
Por Jorge Álvarez Méndez
El futuro es urbano, pregona la ONU al tiempo de distinguir entre norte global y sur global; aun cuando en el G-7 exista su propio sur de guetos mientras el sur tiene en su cúspide social a una multimillonaria capa de capitalistas.
Mientras el FMI y el Banco Mundial se debaten en cómo lucrar con la acelerada urbanización en la metrópolis y megalópolis de los países dominantes. Esto aplica para el éxodo/expulsión con dirección de las ex o neocolonias hacia las naciones imperialistas. Una sangría de suyo rentabilizada para disponer de fuerza de trabajo peor pagada salarialmente: en el mejor de los casos, cuando no son carne de cañón de las redes criminales que controlan las drogas o la trata de personas.
En el capitalismo todo suma para la multiplicación de ganancias. Cuando los urbanistas del imperio idearon modelos de crecimiento de las ciudades, en realidad delineaban de una distribución de las clases sociales en el territorio. La ubicación de la industria fue punta de lanza para distribuir en torno suyo a los trabajadores y al pobrerío generado por la acumulación originaria de capital previamente resuelta en favor de la gran burguesía. Juntos, pero no revueltos burgueses y proletarios. Nada fortuito es la adopción de los modelos de planeación urbana en los países sometidos (“subdesarrollados”), pues se ocupaban como extensión de los mercados metropolitanos ingleses, franceses, alemanes y yanquis.
Hasta ahí esta visión del territorio guardaba la lógica de producción de mercancías por la gran industria y de su circulación por enormes redes comerciales a nivel mundial sostenidas en ambos frentes por los capitales monopólicos. Pero el plan urbano topa con el caótico funcionamiento de la competencia capitalista y por ello ha de trasladar las necesidades de acumulación al direccionamiento adoptado provocado por la masificación demográfica. La lógica del crecimiento urbano lo es también de la acumulación capitalista en su dimensión geográfica.
Pero el dominio potenciado del capital financiero pateó el tablero de los reacomodos territoriales sobre todo en las recurrentes crisis a partir de la década de 1980. La cercanía relativa entre el lugar de trabajo y el hogar había generado grandes concentraciones de la clase obrera en barrios, distritos, unidades habitacionales (como ilustra el caso del empuje industrial en México y América Latina en general con relación a la vivienda de los trabajadores). Los capitalistas no podían seguir concediendo en dedicar la parte fiscal de la plusvalía para resolver necesidades de vivienda y servicios públicos. Si bien, nada se obtuvo con rango de graciosa dádiva.
Tiempos idos en que el movimiento obrero presionaba al capital para dignificar en el plano material sus condiciones de vida no limitadas al monto del salario real. Punto final se puso a esto con el ascenso neoliberal comandado por la especulación financiera. Aunque también el inframundo social siempre fue destino para cientos de miles de habitantes urbanos tal como los Olvidados de Buñuel hacinados en vecindades y arrabales sin ningún tipo de servicio público o como los personajes de Pasolini.
La vivienda construida enteramente con fondos públicos (función del Estado como capitalista colectivo) quedó atrás y con ello el discurso del derecho a la misma. Ciertamente se encubría el carácter de la vivienda como mercancía sólo por ser cubierta su construcción con gasto gubernamental en su totalidad o parcialmente, para amortiguar las demandas obreras, a la vez que realizaba negocios con los capitalistas del negocio inmobiliario.
Al destruir sindicatos o asestar durísimos golpes a la afiliación sindical, se quebró el acceso a un lugar para vivir de la clase obrera, o al menos de tomar vivienda en alquiler. En Estados Unidos se estima ahora que, si bien los fondos de inversión aun no controlan la propiedad de la vivienda, en 2030 podrían tener el 40 por ciento del segmento unifamiliar[1]. Por lo pronto en España el fondo Blackstone es propietario de 146 320 viviendas adquiridas por enormes operaciones de desalojo de sus ocupantes, tras una adquisición masiva de hipotecas operadas por su firma inmobiliaria ibérica Anticipa[2].
Tal como el capital que desconoce fronteras, estos fondos de inversión se mueven internacionalmente coludidos con los gobiernos para controlar el negocio inmobiliario: adquiriendo tierra urbanizable y comprando propiedades.
En México uno de estos fondos, Equity International Investment financió la construcción masiva de vivienda comprada mediante crédito hipotecario. Su testaferro local fue grupo Homex que alcanzó a construir hasta 57 mil casas al año[3]. Detrás de este negocio se encontraba el multimillonario gringo Sam Zell, beneficiario directo de la política habitacional del corrupto y vende patrias Vicente Fox en todo un modelo de negocios del gobierno de empresarios para empresarios (como definiera este gerente cocacolero para América Latina). Como corolario, se produjo un gigantesco fraude de viviendas mal construidas por miles.
Por eso resuenan con gran ridículo las palabras de instancias como ONU-Hábitat cuando a “resiliencia” de las ciudades se refiere. “Los desastres causados por humanos, como los conflictos y los desastres tecnológicos…” serían causantes de vulnerabilidad, lo mismo que el “cambio climático”. Todo por encimita para evitar nombrar las condiciones de vida en las urbes para millones de seres humanos que ven ampliada la explotación en los precios cada vez más elevados de la vivienda en propiedad y de los mismos alquileres.
En el documental “Push”[4] la relatora de Naciones Unidas Leilani Farha asume una definición puntual sobre el corazón del problema tratado: “No pienso que el capitalismo en sí mismo sea el problema. ¿Es problemático que el capitalismo salvaje entre en un área que es un derecho fundamental? Sí, lo es. Creo que eso es lo que distingue la vivienda como mercancía del oro como mercancía. El oro no es un derecho fundamental, la vivienda sí”.
¡Brillante! Después de haber registrado cómo el capital desaloja a los habitantes de edificios para lucrar financieramente con esas propiedades, da una vuelta teórica en “U” por los senderos del derecho para evadir el carácter mercantil capitalista de la producción de vivienda. Así las cosas, por los lares de la inútil ONU.
En su fase de ascenso al poder, la burguesía tenía un carácter revolucionario para liquidar al viejo régimen y como tal, irrumpió desde las ciudades como asiento del comercio y la manufactura. Como tal, adquiría un talante progresivo para finiquitar los antiguos privilegios. Con cada crisis cada vez más cruenta socialmente, las ciudades permiten minimizarle costos al capital. Pero esto ya le está cobrando factura pagadera con Estado de sitio y fascismo en ciernes.
[1] Waters, Carlos. “Wall Street ha comprado cientos de miles de viviendas unifamiliares desde la Gran Recesión”.
[2] Gabarre, Manuel. “Blackstone: un imperio sin fronteras”; https://www.elsaltodiario.com/vivienda/operacion-hercules-caixa-fondo-buitre-blackstone-imperio-fronteras.
[3] Marosi, Richard. “La historia de Homex: auge y caída”. https://www.latimes.com/projects/la-me-mexico-housing-es-chapter-2/
[4] “Push. The documentary film” (2019). https://www.youtube.com/watch?v=yjQR2vhCmzY&t=311s






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