización de la gente (los más reaccionarios no son los que defienden al capitalismo aunque se pinten de “progresismo”, sino los que por pasivos son sus defensores silenciosos), representan los mercenarios “intelectuales” (o lúmpenes sociales “intelectualizados”) de esa parásita clase social llamada burguesía.
El capitalismo funge (como si dijéramos) comandado o dirigido por la clase social que domina en el momento específico que se trate y las condiciones en que pueda ejercer su poder. Aunque esté hegemonizado o dirigido este dominio por segmentos o grupos de las clases sociales dominantes (incluso hasta por actores personales con “estilos característicos”), esto se establece en función de las condiciones y posibilidades habidas para ejercer y mantener el ejercicio de ese poder.
Este mecanismo de “funcionamiento social” ha existido de hecho en todas las sociedades con fundamento en la propiedad privada sobre las condiciones sociales y materiales, necesarias para producir y reproducir la vida de sus integrantes. De esta condición se desprende la constitución de las clases sociales que pelean por mantener la propiedad privada que les sirve, cambiarla, o destruirla para erigir un nuevo tipo de propiedad (privada o no).
Por lo mismo se expresa con claridad que la historia de la sociedad hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases y (podría agregarse) de las formas de propiedad (privada o no) que han prevalecido.
De la sociedad que se habla, es la que se encuentra dividida en clases sociales. No ha sido la única. De hecho es la que menor tiempo ha prevalecido en toda la época geológica llamada antropoceno. Concepto usado para ejemplificar el impacto humano en los ecosistemas de la Tierra. La de menor tiempo prevalecido, empero la de mayor impacto, es la era del capitalismo.
El humano no es quien viene en abstracto (como mero concepto) a dañar de manera irreversible (por lo que parece) los ecosistemas del planeta llamado Tierra. Tampoco es la violencia (como partera de la historia, diría alguien) en abstracto, la que ha permitido cambiar una sociedad por otra, una clase social dominante por otra, o una forma de propiedad por otra.
Al existir la propiedad privada sobre las cosas y circunstancias indispensable para que el humano viva y reproduzca su especie, la batalla de la gente por tener y no dejar que le quiten lo poseído, es lo que ha definido los bandos en pelea.
La invasión de Estados Unidos a Venezuela para sacar al presidente legítimo de este último país y “juzgarlo por narcoterrorismo” en Gringolandia, es la muestra más reciente (no la única), que en cosa de “defender derechos” (como el que aluden los gringos acerca de su propiedad sobre el petróleo habido en Venezuela, SIC) las clases sociales (y sus representantes) pueden retorcer a conveniencia lo que sea. La lucha de clases es el enfrentamiento de intereses (constituidos en derechos) contrarios, irresolubles entre sí como no sea imponiéndose y destruyendo (de ser posible y necesario) unos sobre otros.
Las clases sociales son, en esencia, el traslado de esa diferencia en la posesión de las cosas y circunstancias materiales y sociales, que pueden fungir como medios para garantizar que el ser humano viva y se reproduzca como especie, al ámbito de unir o separar intereses de la gente en torno a ello, según el lugar ocupado en una sociedad específica. A intereses similares, se constituye una determinada clase en la sociedad que identifica a sus miembros, se den cuenta ellos o no de esto.
No de otra manera se explica que mantengan un “silencio cómplice” los capitalistas europeos y de otras latitudes, hacia la invasión habida contra Venezuela en demostración de la solidaridad de clase que mantienen con sus mandamases gringos, para defender los intereses que tienen en común por controlar el petróleo y otras fuentes de materias primas, base de los negocios que los une en última instancia.
Lo anterior es así porque los intereses similares hacen que la gente actúe en un mismo sentido, bajo igual lógica, buscando alcanzar propósitos compartidos. Que haya consciencia al respecto puede generar una mayor coordinación de acciones y actos con los cuales las clases sociales se pelean la propiedad y el disfrute que de tal posesión se desprende. Como sucede hoy en muchos lugares de la Tierra, la acción coordinada de dueños de monopolios trasnacionales puede dar como resultado tener gobiernos más a modo según les conviene. El gobierno de Trump no es único en este sentido.
La derechización de la sociedad es el “estado natural” de la gente en el capitalismo. Es la aceptación más o menos a regañadientes de que lo que existe en la sociedad capitalista es lo único posible, lo legal y legítimo, por tanto, lo que por costumbre es válido, común para el que sea, el medio en el que se vive sin conocer otro distinto. Oponerse a ello significa quedar por fuera de la sociedad (o de la mayoría de sus cánones y prejuicios, al menos) aunque “se viva dentro de ella” y de una forma más aislada en cuanto el rechazo mutuo se vuelva más explícito.
De hecho, toda forma u organización social y política que busca transformar las condiciones imperantes en una sociedad dada, surge de sus propias entrañas. Este proceso de transformación no se reduce a un único aspecto que puede abarcar la organización social, como tampoco se ciñe a un hecho o a una serie de hechos aislados, desconectados del todo que es la sociedad en cuestión.
La derechización de la sociedad es el modo cómo en términos del capitalismo busca la clase social que es su dueña, reproducir y meter por todos lados, empleando todos los recursos a su alcance, el amaestramiento, la conformidad, la aceptación de lo existente. Y mientras más grande es la rebelión contra esto, más acendrada la derechización en la sociedad se vuelve. Desde luego, como en todo diría Perogrullo, esto depende sin duda las condiciones habidas en su momento.
El fascismo como derechización extrema en la sociedad, como práctica de pura violencia sin tapujos hacia el que sea que no comulgue con lo establecido en la sociedad, es a lo que nos están llevando en México. Es lo que ya está en camino de asentarse, tratando de echar raíces con el nuevo PRI guinda, que replica en forma de facciones y cacicazgos mal articulados la serie de intereses que le permitieron al PRI original, mantener el poder político por décadas.
Esta réplica mal hecha sin embargo no parece que cuajará, porque el PRI original fue el medio con el cual se constituyó el capitalismo empleándolo como aparato para organizar y legitimar la sumisión. Crear mercado interno no sólo fue un asunto de constituir o delimitar el mercado en que se reproduce la acumulación “interna” de capital, sino a las clases sociales que se desprenden de su existencia.
Y en el caso del PRI guinda la creación de una “mafia en el poder” propia, tiene el inconveniente de carecer de un proyecto que la articule, como no sea distribuir recursos públicos a la población. Repartirse el poder entre la nueva mafia tiene, además, el inconveniente de las alianzas que en cada territorio el grupo o grupos caciquiles en cuestión deben establecer con quienes se dedican al tráfico de drogas no autorizadas, de personas y sirven “para dar protección” a intereses vinculados con capitales venidos de afuera del país, implica “repartir el poder” aceptando condiciones puestas por otros.
En poco tiempo el acceso al poder y lo que conlleva en la disposición de recursos, base para construir “capital político” de la nueva “mafia en el poder”, ha generado un deterioro social y político entre mucha gente “entusiasmada” con el cambio en el gobierno (cuarta transformación le llamaron a esto), al darse cuenta que los mismos “delincuentes de cuello blanco” (y muchos otros nomás delincuentes) nutrían las filas de “nuevos empleados” del gobierno. Si la situación no ha ido a mayor, es por la serie de apoyos públicos distribuidos entre las familias de los inconformes.
A falta de consciencia, el estómago y el bolsillo pueden fungir de referentes para aceptar lo que hacen los gobiernos del PRI guinda si allí les echa algo de recursos públicos, como antaño lo hacia el PRI original, para allegarse apoyo, aplauso, seguimiento, aceptación.
De la existencia de la propiedad privada y lo que conlleva, a la derechización de la sociedad con la que nos están queriendo acostumbrar como “respuesta” a la inconformidad o la presencia de fenómenos “ajenos a nosotros mismos” y “lo que queremos de país”, como resulta la presencia de personas venidas de otros territorios (migrantes les llaman), negocios de mercancías no legalizadas (drogas, personas, armas en su caso), o legalizadas pero estigmatizadas por razones a veces fundadas (organismos genéticamente modificados, materias primas, vacunas), existe una enorme distancia.
Guardando las debidas proporciones es como quererse echar un salto de una célula del cuerpo humano, a cuando menos uno de los sistemas que lo componen, un salto que por mortal quizá pueda hacerse sólo en el pensamiento porque en los hechos es algo mucho más complicado que solo decirlo. O sea, podemos hacernos chaquetas mentales pero sólo hasta determinado punto, a fin de no caer en el absurdo o la incoherencia de una idea (por chaquetera que ésta sea).
Si le agregamos además el hecho de que la llamada reproducción del capitalismo es en esencia mantener el ciclo del capital funcional y permanente, sin entorpecimientos o interrupciones drásticas, el asunto se vuelve todavía más difícil de captar. Porque pura propaganda política e ideología permea en todo lo que se dice de la coyuntura habida en la Tierra a consecuencia de que los monopolios trasnacionales, encabezados por los dedicados a los energéticos y seguidos por los que controlan las fuentes de materias primas, buscan convencernos de aceptar la catástrofe como salida para todo.
Entonces “aparece” un Trump y sus réplicas de “locos desaforados” en distintos países hablando de la fuerza de “garantizar la libertad” y otras “grandes ideas” (prejuicios, más bien), a fin de que se acepte que sólo por la fuerza, a bayoneta calada, a punta de madrazo, machete y pistola (o invasión en su caso) puede alcanzarse “la paz mundial” (hasta cónclave para esto hizo el presidente gringo creído de sí y de lo que supone representar). Aunque es la fuerza de los capitalistas cuyos intereses deben garantizarse, los que tras bambalinas (y no tanto, a veces) dictan el guion de la obra.
No está de más reiterar que las personas no son sino actores de sus circunstancias, y que éstas moldean lo que hacen o pueden hacer, pese a tener incluso consciencia de ello, porque son los colectivos o los llamados pueblos quienes pueden moldear el curso esencial de las condiciones imperantes (dado que el ser humano al surgir y hacerse tal sólo lo logra en colectivo o en sociedad), acontecimientos como la invasión relámpago de los gringos a Venezuela, adquiere una forma económica que escapa al puro control del mayor yacimiento de petróleo y gas en la Tierra.
Tampoco es mera reafirmación de la supremacía militar de los gringos o una reavivación de la grandeza de “la nación americana” sacada del closet de vejestorios para justificar la invasión hecha. Si bien representa un paso para buscar cerrarle el camino a “la influencia China” en Latinoamérica, eso es mera política, puesto que los negocios de los monopolios mundiales (entre los que están “capitales chinos”) impulsan tomar tales medidas militares, y de ser necesario hasta al interior de Gringolandia como sucede con el asesinato de gringos… por otros gringos.
De muchos modos nos convertimos en marionetas cuando el orden establecido funge por detrás del actuar que tenemos, aunque nos creamos actores autónomos. Sólo pensando en cabeza propia y actuando a partir de rebelarnos contra lo que nos dicen es lo único e inevitable, lo que ya está establecido, es como un ser que sea autónomo, independiente o (con más precisión) libre, puede estar surgiendo en el terreno de los hechos.
La capacidad para ubicar lo que es nuestro campo de acción como sujetos sociales o personificaciones de circunstancias concretas que sirven de contexto, de aquello que escapa a nuestro propio actuar y decisión propia, nos colocará lejos del voluntarismo propio de quienes piensan y actúan bajo el esquema enajenante del individualismo impuesto por los dueños del capitalismo. Imbuirnos la creencia de la acción individual como epicentro de los acontecimientos sociales, es la imagen torcida con que el capitalismo nos hace sus marionetas.
Mientras pensamos en la trascendencia de nuestros pasos y nos insuflan la egolatría hasta la monstruosidad, el capitalismo sigue su marcha y nos satura de datos por todos lados, o nos esconde los hechos reales llevándonos a pensar en las mentiras meticulosas que arma. Eso que llaman la guerra mediática empleando la propia tecnología desarrollada para fines militares, puestas al alcance de los ideólogos que hacen propaganda de todo tipo, empleando todos los medios a su alcance y todo el día (en tiempo real, le llaman).
Aunque nos sintamos chichos y pensemos que tenemos un papel estelar en la historia que nos toca vivir, mientras los mecanismos que hacen funcionar al orden establecido (en el presente, el capitalismo) como tal, y no adquiramos plena consciencia de esto y lo que implica, todo cuanto hagamos seguirá el mismo patrón ya dado, tomará el curso que se nos dicte, no saldrá del derrotero conocido por más embravecidos que nos sintamos (o por más rabia que nos invada como fuego de un cerrillo dentro de nuestros atolondrados corazoncitos).
La tendencia a estupidizar a la gente es inherente al capitalismo. A diferencia del prejuicio socorrido para ensalzar la masificación de la educación como baluarte contra la ignorancia (y en su cúspide, “el renacimiento, la ilustración y el romanticismo como legados para la humanidad” endilgados a la burguesía), la ignorancia que promueve el capitalismo (aparte de los prejuicios con los que levanta su legitimidad, que son una forma de ignorancia no admitida) es a base de las mentiras que forja, introduce, impone y sanciona, como vuelve más ignorante a la gente sin importar que sepan o no leer y escribir, o que cuenten con título universitario.
Esta forma de la ignorancia es la base para llevar a la gente a la extrema derechización (es decir, a la fascistización del que sea y de las condiciones subjetivas en que se desenvuelve la gente), donde la pura violencia y los actos de fuerza se “naturalizan” como respuesta a la catástrofe a que “nos quieren llevar” diferentes grupos de población (hasta pueblos), que “amenazan” la situación en que nos hallamos.
Aunque seamos muertos de hambre, creernos esta propaganda es el caldo de cultivo para aceptar que las salidas de fuerza por el capitalismo, son tan “naturales” como respirar la sangre del exterminio aplicada en contra de pueblos enteros, como sucede con los palestinos.
Pero hay que estar preparados. Si en el presente la derechización apuntando hacia el fascismo puebla las condiciones de lucha habidas en varios lugares de la Tierra, lo peor será hacernos presas de la desesperación o seguir el rumbo de la confusión sembrada por el imperialismo, para que nos creamos la consigna de que toda revolución (o transformación, si nos incomoda ese concepto) está llamada a la imposibilidad de realizarse, si no es que al fracaso o a tener reveses considerando varios antecedentes en diversos lugares en la Tierra y con distintos pueblos.
De este modo puede entenderse el papel fundamental que tiene para el imperialismo presentar al socialismo como una “utopía fracasada”, al menos como una idea sin sustento o mero proyecto ideal carente de realización en la vida material y social de la gente “común y corriente”, cuando deviene en posibilidad, si no es que la única oportunidad que tiene el ser humano para salvarse a sí mismo, y a toda otra forma de vida conocida en la Tierra. Si la gente no toma el destino de sus propios pasos en sus manos, el capitalismo la llevará a exterminarse como especie biológica, tal y como sucederá con el conjunto de la vida presente no humana.
Estar preparados no significa dejar de hacer lo más que se pueda por contribuir a terminar con el capitalismo, antes de que éste acabe con la humanidad y el resto de vida habida en la Tierra, tal y como se conoce en la actualidad. Y eso pasa por cuestionar al menos si el fascismo consensado (en apariencia silencioso) que se está sembrando en un país como México, es el precipicio al que nos queremos aventar.
O al menos justificar al ser la 4T el medio: “porque es lo menos peor” o “no hay de otra”, es decir, la socialdemocracia como vehículo para introducir la derechización extrema en el país, o lo que es lo mismo, el fascismo consensado, aceptado con los pesos que caen en los bolsillos de la gente.
Para los corazoncitos atolondrados que siguen a pie juntillas todavía al líder moral de la 4T, su reciente aparición con un libro los lleva al orgasmo sicodélico por su adhesión adictiva. Si alguien cuestiona esta enajenación, la susceptibilidad mostrada se convierte en rabia por justificar esta forma de mediocridad “del progresismo en México”. Un nuevo libro hecho con un equipo que lo apoye, pero firmado sólo por AMLO, no demerita el resultado dicen. Como si Lenin que encabezó una revolución y escribió un chingo, o los hermanos Magón haciendo otro tanto, hubieran recurrido a guajes para nadar.
Pero la derechización de la sociedad en tiempos de la 4T ha hecho a más de uno aceptar la mediocridad que la ausencia de rebeldía en el país es signo de transformación. Quien manda en los territorios son los empresarios armados metidos a negocios no legales y sus compinches de la guardia nacional, la marina y el ejército. Y como a la gente con un poco de distribución de recursos públicos le llenan en algo la tripa, acepta que eso dado es lo que hay que defender.
El PRI en sus tiempos de reinado en el país lo hacía empleando a los militares y al aparato de movilización corporativo que era el partido-gobierno. Con estos elementos esenciales (entre otros) aniquilaron movimientos de lucha social contra la opresión, el saqueo, las injusticias, la falta de espacios para la participación política de la gente. Contra los movimientos político-militares en las décadas 60-80 del siglo 20, y la población que los apoyó, la guerra de contrainsurgencia empleó la desaparición forzada como uno de sus principales instrumentos, para infundir terror y destruir por entero al enemigo.
La estrategia de terror no sólo se dirigió a guerrillas entonces constituidas en diversos lugares del país, sino hacia todo aquel descontento que se saliera de los causes ofrecidos por la cooptación y sumisión al PRI-gobierno. Y a medida que éste se hizo PRIAN el refinamiento de métodos alcanzó a la llamada “inteligencia” en investigación para la persecución (policial le dicen), utilizando las tecnologías que fueron surgiendo en materia de comunicación, manejo de datos, ubicación satelital, etc.
El eslabón escondido en esa cadena para atar el pasado con el presente de revivir al priísmo pintado de guinda, bajo la imagen de un “nacionalismo democrático” (que se reivindica liberal y con “raíces autóctonas”) fue apelar a la buena voluntad de la gente, como si ésta, tal y como se forja y se afirma en el propio ser que hace a la gente ser lo que es, se diera por generación espontánea, o careciera de todo vínculo con el contexto de lo que sucede con el capitalismo imperante a nivel de la Tierra.
La derechización que se vive en el mundo (tendiente a la fascistización) no es ajena a la manera como capta y configura su ser “el mexicano”. Por algo tuvo y tiene caldo de cultivo revivir el nacionalismo priísta por los gobiernos de la socialdemocracia (la llamada 4T), emulando de manera “moderada” ese patrioterismo reivindicado por gobiernos más radicales como los encabezados por Trump, Milei, etc.
Acoplarse a ese ciclo (como le llaman los mamones) de manera que no desentone con la derechización en boga, pero no sea “tan radical” que impida “la estabilidad política del país”, es la práctica aplicada por los gobiernos de la 4T.
Ser de “derecha moderada” (o con práctica de protofascismo vergonzante) es a lo más que puede esperarse de gobiernos con matriz política unida de una u otra forma a la socialdemocracia. Esa “opción política” para el vulgo o los muertos de hambre no da para más. La “manera institucional” de aplicarse en México conlleva apoyarse en la aceptación que la despolitización habida por generaciones ha producido para “la opción por el cambio”: la esperanza pagada con distribución de recursos públicos bajo la forma de programas sociales, afianza “la credibilidad” de los gobiernos de la 4T (¿a quién le dan pan que llore?).
La estrategia aplicada hoy por el gobierno de La señora presidenta, incluye una alianza encabezada por el policía Harfuch (hijo de Javier García Paniagua y nieto de Marcelino García Barragán, 2 asesinos durante los regímenes del PRI a los que les debe el ejemplo a seguir) con grupos de empresarios armados dedicados a negocios ilegales. La “nueva burguesía” o, más bien, la facción de la clase dominante que representa el gobierno de La señora presidenta es la que, de la mano del gobierno de los gringos, busca recomponer el capitalismo militarizando muchos lugares en forma “consensada”.
Para todo aquel que no esté de acuerdo con emplear a los militares hasta en la cocina de las casas, la descalificación estalla en su contra. Con la campaña sentimental de que “es tiempo de mujeres”, La señora presidenta tiene justificado todo cuanto haga “a favor de los pobres”, aunque se trate de la omisión de (cuando menos) condenar en los hechos el genocidio de palestinos o los asesinatos por el gobierno de Trump de tripulantes de embarcaciones cercanas a Venezuela y Colombia “en su lucha contra el narcotráfico”.
El caso de la actuación del gobierno de La señora presidenta hacia Cuba es patético (para no decir de risa, si el protofascismo vergonzante no fuera aberrante) porque La señora presidenta hace malabares para no salir mal con los gringos y cubre la formalidad de mantener la “tradición solidaria” con la Isla, como si hubiese que justificar ante alguien la convicción que se tenga. No sólo porque hay una diferencia entre la solidaridad y la caridad, sino porque la sumisión práctica a un aberrante y vulgar delincuente y pederasta como el presidente de los gringos a cada rato le hace tropezarse a La señora presidenta, que trata de aparentar lo contrario.
Desde luego, nadie es profeta en su tierra, y si nos preguntan por la decadencia que el nuevo PRI de color guinda ofrece a la gente que los sigue como camino para hacer historia, como agoreros diremos que nada bueno puede obtenerse de eso. El precipicio ofrecido por la llamada 4T cuanto más llena su verborrea de ser un gobierno del pueblo (las llamadas mañaneras, hasta tienen ese apelativo), más arribismo y recicle de cuadros prianistas, más poderes caciquiles aliados a empresarios dedicados a negocios no legalizados, llenan las filas del llamado cuatroteísmo.
Y más poder les dan a los militares, que siguen siendo la punta de lanza para perseguir a cualquiera que se oponga al protofascismo impuesto por consenso. Y si diversos territorios, a pesar de haberse extendido el radio de los militares en el país (en principio, en las fronteras de norte y sur), sigue controlado por empresarios metidos a negocios no legalizados, es porque los militares de antes (su función y prácticas) se mantienen igual. Viejos conocidos hermanados en negocios, los militares y los empresarios de ese tipo sólo han cambiado las formas para despistar al que les crea.
El precipicio que significa hacer una revolución, es mucho más profundo e incierto que la salida dada por la socialdemocracia en México, porque implica una construcción a partir de destruir lo dado en cierto momento, lo que motiva llevar a cabo un proceso radical en la sociedad en su conjunto. Y no sólo de las condiciones materiales habidas en ella, que no han cambiado porque el llamado neoliberalismo sigue vigente (ya no se diga el capitalismo), muchas veces reducidas a las condiciones de vida de la gente. Como lo anterior es anacrónico porque así nos lo ha impuesto como mentira y prejuicio el imperialismo, es desde luego condenatorio siquiera hablar de ello a nivel teórico.
Por eso el precipicio que significa siquiera hablar de revolución es más, muchísimo más profundo e incierto incluso que el fascismo que nos quieren vender como repuesta a la supuesta catástrofe que, de una u otra forma, los muertos de hambre generan “al mundo civilizado”. Porque el fascismo es abismo que para la humanidad acelera la catástrofe real surgida del funcionamiento del capitalismo, que pone en peligro de extinción toda forma de vida conocida hasta hoy en la Tierra.
Rebelarse contra lo anterior (cuando menos en el pensamiento o de forma teórica) es ir contra todo el orden establecido por el imperialismo en la Tierra, y eso sin empezar con uno mismo y su entorno, con todo lo que esto puede implicar, resulta mera farsa como la escenificada por el “gobierno del pueblo” de La señora presidenta y su protofascismo vergonzante que impulsa la subordinación a los gringos, solo que de manera consensada.






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