
Escrito por Jorge Álvarez Méndez
Definir el progresismo, como toda conceptualización acerca de un fenómeno histórico, debe reflejar su despliegue en la realidad para desentrañar sus mecanismos de operación en las relaciones de poder, es decir, de cómo funciona en una formación económico-social la lucha de clases concreta. Al tratarse de una corriente ideológica, política y social ello se corresponde con ser también expresión de un movimiento social que ha llegado a gobernar, así como a establecer su hegemonía en medio de las políticas neoliberales.
Quedar atrapados en su autorrepresentación significaría reducirlo al logro de una mejora redistributiva de la riqueza social y a la vez, ser el principal frente en la batalla contra el shock neoliberal salvaje, en lugar de examinar sus contradicciones. Los propios defensores han englobado sus avances y retrocesos en función de ciclos u oleadas progresistas.
Para darle un encuadre al análisis se tendrá en cuenta: a) su orientación político-ideológica; b) la clase o fracción de clase materialmente que encabeza el proceso; c) su posición geopolítica frente al imperialismo; y d) la correlación de fuerzas trazada por la ejecución de las políticas progresistas. En esta parte, se abordarán fundamentalmente los dos primeros ángulos y tangencialmente los otros aspectos para ser continuados en una serie.
Entre la socialdemocracia y el populismo
En El 18 brumario de Luis Bonaparte, Marx analiza la dinámica de la lucha de clases y sus fracciones en una coyuntura decisiva de previa irrupción revolucionaria obrera y ulterior reflujo. Como el lugar en donde la lucha alcanzaba su desenlace, Francia fue el punto cenital de desarrollo político.
En ese terreno, se forjó una peculiar alianza en medio del desarrollo del moderno Estado burgués, decisiva para resistir el poder de la clase dominante y sus diferentes capas, aun con ascendiente de los terratenientes ya aburguesados. Es el nacimiento de un partido fundamental en el occidente capitalista, primero de forma reactiva:
Frente a la burguesía coligada se había formado una coalición de pequeños burgueses y obreros, el llamado partido socialdemócrata. […] A las reivindicaciones sociales del proletariado se les limó la punta revolucionaria y se les dio un giro democrático; a las exigencias democráticas de la pequeña burguesía se les despojó de la forma meramente política y se afiló su punta socialista. Así nació la socialdemocracia[1].
En su configuración clásica se forja un frente común defensivo en esa encrucijada para radicalizar a un sector de los pequeños propietarios barridos materialmente en la competencia por el capital (la industria, comercio y finanzas); en lo político se le erosionó parlamentariamente y con el golpe de Estado. Mientras para la clase obrera la derrota había sido más cruenta en el terreno militar tras el grandioso ensayo de la Comuna de París. Una síntesis sociopolítica amalgamó a la socialdemocracia.
Bajo ese paradigma en otras latitudes adquirió sus propios matices. En el caso de la Rusia zarista, la socialdemocracia se sostuvo como ese gran frente donde coexistieron la posición revolucionaria con la oportunista hasta la inminente ruptura para preparar las condiciones insurreccionales del proletariado revolucionario en 1917, que arrancó de su máscara liberal a las fracciones oportunistas agazapadas. Ya era insuficiente la rúbrica socialdemócrata para la vanguardia leninista de los soviets.
Cada formación económico-social dio lugar a los partidos políticos para dirimir la conquista del Estado en el plano político. En Alemania ya en la era imperialista, la socialdemocracia distanciada del campo revolucionario se hace portadora de los intereses del gran capital con catastróficas consecuencias como preparar las condiciones para el ascenso del fascismo.
Su traición de clase se consumó al votar en la primera guerra interimperialista por la entrada de la clase obrera como carne de cañón para los ejércitos y también combatiendo su organización económico-sindical y político-partidaria. Al erigir la república de Weimar con la socialdemocracia al frente, aplastando la insurrección espartaquista, se desembocó en el régimen nazi.
Con este hecho se forjó una ley de hierro constatada históricamente: el ascenso del fascismo es preparado por la socialdemocracia tras cada profunda crisis. Esta ha arrancado de su corteza la representación del programa obrero imbricada en la raíz de su nacimiento como coalición de clases, señalado por Marx.
Otro panorama para América Latina ha sido el de la socialdemocracia. La salida del orden decimonónico oligárquico-liberal para edificar la dominación burguesa, dibujó derroteros propios no exentos de rasgos con su propia traducción al horizonte latinoamericano. Al calor de este posicionamiento nacionalista y popular se engranaron enormes maquinarias partidistas bajo conducción burguesa, destacadamente el PRI en México, el justicialismo en Argentina o APRA en Perú, por destacar algunos más duraderos.
La socialdemocracia quedó subsumida a regímenes conducidos por caudillos como los generales Cárdenas y Perón, quienes acicateaban el empuje de masas obreras y el etéreo adjetivo de populares en un marco de dominación con la forja siempre trunca de una burguesía nacional.
Son de imposible traslación los cánones socialdemócratas europeos a la lucha política en Latinoamérica, no exenta de un poderoso influjo en el pacto social labrado como Estado de bienestar.
Lejos de calcar las herramientas constitucionales del Estado social alemán o nórdico, la formación económico social de nuestra América asomaba su matriz colonial con un peculiar desarrollo material de la clase obrera bajo sus propias formas de organización de la consciencia.
Pues tal fue la articulación del eslabón colonial en el orden capitalista: financiar su expansión con materias primas, fuerza de trabajo y mercados; entremezclándose relaciones plenamente capitalistas con otras acopladas a la extracción de plusvalía, sin ser trastocadas en su naturaleza.
En ese contrato social o política de compromiso o frágil equilibrio de fuerzas, indudablemente el empuje obrero y campesino arrancaba una redistribución menos agresiva de la riqueza social al capital, configurando instituciones más o menos estables, pero siempre hegemonizadas por los intereses generales de la burguesía.
De corte keynesiano en la política económica, se expandía el mercado interno con una tendencia alcista del salario real, de forma directa e indirecta con subsidios y otras medidas compensatorias en cuanto a fijación de precios tope y provisión de servicios públicos. Concesión burguesa y lucha obrera, cooptación corporativista y reclamo de clase: ejes resquebrajados únicamente con la irrupción armada revolucionaria de los años sesenta siguiendo el curso inaugurado por la Revolución Cubana.
En los partidos de masas, la socialdemocracia no adquirió una base social de legitimación real: pero sí inspiró algunas de las medidas redistributivas para ensayar un proyecto industrializador abortado en la sustitución de bienes de capital. Medidas con tintes socialdemócratas ejecutadas sin la organicidad de un partido bajo tal signatura ni nominalidad.
Cierta reivindicación de esos liderazgos político-ideológicos de masas han sido reclamados y reivindicados por el progresismo latinoamericano, en la fallida industrialización de base nacional.
Por otra parte, ha quedado en el aire la caracterización de populista para diversas expresiones políticas policroma, pero con una coloración común: asumir al pueblo como sujeto político de la soberanía nacional. Octavio Ianni, profundiza sobre el populismo como una coalición de clases para consumar la destrucción de los vestigios oligárquico-estatales:
Como síntesis de las ambigüedades recurrentes en las relaciones entre la sociedad nacional y la economía dependiente, el poder oligárquico no resistió las presiones de las clases asalariadas y de la burguesía industrial, fuerzas organizadas en la alianza populista[2].
Explica al populismo como una fase del movimiento político obrero que recogía una composición previa a la modernización de la sociedad latinoamericana, esto es, anterior a “la urbanización, la industrialización y el crecimiento del sector terciario”. Aquí no había cabida para las corrientes anarcosindicalistas y socialistas abanderadas por la militancia obrera.
Se trató entonces de una elaboración política más espontánea, correspondiente al reformismo obrero y la imperiosa necesidad de la burguesía industrial para conducir el proceso estatal. La suerte del liberalismo se ciñó a expresar, según Ianni, tareas políticas correspondientes a la élite de la clase dominante.
La socialdemocracia entonces carece de raigambre histórica en este tramo de la historia latinoamericana; desde la liquidación del Estado oligárquico hasta la industrialización de la primera mitad del siglo XX. Será hasta después de la segunda guerra mundial que confluirá con el populismo un conjunto de medidas verticales de corte socialdemócrata en lo distributivo, y escasamente en las formas democrático-burguesas: no así habrá un campo de ese signo en lo partidario reconocido en esa identidad o doctrina.
En el cono sur esta aparente mediación de compromiso entre clases antagónicas se rompe en los setenta con la imposición de los regímenes militares. Destaca la dictadura pinochetista al ser la avanzada del neoliberalismo, previamente a Estados Unidos y Reino Unido. Después harán lo propio Argentina, Uruguay, Brasil, Paraguay.
La salida de ese periodo autoritario de represión masiva se dio con un necesario enfrentamiento del imperialismo en sus políticas de liberalización y endeudamiento, de desindustrialización y dependencia. Entonces se entremezclaron algunas tradiciones populistas en lo orgánico, con medidas socialdemócratas en lo político y económico.
Se intentó resarcir la pérdida de peso del aparato industrial, de recuperar sectores privatizados, de reestablecer un respiro del asfixiado mercado interno: el nacionalismo fue el escudo para dinamizar en lo posible una política de masas depauperadas, precarizadas y desorganizadas.
Las medidas adoptadas desde luego avanzaban sin un protagonismo de la clase obrera, ni siquiera en el nivel sindical, mucho menos partidario. La claudicación de los partidos comunistas o socialistas echó en brazos de este matrimonio socialdemócrata y populista la participación política amasada en un espectro de indefinible corte clasista: el pueblo interpelado.
Fuera del proceso abiertamente antiimperialista bolivariano y algunos episodios nacionalizadores de Bolivia, en los demás casos la convocatoria movilizadora se detentó por liderazgos en pro de tener un rejuego de las economías nacionales en la era de la globalización sin amenazar realmente los intereses estratégicos del imperialismo estadounidense.
Este maniatamiento de la iniciativa por parte de los explotados, se dispersó en una multiplicidad de demandas identitarias para resquebrajar aun más una independencia de clase frente a los liderazgos sobre todo presidenciales.
Se despojó de posibilidades políticas a la combatividad obrera, pues su descabezamiento fue exhibido como trofeo a la posmodernidad, y al reformismo en su oposición teórica de la existencia del proletariado como sujeto revolucionario. Fueron gradualmente domados los movimientos sociales. Fueron actualizados a la nueva fase de la lucha de clases los elementos populistas y socialdemócratas en las oleadas del progresismo latinoamericano.
[1] Marx, Karl. Obras escogidas, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. Ed. Akal, Madrid, p. 278.
[2] Ianni, O. (2022). Populismo y relaciones de clase en América Latina. Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, 18(67).






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