
Para no volverse loco
sólo hay que reír un poco.
Una risa desatada
que te deforme la cara
o una risa callada
que en el alma es forjada.
Motivos no faltarán
para reír sin parar. (Corona, p.29)
Escrito por: Paola Fuentes
Mi abuelo decía que las personas “cuerdas” debían reírse “bien” y lo ejemplificaba con una sonrisa al estilo Monalisa. Pero mi risa muestra hasta las muelas del juicio y mis carcajadas inician en un estallido hasta terminar en un lamento diabólico con dolor abdominal, a veces afirmando un buen chiste y otras asesinando a los demás desde el tinte burlesco, y aún cuando mi risa vaya con toda la inocencia y felicidad, a mi abuelo y varias personas les ha resultado indignante.
Fiódor Dostoyevski captó mi total atención al comparar a la persona que ríe con una que duerme, ya que, en tales circunstancias, ambas no son conscientes de cómo luce su rostro y sí, es verdad que quienes reímos a todo pulmón se nos arruga la cara como pasa, se nos ve toda la dentadura, nos hacemos oír a varios metros de distancia y por si fuera poco aplaudimos como focas, pero más allá de que sea “antiestético”, son estas las risas que valen la pena, ¡las verdaderas!. Al autor le faltó especificar que quien ríe de esta manera ya conoce la felicidad y la elegimos como estilo de vida.
También dice que hay que cuidar de no reír de cualquier tontería ya que nos haría quedar como idiotas, pero hay gente que se muestra impenetrable a la alegría y no ríe ni con los chistes intelectuales de Mafalda.
Pese a que filósofos de la Grecia antigua, como Aristóteles, defendieron e incluso recomendaron la risa desde el argumento beneficioso a la salud física y emocional y han dejado un voluminoso contenido de obras cómicas para practicar, otros la han condicionado, generando un debate entre cómo debe reírse una “damita”, una “bruja” y una persona “loca” como lo fue en la edad media, que el silencio estaba relacionado con Dios (ambiente de paz) mientras que la risa escandalosa era del diablo, dando lugar a una risa buena y otra mala; es decir, los malvados son quienes disfrutamos de las risotadas, en sus distintos sabores: grotesco, satírico, paródico, burlesco, etc. y los buenos son quienes chistan, quienes buscan seducirnos con su silencio y su sonrisa a medias, pues temen romper con la lógica cotidiana y los convencionalismos.
La mismísima Literatura carcajea mientras narra sus historias para que todos los demás la acompañen. María Elena Walsh, una de sus autoras jocosas, podría dar educación inicial en este ámbito con los poemas de su libro: “zoo-loco”, como los disparatados y fantásticos versos: Un Gallo a una gallina preguntó: / -¿Cocorocó? ¿Cocorocó cocó? / La gallina, indecisa, / primero le dio risa, / pero después le contestó que no. (p.28)
Cualquiera que quiera podría practicar la risotada con el libro: “La Mona Risa” de Luis María Pescetti, un compendio con los mejores relatos de humor o desde el teatro con la obra “La Risa Extraviada” de Carlos Corona.
El humor siempre estará levantando la mano para ser visto, ya sea en el contenido, en la manera de comunicar el mensaje e incluso en el mal chascarrillo, ya que eso es mayormente merecedor de la mofa, ¡pero siempre estará presente!.






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