Foto: AgendaAR
Foto: AgendaAR

Por Jorge Álvarez Méndez

Que al asumir las medidas unilaterales contra la compra de gas y petróleo de Rusia la Unión Europea se infligió un castigo financiero.

Que, al seguir sosteniendo con gasto militar a Ucrania, los miembros del OTAN no están cavando trincheras sino sus propias tumbas.

Que el Banco Central Europeo no eleva las tasas de interés para no provocar impagos de deuda soberana, sufriendo con ello la apreciación del dólar a sus costillas.

Son versiones y opiniones con exposición amplia como verdades indiscutidas. O la oligarquía europea es miope para velar por su propia expansión o está acorralada por Estados Unidos en todos los planos, desde lo político hasta lo financiero y militar, para impedir un mayor hundimiento económico sin salida a la crisis desde 2020. Amerita esta presentación de la cuestión europea una crítica sustentada en la historia del capitalismo, al menos desde la posguerra.

Lo primero está definitivamente descartado, pero se colige desde las versiones mediáticas que bordan sobre la sinrazón del capital que anómalamente -y por propia decisión- ya no estaría movido para aumentar sus ganancias. El desenvolvimiento del capital sí adquiere tendencias irracionales como en el capital a interés y el capital ficticio. Pero tampoco pueden ir más allá del límite de su propia legalidad para funcionar acumulando hasta donde la resistencia social lo permite, en torno a su tendencial rentabilidad declinante, con todo y sus mecanismos compensatorios que la contrarrestan.

Al fin de la segunda guerra mundial, Alemania se incorpora a la órbita del capital monopolista estadounidense por medio de un proceso de integración de las grandes corporaciones germanas con los monopolios yanquis. Esto lo hace E.U. al imponer el dólar desde su posición de superpotencia militar occidental para las transacciones comerciales en el mercado mundial, así como en el mercado de capitales. El alcance de rentabilidad de las empresas alemanas, neutralizando al movimiento obrero para eliminar su impugnación radical de clase, fueron premisas vitales para la consolidación de los monopolios yanquis en Europa occidental, toda vez la contención soviética en el centro y oriente continental.

Con el Plan Marshall Estados Unidos le imprime la dinámica a Alemania, Francia e Italia, principalmente para capitalizarse de acuerdo con el interés nacional estadounidense. Sobre todo, en el caso alemán se alcanzó el mayor porcentaje con respecto a la inversión en capital constante. La articulación entre E.U. y Alemania como ejes de la acumulación en Europa puso el remache a la así denominada integración europea, con menores márgenes de dependencia económico-político de Francia y Gran Bretaña.

“El fuerte apoyo del Estado estadounidense a la integración económica fue decisivo, como lo fue su aceptación de que siempre consideró que eran barreras temporales y transitorias para determinadas exportaciones e inversiones mientras se construía el Mercado Común Europeo”.[1]

El Plan Marshall fue estratégico para contrarrestar la salida de capitales de Europa, aunque se ha magnificado como la salvación económica del continente. Como ilustración representativa de esto, el apuntalamiento de la productividad del gran capital en la industria automotriz (Volkswagen) se logró por medio de la transferencia tecnológica de E.U., así como de sus patrones publicitarios y distributivos. Se sellaba la alianza estratégica de los capitales estadounidenses-alemanes, colocados bajo las reglas de los primeros.

Se contradice el error europeo de aceptar las presiones yanquis, al rastrear algunas claves en la declinación “soberana” de los países europeos frente a la presión estadounidense de su Estado (en un sentido total del concepto, no sólo de la institución-gobierno).

En el artículo “¿Por qué́ la UE está destruyendo su propia economía?”[2] después de una amplia exposición sobre los tres shocks en Europa, se argumenta sobre la operación y diseño de una nueva arquitectura financiera dirigida por la élite de la Unión Europea. Los choques serían: aceptar las sanciones a Rusia con la consiguiente alza de precios de la energía, aumento de las regulaciones por parte de la Comisión Europea a las empresas y finalmente, la devaluación del euro.

Según el análisis, esa destrucción de la economía europea se sustenta en esas condiciones necesarias para implementar a nivel general la imposición de los criterios ESG (Ambiental, Social y Gobernanza por sus siglas en inglés) para su estricto cumplimento por parte de las empresas. Un discliplinamiento que conllevaría a acatar lineamientos sobre “sostenibilidad” ambiental de difícil o imposible cumplimiento por su elevado costo por parte de las empresas pequeñas (con la consiguiente centralización por eliminación o absorción de estas). A la postre, se impondrían estas medidas de evaluación y control más allá de las fronteras de la Unión Europea.

Esos estándares serían medidas discriminatorias para obtener créditos porque, supone el autor del texto, sería más caro contraerlos para las empresas que no los cubran.

“Es probable que el plan sea utilizar carbono y cuotas de carbono como base para la garantía, sobre la cual las empresas, los bancos y el Banco Central Europeo puedan emitir deuda ‘nueva y limpia’, sin las trabas de los requisitos de garantía anticuados”.[3]

Adquiere lógica la hipótesis de la destrucción económica europea en el marco del desarrollo de las energías renovables como nueva rama de la acumulación de capital proyectada en el presente como el futuro del capitalismo. Algo dejado de lado en esa conjetura es el acompasamiento de los capitales europeos con los estadounidenses en donde, según la historia de la reconstrucción europea occidental, sus líneas limítrofes se desdibujan en su funcionamiento dentro de la U.E. y a nivel mundial. O, mejor dicho, a la parte de la economía mundial donde aún son hegemónicos, cada vez menos en el área de influencia de China y Rusia con el creciente protagonismo de los países integrados al grupo BRICS (agregados otros cinco países en este año, incluyendo potencias petroleras de primer orden como Irán y Arabia Saudí).

Siendo difícil asumir el enfoque de plan maquiavélicamente premeditado para establecer la dominación, dada toda omisión de la lucha de clases y disputa entre las fracciones del capital, puede acogerse la tesis de un ordenamiento de la economía mundial en su frente occidental dominado por E.U., a partir de ese tipo de instrumentos prohijados bajo la denominación verde, sostenible y descarbonizado para el capitalismo que simplemente amplía sus espacios de acumulación sin renunciar al control de las regiones productoras de petróleo, gas natural y minerales.

Las interpretaciones productivistas, conspirativas e institucionalistas adolecen siempre de cómo se confrontan las clases sociales en este caso, en el contexto de la crisis del capitalismo que revigoriza sus opciones de ultraderecha fascista para cooptar la disidencia y resistencia contra los efectos de la debacle económica, desviando por ese cauce todo cuestionamiento a la estructura y a las causas; es decir, a la existencia misma de la dominación capitalista. Sobre todo en momentos donde los recortes a servicios públicos, baja de los salarios reales y precarización laboral harán mirar con desesperación individualista a los trabajadores sobre sus condiciones de vida.

[1][1] Panitch, Leo y Gindin, Sam. “La construcción del capitalismo global. La economía política del imperio estadounidense”; Ed. Akal; Madrid, 2015, p. 156. De la misma fuente lo relativo al análisis del Plan Marshall.

[2]Baltar, Gaius; en el Viejo Topo. https://www.elviejotopo.com/topoexpress/por-que-la-ue-esta-destruyendo-su-propia-economia/

[3] Ídem.

Deja un comentario

Trending

Descubre más desde Periódico Revueltas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo