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Escrito por Jorge Álvarez Méndez
El pasado mes los países miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se comprometieron a aumentar el gasto militar en 5 por ciento del producto interno bruto (PIB), además en un entorno de disminución del gasto en salud pública de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS).
«La decisión de delimitar y priorizar la defensa en medio de recortes del gasto público es un reto político y necesitará un fuerte mensaje público para ser aceptada por el electorado y, de hecho, por todos los gobiernos de turno» consideró una investigadora del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS)[1].
Todo un símbolo del espíritu de época: palabras como abrazos sellando la alianza de la socialdemocracia con el fascismo en su política militarista. De los 32 países integrantes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) siete tienen gobiernos considerados como de centro izquierda. Suecia y Finlandia se incorporaron recientemente a la coalición guerrerista al servicio de Estados Unidos. Son los casos más dramáticos de declinación del Estado de bienestar en pos de financiar guerras proxy para solventar la irresoluble crisis capitalista en curso.
Los otros gobiernos de ese signo son encabezados por: Pedro Sánchez (PSOE, Partido Socialista Obrero Español), António Costa (Partido Socialista de Portugal), Olaf Scholz (Partido Socialdemócrata de Alemania), Justin Trudeau (Partido Liberal de Canadá), Jonas Gahr Støre (Partido Laborista de Suecia), Mette Frederiksen (Socialdemocracia de Dinamarca) y Keir Starmer (Partido Laborista de Reino Unido).
Esta coyuntura marca un desenlace con respecto al posicionamiento histórico del progresismo en tiempos del ascenso neoliberal. Guy Standing, economista impulsor del ingreso básico universal, ha abrazado y desarrollado la categoría de precariado elevada a rango de clase social como la primera “en perder los derechos de ciudadanía, es decir, los derechos adquiridos”[2].
Sólo en el vital renglón de salud, pivote de las políticas de bienestar, como señaló la OMS[3], el gasto gubernamental en salud de todos los grupos de ingreso de los países después de 2022 sufrió una disminución, en contraste con los años más crudos de la pandemia COVID-19. No es la vieja disyuntiva de posguerra entre armas y mantequilla de la matriz productiva explicada por la teoría neoclásica; ahora es entre salud y armamento, es decir, entre vida y muerte.
Bajo esa misma concepción de reformar al capitalismo en la misma página del Foro de Economía Progresista, Stewart Lansley sugiere establecer una distinción crucial para una estrategia económica progresista: entre una acumulación buena, creadora de valor para redistribuir ganancias, y otra acumulación mala dada por la apropiación y “las actividades improductivas o de bajo valor social”[4]. Y se siguen multiplicando supuestos paradigmas para salvar al sistema tal como el contradictorio en sus términos capitalismo con rostro humano para su actualizada cara de guerra. En términos históricos, se trata de salvar al capitalismo de los capitalistas en el absurdo planteamiento de un problema sin solución.
Toda vez metidos los negocios al callejón sin salida de la financiarización, o con evadida precisión una dictadura del capital financiero internacional, pedir una acumulación creadora de valor tiene como propuesta una cubierta racional, pero sin marcha atrás en cuanto a las relaciones de poder a nivel geopolítico.
En esta dimensión se desplaza la socialdemocracia al neoliberalismo y de este al fascismo, desde los tiempos de la tercera vía británica encabezada por el ex primer ministro Tony Blair copilotando las aventuras guerreristas de George Bush Jr. contra los procesos antiimperialistas en Medio Oriente.
El reacomodo monetario del bloque occidental para mantener la posición dominante de Estados Unidos con el dólar como dinero mundial barre con toda noción republicana (que no liberal) de los derechos humanos tal como se verifica día a día en la franja de Gaza con el genocidio sionista contra Palestina.
Mucho se ha señalado en estos días la quiebra del sistema de naciones unidas basado en reglas y de las instituciones del Estado de derecho internacional. El poder de las finanzas llega con cañones y drones reclamando más riqueza social para sostener las guerras imperialistas.
Todo este recorrido fue posible por la abierta colaboración del progresismo fundamentalmente europeo, pero puede extenderse la responsabilidad a nivel global con episodios regionales y continentales específicos.
Se fue minando el estudio del marxismo (sobre todo del leninismo), renunciando al antiimperialismo, abrazando la gobernanza neoliberal, excluyendo de las decisiones gubernamentales a los referentes de clase y destruyendo a los sindicatos de masas. Hasta legar a la represión abierta, al sentar a la mesa a los títeres Zelensky, a las neofascistas Meloni y a genocidas como Netanyahu en las reuniones de Estado del más alto nivel.
[1] Declaración de Fenella McGerty. Sullivan, Arthur; “¿Todos los miembros de la OTAN pueden gastar más en defensa?”. https://www.dw.com/es/todos-los-miembros-de-la-otan-pueden-gastar-m%C3%A1s-en-defensa/a-73275487
[2] Standing, Guy, “La izquierda debe abrazar al precariado”. https://progressiveeconomyforum.com/blog/the-left-must-embrace-the-precariat/
[3] https://iris.who.int/bitstream/handle/10665/379750/9789240104495-eng.pdf?sequence=1&isAllowed=y
[4] Lansley, Stewart. “Acumulación de riqueza: ¿buena o mala?”. https://progressiveeconomyforum.com/blog/wealth-accumulation-good-or-bad/






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