Con los dientes
Con los dientes.
Defenderé cada palmo de tierra de mi patria.
Con los dientes.
Y no aceptaré otro en su lugar.
Aunque me dejen
colgando de las venas de mis venas.
Aquí sigo.
Esclavo de mi afecto… A la cerca de mi casa.
Al rocío… Y a la frágil azucena.
Aquí sigo.
No podrán derribarme
todas mis cruces.
Aquí sigo. Teniéndoos… Teniéndoos… Teniéndoos…
En mi regazo.
Con los dientes.
Defenderé cada palmo de tierra de mi patria.
Con los dientes.
No nos iremos
“Aquí sobre vuestros pechos persistimos, como una muralla,
hambrientos,
desnudos,
provocadores,
declamando poemas.
Somos los guardianes de la sombra,
de los naranjos y de los olivos,
sembramos las ideas como la levadura en la masa…
cuando tengamos sed
exprimiremos piedras, y comeremos tierra
cuando tengamos hambre,
pero no nos iremos,
aquí tenemos un pasado,
un presente
aquí está nuestro futuro.
Autor: Tawfiq Zayyad
Fuente: http://faustomarcelo.blogspot.com/2019/04/poemas-de-tawfiq-zayyad.html
Las tonalidades de la ira
Permítanme hablar en mi lengua árabe
antes de que también ocupen mi lenguaje.
Permítanme hablar en mi lengua materna
antes de que también colonicen su memoria.
Soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas los tonalidades de la ira.
Todo lo que mi abuelo siempre quiso hacer
fue levantarse al amanecer y observar a mi abuela postrarse y rezar
en una aldea escondida entre Jaffa y Haifa.
Mi madre nació bajo un árbol de olivo
en un suelo que, dicen, ya no es mío;
pero yo cruzaré sus barreras, sus checkpoints,
sus locos muros de apartheid y volveré a mi hogar.
Soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas las tonalidades de la ira.
¿Escucharon gritar a mi hermana ayer,
mientras paría en un checkpoint
con soldados israelíes buscando entre sus piernas
la próxima amenaza demográfica?
llamó a su hija nacida, Jenin.
¿Y escucharon gritar a alguien
«¡estamos retornando a Palestina!»
detrás de las rejas de la prisión,
mientras le tiraban gas lacrimógeno en la celda?
Soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas las tonalidades de la ira.
Pero me dices que esta mujer que hay dentro de mí
sólo te traerá tu próximo terrorista:
barbudo, armado, pañuelo en la cabeza, negrata.
¿tú me dices que yo mando mis hijos a morir?
pero esos son tus helicópteros,
tus F-16 en nuestro cielo.
Y hablemos un segundo de este asunto del terrorismo…
¿No fue la CIA la que mató a Allende y a Lumumba?
¿Y quién entrenó a Osama primero?
Mis abuelos no corrían en círculos, como payasos,
con capas y capuchas blancas en la cabeza linchando negros.
Soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas las tonalidades de la ira.
«¿Quién es esa mujer morena gritando en la manifestación?»
Perdón. ¿Debería no gritar?
¿olvidé de ser todos tus sueños orientalistas?
el genio de la botella,
bailarina de la danza del vientre,
chica de un harén,
voz suave,
mujer árabe,
Sí, amo.
No, amo.
Gracias por los sándwich de manteca de maní
que nos tiras desde tus F-16, amo.
Sí, mis libertadores están aquí para matar a mis hijos
y llamarlos «daño colateral».
Soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas las tonalidades de la ira.
Así que déjame decirte que esta mujer que
[hay dentro de mí
sólo te traerá tu próxima rebelde.
Ella tendrá una piedra en una mano y una bandera palestina en la otra.
Soy una mujer árabe de color…
ten cuidado, ten cuidado,
De mi ira.
Autor: Rafeef Ziadah
Fuente: Poesía Palestina. Mujeres poetas Palestina.
Siempre vivo
Querida patria, no.
A pesar de todo lo que gire, en la estepa sombría,
sobre ti, la piedra del dolor.
No podrán, amor nuestro,
arrancarte los ojos.
No podrán.
¡Que estrangules los sueños, la esperanza!
¡Que claven en la cruz
la libertad de construir y trabajar!
¡Que nos roben las risas de los niños!
¡Que quemen!
¡Que destruyan…!
De la propia miseria.
De nuestra gran tristeza.
De la sangre pegada en nuestros muros.
Del temblor de la vida y de la muerte,
surgirá en ti la Vida nuevamente.
¡Tú, vieja herida nuestra!
¡Dolor nuestro!
¡Nuestro único amor!
Me basta con morir encima de ella,
con enterrarme en ella.
Bajo su tierra fértil disolverme, acabar,
y brotar hecha yerba de su suelo.
Hecha flor, con la que acaso juegue
la mano de algún niño crecido en mi país.
Me basta con seguir en el regazo de mi tierra:
Polvo, azahar y yerba.
Mi ciudad está triste
El día en que conocimos la muerte y la traición,
se hizo atrás la marea,
las ventanas del cielo se cerraron,
y la ciudad contuvo sus alientos.
El día del repliegue de las olas; el día
en que la pasión abominable se destapara el rostro,
se redujo a cenizas la esperanza,
y mi triste ciudad se asfixió
al tragarse la pena.
Sin ecos y sin rastros,
los niños, las canciones, se perdieron.
Desnuda, con los pies ensangrentados,
la tristeza se arrastra en mi ciudad;
el silencio domina mi ciudad,
un silencio plantado como monte,
oscuro como noche;
un terrible silencio, que transporta
el peso de la muerte y la derrota.
¡Ay, mi triste ciudad enmudecida!
¿Pueden así quemarse los frutos y las mieses,
en tiempo de cosecha?
¡Doloroso final del recorrido!
Autor: Fadwa Tuqan
Fuente: Poesía Palestina. Mujeres poetas Palestina.
Un cuento sobre el cierre del mar
En las afueras de la ciudad, al doblar la calle
que te lleva al campamento,
si ves a niños saliendo de esa escuela que parece una prisión,
si ves a siete de ellos de pie allí mirando en el umbral del silencio,
si ves a un niño delgado cuyos ojos brillan con todas las promesas del mundo.
Habrás encontrado a mi amigo Tayseer.
Su familia tiene una patria que fue robada en plena luz del día,
y puedes ver el despertar de sus pájaros en sus ojos ansiosos.
Las casas de cemento,
el recuerdo de las láminas de zinc,
las temibles voces
de los transmisores del ejército ocupante
durante las largas semanas de toque de queda,
nada de eso apagó la chispa que resplandecía en sus ojos.
Él vio el mar una vez, y nada le convencerá
de que no lo volverá a ver.
“Cuando se levante el toque de queda, te llevaremos al mar”,
solían consolarlo.
Y cuando una tarde finalmente levantaron el toque de queda le dijeron:
“El mar ya está cerrado, ve a dormir”.
Aquella noche en vez de dormir, se imaginó a un anciano
que cerraba el mar con un enorme lámina de zinc que se extendía
desde la estrella del horizonte hasta la orilla:
el anciano la aseguró con un gran candado,
luego regresó a su casa (el candado era más grande
que el de la tienda de su padre en la calle Omar al-Mukhtar).
En las afueras de la ciudad, al doblar aquella calle
que te lleva al campamento,
si ves a unos ojos brillantes con todas las promesas del mundo,
pregúntales, te ruego, si el mar de Gaza está “abierto”
o si aún sigue cerrado.
Autor: Najwan Darwish
Fuente: Exhausto en la cruz. Editorial Vaso Roto







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