
Por Israel
Del consabido bagaje conceptual del populacho, dícese del decir de lo que es ser vieja pendeja, concepto antinómico de por sí de la mayéutica que cualquiera puede aplicar aquí, allá o acullá. En sentido claro que nada tiene que ver con una cuestión de género, sexual o de algún tipo del lenguaje hoy pulido por pretendidamente preciso, alude al alarde de hacer cosas a lo pendejo (sin importar si el sexo es mujer u hombre o de otro calibre), pendejamente, comportarse como si se fuera pendejo.
Sin duda es clara la connotación afectiva porque arrastra (como cualquier lenguaje nacido de un populacho viviendo embrutecido por enajenación, tosquedad y falaz consciencia de sí y para sí, pues a este mundo sólo vino a servir al amo de cualquier nombre: capitalista, nobleza, etcéteras) el signo de un tiempo y unas circunstancias. Quien por no tener mejor cosa qué decir lo refiere al patriarcado, pero éste sólo surgió de la mano de la propiedad privada por mor de perpetuidad en el linaje de la herencia, de identificar y asegurar la propiedad.
No, desde luego es más confuso asociar el concepto vieja pendeja a una cualidad del sexo, porque tanto hombres como mujeres son tan tontos y en forma creciente al grado de enajenación con que viven, al embrutecimiento en que reproducen su vida y a la serie de sentidos y juicios dados (juicios prácticos dirían un acomedido que no hace mucho terminó su presidencia en el país que habitamos) con que repiten, se sacian y perpetúan los esquemas imbuidos por una sociedad dividida en clases sociales como en la que nos encontramos.
Donde manda el que domina para el dominado no le queda más que aceptar el yugo o rebelarse, buscar desobedecer de cualquier manera el mando de quien domina en el lugar donde vive. Y quien pese a todo se sujeta a los designios de los que dominan no pueden hallar más que la repetición de una actitud, una práctica, hacer cosas propias de viejas pendejas. O de viejos pendejos, para que no nos sintamos ofendido con el lenguaje que oficia esconder las clases sociales reduciendo lo diferente a sexo, género y así. Lo demográfico no contaminado.
Llegados a este punto debemos admitir al menos como una realidad practicante, reproduciéndose, que todo lenguaje es una contaminación que se alimenta y vive por, para y desde el populacho. Lo que el vulgo dicta como noción para identificar a la realidad y lo pone en práctica, se vuelve costumbre que luego los que se dedican a oficiar lo aceptado, formalizan su incorporación al mecapal que cada populacho sabe que de por sí carga, sólo que ahora se institucionaliza.
Por lo mismo que una mujer o un hombre sean los protagonistas en un país, como en el nuestro para construir el tan publicitado segundo piso de la cuarta transformación, así como fue con el primero o los cimientos, ya no se sabe, no garantiza que por esto actúe o deje de actuar como vieja pendeja o como viejo pendejo, o tan sólo como un pendejo. Como tonto o estúpido se puede actuar y se puede hablar incluso sin darnos cuenta por lo mismo de vivir enajenados, sin consciencia de sí y para sí, sin captar el momento en el que nos encontramos.
Aunque echemos palabras bonitas y a los pobres los pongas por delante por lo que de poco se puede redistribuir de recursos, aunque para personas y sectores represente mucho o hasta les cambie en alguna medida la llamada percepción del gobierno, el sentido subyacente que en ciertas circunstancias se vuelve explícito, acerca de que ser, comportarse, hablar, actuar como vieja pendeja no es sinónimo de una denominación peyorativa o siquiera por descalificar discriminante, al menos el beneficio de la duda debiera ponernos en alerta.
Nadie pide que se le crea de inmediato, aunque puede hacerlo como una petición de principio, eso suele servir de mera retórica porque al final todo cuanto somos, sabemos, decimos, expresamos, sentimos, lo que somos como personas tiene de muchas maneras y al final una connotación social. Así que si un tonto o tonta, un pendejo pues, llega a protagonizar un evento o proceso resulta también que resume de una u otra manera el estado o las circunstancias en que está la sociedad en que se encuentra.
Aunque se exprese en lo personal como una cualidad o un defecto, pongamos por caso, porque hay los que presumen ser pendejos y hasta le anteponen el doctor, maestro, licenciado y otros títulos así a sus magistrales muestras de lo que son (pendejo o pendeja), como perlas que les cuelgan adornándoles el cacumen, todo lo que es el ser humano, la persona en cuanto tal, deviene social al final del día.
Se hereda, replica, aumenta, perfecciona, perpetua la serie de imágenes y datos, juicios e ideas, sentimientos y cualidades que configuran eso que somos y que nos parece surgir como inmanente a uno mismo, como lo propio y que no depende más que de lo que somos. Pero eso (lo que somos) es algo que se construye, que se va moldeando y siempre se da o se desarrolla en circunstancias en las cuales lo que somos se hace eso: lo que somos como personas.
Por eso mismo que una mujer que se ostenta como la primera presidenta de la república independiente, libre y soberana que es el gobierno de la nación que representa, no se dé cuenta, no quiera darse, no pueda darse, no le permitan darse cuenta, que neoliberales y tecnócratas, policías corruptos e intereses de negocios privados de manera explícita estén tomando posesión de las 2 únicas empresas públicas con que cuenta México, lo menos que nos hace preguntar es qué es la inteligencia.
Y ser vieja pendeja no es privativo del sexo o género, se repite, no se une como cualidad a algún segmento de la población. Quien vive reproduciendo la ideología que impone la clase social que domina en una sociedad como la que vivimos, por más que anteponga títulos o intenciones con pretensiones de justicia, sacará el cobre que guarda en el fondo de su corazoncito tarde o temprano. Así le sucedió a AMLO cuando quiso justificar la (según) no participación de los militares en la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa.
Esas voces tontas que piden que la presidenta de México guarde distancia respecto de su antecesor están pidiendo algo que no es posible, cuando se comparte el mismo sino de convicción. Así como con AMLO, a la presidenta le sucederá con las 2 únicas empresas públicas entregadas a gente improvisada, que se apoya en calderonistas y salinistas, en intereses como lo que representan el llamado cártel inmobiliario y los (las) policías corruptos de Harfuch.
Más todavía por el papel asignado a la presidenta de México por la propaganda imperialista: la revista Time, uno de los principales medios de comunicación en Estados Unidos (sic), la incluyó en su listado TIME 100 Clima 2024 de los líderes mundiales (sic) más influyentes en medio ambiente. Destacando con ella los autobuses eléctricos y la colocación de paneles solares en la central de abastos cuando gobernó la ciudad chamagosa. Y ahora en el gobierno nacional con un plan ambicioso (sic) para la transición energética.
Será por esto que, alimentada por esta propaganda imperialista, existe el empeño de todos juntos y a la vez para sostener que la presidenta de México está a la vanguardia de la izquierda en América Latina. Una opción que antes tenía significado de raíz, de revolución, ahora aplaudida y fomentada por el propio imperialismo dado que ya le es funcional y no representa ni la sombra de la lucha por lo que se consideraba radical. Creerse lo que dicta el imperialismo la verdad no es muestra de alguna inteligencia.
Así como sucedió con AMLO, con la primera presidenta de México se repetirá la historia (¿primero como tragedia y luego como farsa?) de que se les hizo engrudo uno de los temas más candentes a los que tuvieron que hacerse valer como gobierno (según) democrático, humanista. Y todo porque no pudieron, no quisieron, no los dejaron. O porque por ideología les ganó el cobre y su espíritu reaccionario terminó por imponerse en ese su (según) abordaje de atención del problema.
Sólo que en el caso de la primera presidenta queda la duda de si, además, al haber recursos públicos de por medio, el cerrar los ojos se debe a algún signo de pesos que le tape la visibilidad de lo que hace su gente de confianza. Porque uno se deja ver la cara cuando le conviene de alguna manera hacerlo. O nos la ven porque no alcanzar a tener la visión de ver (diría un defenestrado de los trasnochados de los ochenta, como nos decía un tonto de capirote que también antepone lo doctor a su reivindicación de ser vieja pendeja) de lo que sucede.
Pero ninguna de las cosas aquí dichas exime de responsabilidad a quien por convicción o de manera innata actúa o deja actuar (por acción u omisión, diríamos) al ser vieja pendeja. Porque la ideología reaccionaria moldea lo que se es, aunque no se percate uno de ello, viviendo enajenado, el actuar por mano propia o el actuar al permitir la acción de otros, al ser vieja pendeja, no quita la responsabilidad. Por lo mismo, las chingaderas hechas al ser vieja pendeja, por acción u omisión, es responsabilidad o se comparte como quiera que sea.
Al final, uno espera que el dicho de piensa mal y atinarás no se realice en esto que decimos. Por el bien de todos, y primero por los pobres. Ya con el antecedente de AMLO sin embargo y de cara a la estrategia energética presentada por el gobierno actual, no hay nada de dónde agarrar para decir que lo que viene no es lo que los propios hechos están demostrando. Que lance la primera piedra la vieja pendeja que dice no serlo, esperando así confirmar que el hundimiento de la 4T está más lejos que cerca. Así debe ser. Es lo que hay.






Deja un comentario