Por Israel
En la llamada Catedral de la Lucha Libre (la famosísima Arena México) se libra cada semana un combate entre el así tenido por bien y el así tenido por mal. Y aunque no esté de bote en bote la emoción, por lo menos hace salir de vez en cuando al energúmeno que todos cargamos en esta vida de competencia capitalista. Esto desde luego le tiene sin cuidado a los grandes revolucionarios que, odiantes del capitalismo, se refugian en su ínsula fortificada contra cualquier mota de la ideología reaccionaria.
La lucha libre no debe ser confundida con la lucha entre las clases sociales, y aunque las dos sean luchas lo que se mece en cada una es un juego de imágenes y llaves, contrallaves y marrullerías, que no se parecen entre sí, pero que sí ventilan realidad y pantomima divertida y trágica a la vez. A diferencia del capitalismo de oficina (el analizado por la llamada teoría económica) y el capitalismo ejemplar (el desarrollado en las potencias imperialistas), el capitalismo del México rancheril que habitamos, arrastra muchos huecos no capitalistas.
Esto se les ha hecho engrudo a más de un intelectual de postín (por muy izquierdoso que se considere) que mira con desdén de universitario la miseria del llamado pueblo mexicano. Para mejor acostumbrar su alma a esta cruda y pedestre realidad alguna ocurrencia ha tenido alguien, incluso decir que el colonialismo no sólo es de fuera hacia dentro, sino con una reproducción desde dentro mismo, pero esto (loas aparte) al menos ha servido para que entre ellos se den cebollazos alegres porque a uno del gremio le saliera humito de su sesuda tatema.
Ya entrados en estas marrullerías mentales, resulta cómodo estar sentado escribiendo tonterías que luego son festejadas como aportaciones intelectuales. Refritos, cebollazos, autoelogios, autocitas, aplausos entre sí, premios entre cuates, y así. Por eso fiarse en esa turbia lucha entre las clases sociales existente en el capitalismo de lo que llamamos México de las mentes catatonizadas que pululan por doquier, nos llevará a considerar que la lucha por acabar con el capitalismo fue derrotada en la tercera caída.
Luchar en el mundo de hoy es anacrónico. Lo mero bueno del presente es encerrarse en el mundo de cada quien a rumiar, vaciar y rellenar nuestro individualismo de todos los días. La fragmentación del ser humano mediante la proliferación de las iglesias adorantes del individualismo exacerbado, sea a través de la posverdad, la posmodernidad, el posneoliberalismo y otros muchos pos, que pos nomás sirven para una cosa y lo mismo, es el caldo de cultivo para que el capitalismo coloque en peligro… su misma existencia.
Las grandes cabezotas que piensan y se la pasan pensando salen con nuevas teorías como esa de la hidra capitalista, o esa otra de la acumulación por despojo, o esa de más allá que nos dice hay una crisis civilizatoria, y así por estilo cualquier ocurrencia que nos viene de momento es ya trepada al nicho de la adoración de la puntitis, el slogan de la lucha de los nuevos protagonistas de la historia, la alternativa frente a la decadencia de los viejos dogmas, lo que vende más en los thinktank, las redes sociales, el ciberespacio, el big data.
Lo que ha hecho el capitalismo en el último medio siglo (más o menos), es neutralizar y en muchos casos desmontar las imágenes de sus adversarios. No sólo el capitalismo fue recibido con los brazos abiertos en Europa del este cuando desaparecieron los países socialistas, de la mano de nuevas imágenes y figuras: democracia, libertad, derechos humanos y civiles, Estado de derecho, modernización, economía de mercado, inversiones sociales y extranjeras, gobierno participativo, y un sinfín que en poco tiempo se desinflaron.
Todos estos refritos de la decadencia espiritual y material del capitalismo también se aplicaron para descontextualizar todas las imágenes asociadas a la lucha que busca acabar con su sociedad, a fin de desmovilizar a los cansados, confundir a los indecisos, desilusionar a las mentes débiles, achicopalar a los desesperados. La lucha por acabar con el capitalismo se redujo en muchos lugares a su mínima expresión, si no terminó por extinguirse. La manera más vulgar de la estulticia fue la ridícula frase acerca de que Marx había quedado superado.
Como nunca estuvo muerto (y no porque anduviera de parranda), regresó por sus propios fueros no por ser él en cuanto persona, sino por el grado que de conocimiento científico tiene sus planteamientos para entender y explicar el capitalismo y perfilar la lucha por acabarlo. Los timoratos buscaron otras fuentes queriendo revivir lo que en el pensamiento y las explicaciones científicas del mundo humano, por sí solos no dieron más que para una moda.
De ahí el asalto a la razón para hipostasiar la voluntad como si lo subjetivo y lo objetivo vivieran en realidad distintas al mismo ser humano. Y como en tierra de ciegos el tuerto es rey, la borrachera de los grandes pensadores anduvo bajo la tónica de lo subjetivo como motor del cambio o que la perpetuidad del movimiento dependiera del estado de ánimo. El hacer pasó a estar regido del capricho y lo que significase la necesidad o el deber se convirtió en algo que si me gusta, lo hago, y si no, me vale madre.
El irracionalismo en todo llevó al refugio en el ser individual y el carácter gregario o social de lo que en sí es el ser humano sólo fue expuesto como chatarra vieja, para poder desmovilizar al enemigo del capitalismo y descontextualizar las imágenes de su lucha. Esta nueva lucha (que no la llaman así los corifeos de la reacción pagados por los capitalistas) es una no lucha. Todas las armas creadas antes del actual momento (sindicatos, huelgas, insurrecciones, movimientos armados, guerrilla) fueron reinventadas para ser funcionales al capitalismo.
Así, en vez de la toma de consciencia y la militancia disciplinada de una lucha o una causa tenida por revolucionaria, el apelo a la rabia, el coraje y sentimientos o estados de ánimo del individuo son esgrimidos entre los grandes revolucionarios como la chispa que incendia sus corazoncitos locos de atar. Esta manera de dejar a la voluntad, al capricho del individuo (o militante, le dicen también los revolucionarios) es una forma gratuita de timar a los demás. Y de paso querer colar al individuo y el individualismo subrepticiamente.
Luchar para acabar con el capitalismo nada tiene que ver con reivindicar al individuo y su glorificación como individualismo. Lo más edulcorado de ese sueño inmerso en la defensa involuntaria del capitalismo es hablar de grupos demográficos, tan distantes de las clases sociales. Por eso tanto ir y venir contra el Estado, al igual que los pensadores de la burguesía le disputaron la libertad del individuo (defendiendo el comercio libre) a los Estados Feudales. Pero lo de ellos en su contexto no era una postura reaccionaria.
Aunque lo que se puede hacer en esa lucha inicia con una primera decisión, y en ese sentido se pueda pensar que es la voluntad lo que anima todo, en los hechos siempre está el tope de lo que realmente se puede hacer. Y esto otorga el significado para que esa voluntad se realice como capacidad ejercida de manera libre. La actitud que se desprende con ello no realza si las condiciones no dan para esto. Antes y después del Che ha habido otros Ches anónimos, sin los que el Che no sería lo que es. Y él es lo que es por lo hecho en el contexto acaecido.






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