Escrito por: Paola Fuentes

¿Pactar con el diablo y diseñar un artificio para que no se lleve mi alma al infierno? ¡Claro, yo pasé con 10… matemáticas! (se entiende que es un meme) pero el señor de las tinieblas no está para hacer chistecitos de mal gusto como los míos, podría arriesgarme a sufrir las consecuencias por escribir estas impiedades.

¿Que si más sabe el diablo por viejo que por diablo? ¡sigue infundado!, lo que sí es un hecho es que este ilustrado y astuto personaje es dominante de la retórica, ha hecho que más de uno lamente hasta el día de su nacimiento, esto, por no tener las habilidades comunicativas necesarias. Por eso ya no se aparece, ¡que flojera lidiar con los que no saben hacer contratos y salirse con la suya!, como bien lo expresa el demonio en la obra de Goethe: “No señor, encuentro lo de allá deplorable como siempre. Lástima que dan los hombres en sus días de miseria, y hasta se me quitan las ganas de atormentar a esa pobre gente” (p. 21).

El arte del engaño y del discurso son las más vastas cualidades de Lucifer, así no los ha hecho saber la Literatura, ¡un personaje terrible, pero, de admirar! Es de recordar la historia que nos narra Robert L. Stevenson, en “El diablo de la botella” en la cual Keawe, el protagonista, a sabiendas de que el señor de las tinieblas le cumplirá cualquier deseo, le pide una mansión. Acto seguido, el diablo provoca la muerte del tío y que sea éste, quien deje toda su herencia a Keawe, donde la suma total es exactamente la cantidad cotizada para la mansión de sus sueños. La falta de especificidad a la hora de pactar, podría hacer jugadas demoníacas, esto tiende a que los discursos sean generales y abstractos, recuerda que no es lo mismo “huele a traste que atrás…te huele”.

En todo caso, sería preferible actuar tan valiente y seguro como Tom Walker en el cuento de Washington Irving, pues no le temblaron las patitas al estar frente al demonio, un orador de talla grande. Una vez que Tom ya contaba con la riqueza y la casa de préstamos que le solicitó al diablo, victimizó a muchas pobres almas. Con trucos mañosos, su habilidad persuasiva y negociante los llevó a quedar endeudados hasta el último día de sus vidas y de esa manera, Tom, al menos, siempre se mantuvo millonario. Ya después, de nada le sirvió volverse devoto de la iglesia, aplicar la de “encender una vela a Dios y otra al diablo”, pues de todas maneras ¡se lo llevó el diablo!

Y si como a Tom, te carga el diablo, habría que preparar una estratagema para recuperar tu alma, aunque sea, ya más, devaluada, (risa diabólica) procurando no caer en el estrés como lo hace Daniel Brown en la obra de Juan José Arreola que por verse deseoso de dinero, el diablo dice que su alma no valía la gran cosa. ¡Ay mi pobre Dani Brown, le dieron sólo unas moneditas porque apenas y supo hablar! Ahora que recuerdo, tengo varios alumnos que dicen que mi materia de Español no les sirve de nada, venderé sus almas al chamuco y aunque me las pague como envases de PET.

Es menester que la comunicación sea manejada como un arte, especialmente a la hora de hacer algún acuerdo y el diablo nos muestra que en este tipo de situaciones, sólo los mejores saldrán vivos. “Donde el diablo no puede meter la mano, mete la punta del rabo” es por ello que la vida exige expresarse asertivamente “el viejo patas negras sabe muy bien jugar sus bazas cuando está seguro de ganar la partida” (Washington, p.8) así que no sea que nos vaya a agarrar desprevenidos y ni los ruegos y rezos nos puedan salvar de pactos diabólicos. ¡Ay nanita la ranita! y cómo veo que sí se le metió el chamuco a este artículo ¡ahí se los deeejooo…!

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