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Escrito por Miguel Angel Sánchez Mozo
Bajo la influencia de Wisława Szymborska quise leer Los papeles póstumos del Club Pickwick. No es que me interesara leer a Dickens, a decir verdad, pero ciertas reseñas de la escritora me animaron a la empresa. Parece que para Szymborska era un libro indispensable en cualquier biblioteca personal, pues está repleto de historias azarosas y situaciones divertidísimas. Además de bien escritas.
Ciertamente, la primera obra que Charles Dickens firmara con dicho nombre, lo popularizó rápida y positivamente. El contenido alega apoyarse en los informes de la Sociedad de Moderación del Club Pickwick, nombre tomado del fundador y presidente de dicha asociación.
No se lee precisamente como una novela, sino como una serie de aventuras cotidianas que giran alrededor de cuatro miembros de dicho club, aunque repleta de personajes vigorosamente delineados y un puñado de historias independientes, intercaladas aquí y allá.
La forma narrativa de los textos obedeció a la naturaleza de su publicación: por entregas mensuales (entre 1836 y 1837). La idea editorial original consistió en invitar a Dickens a escribir sobre una serie de ilustraciones alusivas a un club deportivo. Pero Dickens terminó dándole la vuelta a la idea, para que fueran las ilustraciones las alusivas al texto. Así que es interesante anotar que la obra contó, desde el principio, con ilustraciones.
Con Dickens nos situamos en el centro mismo del estilo de vida capitalista, la Inglaterra a inicios del siglo XIX. El panorama de esa vida nos lleva, desde la especulación financiera en la City londinense, hasta el acelerado desarrollo industrial en Birmingham, pasando por la efervescencia política en una aldea tradicional, en época de elecciones.

Lo que más llamó mi atención en la escritura de Dickens es que nada es lo que parece. Cuando parecemos encontrarnos con un temible jefe patriarcal, enseguida lo vemos caer fácilmente ante la manipulación de esposa e hija.
Cuando nos topamos con un capitán de Su Majestad, más adelante lo vemos ajustarse a la descripción de un astuto granuja. Un párroco piadoso no es más que un borracho vividor. Y así, en fin, las negativas no son más que afirmaciones solapadas. Es decir, parecido a como vivimos en el mundo contemporáneo.
El motivo quijotesco es elocuente: un señor obnubilado por el optimismo y la filantropía, y su sirviente, un hombre de mundo, despierto y pragmático. Pero sólo el motivo se repite. Eso me hizo recordar la adición de Marx a Hegel, cuando dice que, efectivamente, la historia se repite, aunque primero como tragedia, y luego como farsa.
Pero aquí tratamos con literatura. Se trata de la sensibilidad artística, y no de la política. Es decir, tiene que ver con la forma en que se siente y se transmite una forma de vida, a través de una sensibilidad particular. En este caso, la de Dickens.
El humor de Dickens era el apropiado para la Inglaterra victoriana, y triunfó. La burla desborda por todos lados, especialmente entre las instituciones y sus representantes. Se ensañó particularmente con los hombres de leyes, dejando claro que abominaba del poder y los encargados de dictaminar justicia. Puesto que siempre estuvo del lado de los que la pasaban mal, defendía una vida sencilla y pragmática, por dura que esta fuera.
He dicho que leí esta obra con motivo de la manifiesta admiración de Szymborksa. Aunque también lo admiraron Proust, Kafka, Dostoievski, o Marx, por ejemplo. Sin embargo, la escritora temía que los escritores jóvenes, a fines del siglo XX, ya no leyeran a Dickens.
Si bien, quizá contagiada del optimismo de Dickens, esperaba que circunstancias extraordinarias terminaran por poner un libro de Dickens delante de algún escritor en potencia, y que ese autor terminara escribiendo con un amor indescriptible por la humanidad, queriendo y compadeciéndose de las personas, y, mejor aún, siempre gastando bromas.
Yo no soy tan optimista. Y si ya no había escritores que leyeran a Dickens a finales del siglo pasado, lo más lógico es que tenga mucho menos lectores en pleno siglo XXI. Las razones, me parece, son claras. Las formas de relacionarse y comunicarse en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XIX difieren bastante de la manera en la que lo hacemos en la actualidad.
Por otro lado, la edición que leí es francamente mala. Es una edición mexicana, subsidiaria de la editorial Aguilar. No sólo fue mala la calidad del material, sino que me quedé con la impresión de que en cada capítulo había, por lo menos, un error ortográfico o tipográfico. Además, la traducción me resultó pesada.
Entiendo perfectamente que la realidad de Dickens era, por ejemplo, la de un espacio atravesado por carros de tiro y que cierto vocabulario (cabriolé, calesín, guardacantón, postillón) sea indispensable. Pero ¿hay realmente necesidad de usar palabras (curda, pimpante, requilorio, abacero, trasgo, atiplado, expletivo) que casi no se usan? Acaso una buena traducción pueda salvar a Dickens de la indiferencia, pero no lo sé.
Dickens, Charles, “Los papeles póstumos del Club Pickwick”, en Obras selectas de Charles Dickens, T. I, México, Aguilar Editor S.A. de C.V., 1991, pp. 281-873.






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