Foto tomada de: ANred

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Escrito por Jorge Álvarez Méndez

Para la actualización del programa económico del progresismo resuenan fuertes ecos del desarrollismo cepalino[1] y del dependentismo como escuelas económicas. Como ecuación a solucionar el sustrato es muy semejante. Pero se da en una fase del capitalismo pivotado en la hegemonía del capital financiero en una larga depresión y atizado por una redefinición geopolítica de los bloques económicos.

Para la teoría cepalina a través de sus máximos exponentes, se planteaba una inserción que libraría a las economías nacionales de América Latina de la lápida de la desigualdad en los términos del intercambio comercial internacional:

“El capitalismo de masas que Furtado y Prebisch habían pregonado se fundamentó en que con inversiones estatales y la promoción del desarrollo económico pueda surgir un mercado popular con productos accesibles para la mayoría de la población y una redistribución relativa de las riquezas”.[2]

La contradicción estructural de su esquema era centro vs periferia en una nébula carente de cualquier componente de clase social y ni se diga, omisa de un examen de las leyes de funcionamiento del sistema capitalista a nivel mundial.

En ese esquema analítico, regido por un dualismo estructuralista (sector moderno y sector tradicional), el desarrollismo plasmaba las aspiraciones de inserción de la fallida burguesía nacional con vocación soberana en términos más favorables y de amortiguamiento de todo conflicto social entre clases antagónicas.

Mientras, la teoría de la dependencia surgida como crítica al desarrollismo cepalino, postulaba la pujanza de los países capitalistas a cuenta del expolio de materias primas para escalar la industrialización en Europa, y así acrecentar la reproducción de la clase obrera con los productos de los países dependientes.

En su versión más refinada, postulaban la necesaria superexplotación hacia la clase obrera en estos países, basada en el pago de su fuerza de trabajo por debajo de su valor. La dependencia es pues para esta corriente:

“… una relación de subordinación entre naciones formalmente independientes, en cuyo marco las relaciones de producción de las naciones subordinadas son modificadas o recreadas para asegurar la reproducción ampliada de la dependencia”.[3]

Una serpiente mordiéndose la cola y de hecho, devorando su propio cuerpo. La explicación emparenta en muchas líneas con el desarrollismo cepalino pero rompe teóricamente con la posibilidad de salir del callejón del subdesarrollo, mientras el modo de producción sea el capitalista; en este sentido es una interpretación con bordes marxistas, que se difuminan al expurgar de sus análisis a la lucha de clases.

Agustín Cueva resume el balance acerca de estas dos escuelas de pensamiento latinoamericano, cuyos sendos méritos residen en el estudio de la inserción subcontinental a la economía mundial capitalista:

“Los desarrollistas habían sin duda distorsionado la perspectiva global de análisis al proyectar sus ilusiones ideológicas, e imaginar que el desarrollo del capitalismo podía dar como resultado una mejor distribución de la propiedad, del ingreso y del poder; pero habían llamado la atención sobre ciertos ‘cuellos de botella’ como el derivado de la persistencia de estructuras agrarias reaccionarias; y puesto sobre el tapete de discusión la cuestión del comercio internacional. Por su lado, los dependentistas erraban al presuponer que la situación de dependencia impedía fatalmente la reproducción ampliada del modo de producción capitalista (y por lo tanto de sus contradicciones) en la región; pero pese a todas sus limitaciones realizaban una valiosa labor crítica al confrontar las ilusiones del desarrollismo con los datos de una realidad que palpablemente las contradecía”.[4]

Esas reverberaciones de ambas tendencias teóricas se debilitan en la abortada sustitución de importaciones, excepto algunas mercancías de consumo generalizado y apenas algunos bienes duraderos. En cuanto al sector I, medios de producción, prevaleció la condición de monopolio para impedir toda posibilidad de desarrollo de las fuerzas productivas desde los centros de mando imperial.

Esa condición estructural de poder se correspondió con el proyecto de subordinación de sus socios capitalistas en América Latina. Lo demás es historia: asfixia por el pago de intereses de la deuda externa e imposición del ajuste fondomonetarista.

Dirigido hacia la ruta de obtener cierto margen soberano el progresismo afianzó su proyecto estratégico: no recobrar la soberanía sino negociar su posición en la geopolítica imperialista con atisbos de recobrar aliento para elevar el gasto público en infraestructura y en subsidios para familias en situación de pobreza o mediante programas universales (vs las focalizadas transferencias del neoliberalismo). Con el dependentismo el progresismo comparte su visualización del escenario de la economía mundial:

“La intensificación de la entrada de inversiones extranjeras en el sector industrial restringió a términos mínimos las bases materiales de una burguesía nacional y, por lo tanto, de un proyecto de desarrollo capitalista nacional y autónomo”[5].

Ese diagnóstico parcialmente compartido por el ala más antiimperialista del progresismo latinoamericano ciñó el rumbo adoptado para efectuar algunas medidas nacionalizadoras y desprivatizadoras. Pero la ilusión de conformar una burguesía nacional se mantuvo en el horizonte. Sin crítica al imperialismo, el desarrollismo cepalino irriga generosamente con sus aguas el caudal populista del río progresista.

“En esa línea, y pese al proceso de nacionalizaciones (que hay que analizar en cada caso y en cada país), los progresismos populistas establecieron alianzas con grandes corporaciones transnacionales aumentando el peso de éstas en la economía nacional. Ejemplos de ello son Ecuador, donde las empresas más importantes incrementaron sus ganancias respecto del período anterior; Argentina, que durante el ciclo kirchnerista mostró una mayor concentración y extranjerización de la cúpula empresarial; o Brasil, donde el consenso lulista impulsó la alianza con el sector del agronegocio al tiempo que favoreció al sector financiero”[6].

Maristella Svampa, autora de estas líneas, reivindica la noción de neoextractivismo como la famosa matriz productiva de los gobiernos populistas que cabalgaron sobre el consenso de las commodities, esto es, aprovechamiento de la coyuntura alcista de los precios internacionales de las materias primas exportadas. Situación propicia para redistribuir riqueza con la obtención de divisas por las economías latinoamericanas.

Al tomarse en forma absoluta el carácter primario-exportador como el puntal de los gobiernos progresistas impide colocar en el escenario los esfuerzos industrializadores para remodelar en algún grado la sustitución de importaciones. Como los casos de la industria gasífera de Bolivia, la puesta en pie de ciertas ramas de la manufactura en Argentina para abastecer el mercado interno (o colocar satélites en el espacio exterior) y Petrobras en Brasil, entre lo más destacable. Con unos límites más agresivos de control imperialista se truncó la posibilidad de profundizar esos avances industrializadores.

Negociación con el imperialismo, soberanismo retórico, concentración de la riqueza combinada con subsidios masivos para paliar la pobreza más cruda. Es el mix progresista que brilla por sus enormes esfuerzos para acotar en la mayor medida posible a la lucha social que se oponga a la explotación capitalista.

En la década de los ochenta la socialdemocracia sería la fuerza operativa de renuncia a cualquier asomo medianamente soberanista. El citado Agustín Cueva recapitulaba cómo la socialdemocracia habría “arriado sus banderas propias y se ha plegado, mansamente, a la más férrea ortodoxia del FMI”[7] (Alfonsín en Argentina, Carlos Andrés Pérez en Venezuela y Alan García en Perú, destacadamente).

Igual suerte corre por su ascendiente socialdemócrata el progresismo latinoamericano, en el gran marco histórico más allá del detalle coyuntural: alternar con el neoliberalismo en aspectos como la hegemonía financiera sobre la vocación industrializadora. A tal propósito, ha desactivado (con su propia complacencia) la organización clasista independiente de la política burguesa. En esa línea, va abriendo brecha a una fascistización que va del imaginario social a las políticas de gobiernos cada vez más proimperialistas y represores.

Como un comentario sumamente coyuntural de este síntoma, véase que ante la embestida judicial (lawfare) las respuesta es mantener el legalismo burgués (gobernanza neoliberal) siempre en el marco del ilusorio “Estado de derecho”: desde la respuesta de Lula aceptando su encarcelamiento hasta la prisión a Cristina Fernández de Kirchner que ante la imponente protesta masiva de cientos de miles por su detención, clamó por bajar la intensidad de las movilizaciones… en espera del siguiente turno electoral.

 

[1] De la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), fundada en 1948 como parte del sistema de la ONU.

[2] Allen, Nicolás. “Saint-Simonistas del sur: Prebisch y Furtado”; en https://jacobinlat.com/2023/02/saint-simonistas-del-sur-raul-prebisch-y-celso-furtado/

[3] Mauro Marini, Ruy. “Dialéctica de la dependencia”; Era, México, p. 18

[4] Cueva Agustín. “Problemas de la teoría de la dependencia” en “Teoría social y procesos políticos en América Latina”; Ed. Edicol, México, p. 72.

[5] Dos Santos, Theotonio. “Construir soberanía : una interpretación económica de y para América Latina”. Ciudad Autónoma de Buenos Aires : CLACSO, 2020. Libro digital, PDF – (Antologías); p. 710.

[6] Svampa, Maristella. “Lo que las Derechas traen a la región latinoamericana. Entre lo político y lo social; nuevos campos de disputa”. https://maristellasvampa.net/wp-content/uploads/2022/05/Lo-que-las-Derechas-traen-Svampa-para-FRL.pdf

[7] Cueva, Agustín. “¿Hacia dónde va nuestra social democracia?”. Estudios Latinoamericanos. https://revistas.unam.mx/index.php/rel/article/view/47445

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