
Por Jorge Álvarez Méndez
Los estudiantes en paro se reapropiaron del símbolo oficialista del lobo. Hubo un equipo de futbol profesional con el que se desviaron recursos bajo ese icono. Había acarreo a los partidos desde prepas y facultades para engrosar artificialmente la impresión de apoyo a la rectoría. Lobotomización del contenido crítico en la formación universitaria.
Festivales cocacoleros de bienvenida, fiestas previas a las elecciones organizadas por los directores de las unidades académicas. Corrupción rampante aderezada de antidemocracia, porque el voto de los estudiantes dejó de valer.
Todo un ambiente para despolitizar a una universidad pública forjada por la lucha de Reforma universitaria: con esta se amplió el acceso masivo para alcanzar un carácter popular. La universidad gravitaba políticamente en innumerables luchas sociales de trabajadores y campesinos… hasta 1991 donde inicia a velocidad crucero la domesticación de la UAP.
Esto funcionó a la par de un mercado interno en expansión favorable a la movilidad social ascendente desde la clase obrera a la pequeña burguesía mediante la formación e incorporación de cuadros administrativos, científicos y profesionales a empresas y gobierno, a investigación y cultura. La universidad de masas acopló el desarrollo científico como demostró la creación de las áreas físico-matemáticas. Capilaridad social efectiva al estudiar en la universidad.
Todo eso se fundió y atacó con el neoliberalismo. La historia arrancó con el discurso salinista de la modernización educativa. El discurso de excelencia académica se basó en el sistema de producción Toyota y su excelencia productiva para erigir el paradigma de Universidad-empresa.
Se dinamitó el acceso masivo a la universidad generando un individualismo rampante, enajenado de un compromiso con las luchas de los trabajadores (sostén financiero-presupuestal de la educación a todos niveles).
El éxito individual desplazó en esta fetichización todo horizonte de consciencia social. La ilusión de hacer carrera profesional en pro del consumismo y el prestigio, fue el ideal mercantilizado del neoliberalismo en cuanto a su contenido ideológico.
No sólo se trató de privatización del acceso. Algo más profundo se gestó al reconvertir en el terreno político la concepción de para qué estudiar: para ser “exitoso” a costa avanzar a codazos y a patadas. Se forjó la divisa de asumir como “logro” obtener más ingresos al margen de la situación de miseria del entorno.
“La formación de calidad que recibieron en la BUAP garantizará su éxito en la vida profesional, por algo la Máxima Casa de Estudios en Puebla está catalogada como una de las mejores instituciones del país; aquí siempre nos sentiremos orgullosos de haber contribuido a su formación académica” (Lilia Cedillo)
“Venderse bien en el mercado de trabajo” se hizo proyecto de vida, toda vez que la universidad dejó de marchar, de manifestarse políticamente. Algo así como volverse un “emprendedor” desligado del verdadero ser de un profesionista egresado de universidades públicas. Por el contrario, se carece de un patrimonio medianamente considerable, mucho menos de capital para invertir. Pero la tendencia es construir institucionalmente una imagen análoga a estudiar en la UDLAP o en la Ibero. Es patético el resultado de la imitación promovido por rectoría entre 1991-2025.
La propaganda oficial de la rectoría desde la época de Doger Corte hasta Lilia Cedillo consistió en promover que se consiguiría la excelencia académica como sinónimo despolitización: no participar ni organizarse porque las empresas no contratan profesionistas problemáticos. Cosas así de vulgares.
El resultado fue una trágica impostura porque la politización significa un enriquecimiento cultural, una perspectiva filosófica y una ubicación histórica para comprometerse con los trabajadores. No en un sentido esnobista y rancio. Pero el corolario es el más vulgar y decadente pragmatismo de la grilla por allegarse cargos, prebendas y cercanías con diputados y gobernadores (muy enaltecedor ¿verdad?).






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