Foto: Prensa Latina
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Por Jorge Álvarez Méndez

Con categorías como capital humano, desigualdad salarial o el siglo americano el Fondo Monetario Internacional ha navegado en el “análisis” el vendaval desatado por sus políticas impuestas en los países para salvar al capital financiero de la crisis. Medidas de hundimiento salarial para los trabajadores y para ramas enteras de industrias nacionales no monopólicas.

No es que se espere de su parte un súbito arrepentimiento y comience a referirse ahora a la acumulación de capital o a la caída de la cuota de ganancia. Lógicamente para encarar el estudio de la realidad ha de usar sus instrumentos metodológicos con lo cuantitativo por delante pues así zafa de toda alusión a una degradada condición social de cada vez más seres humanos en el capitalismo.

Ahí la muestra con una Argentina sometida a la más cruenta limpieza social (ajuste queda corto) exigido por el FMI para seguir endeudando al país, es decir, a quienes pagan con trabajo los intereses de su “programa de rescate”.

En este cierre del año 2023, el Fondo reseña en su página oficial las “innovadoras contribuciones” del economista Lawrence F. Katz por sus estudios sobre la desigualdad en el mercado laboral. Para no dejar duda sobre su impronta humanista y sensible le dedican líneas sentidas sobre sus íntimos y vivenciales móviles para emprender investigación económica:

“Él y su madre [psicóloga hispanoparlante] también hablaban sobre las penurias de asistir a escuelas sin aire acondicionado y si eso ponía a los niños de escuelas más pobres en desventaja frente a los de escuelas más ricas y climatizadas. Esos encuentros con la pobreza inspiraron a Katz a centrarse en la desigualdad, la segregación y la raza en sus debates en la escuela secundaria y en su paso por la universidad”[1].

¿Tiene seriedad y sentido discutir sobre desventajas en una sociedad dividida en clases? Sí, cuando el interés es evitar toda referencia a las bases de apropiación del trabajo ajeno por los capitalistas; para quienes lo de menos es acudir a escuelas con aire acondicionado o enviar a sus vástagos a estudiar en un ambiente así.

El acceso al aire acondicionado y no la explotación como causa estructural de las contradicciones de clase bien podría intitularse un artículo científico. Para eso da la inspección minuciosa de lo aparente: irracionalismo en las ciencias sociales revestido de investigación empírica rigurosa.

De suyo rebatible por tener más un carácter ideológico que teórico, la desigualdad ha sido en lo conceptual el caballo de batalla incluso para economistas considerados heterodoxos o críticos como Piketty[2] en su monumental revisión sobre ingresos y riqueza de veinte países en tres siglos de información estadística. Incluso el reconocimiento de la desigualdad que se incrementa se muestra con carácter de crítica al funcionamiento del capitalismo: la famosa instalación de la agenda de discusión.

Desigualdad es vacua categoría porque se trata de una obviedad, no de un hallazgo, su reconocimiento en el funcionamiento del capitalismo desde su génesis hasta su desenvolvimiento actual. Hasta su colapso.

Esa y no otra ha sido la función de la economía vulgar desde los tiempos de consolidación de la clase burguesa al financiar a sus voceros y auspiciar a sus universidades. En la década de 1870, con el advenimiento del imperialismo, se abdica de la economía política, no se diga de su crítica, a manos de la simple economía. La elaboración conceptual de su corriente dominante se vuelve un árido paraje desprovisto de sujetos sociales, de clases, de sus relaciones antagónicas, de Historia.

Pero sigue el FMI con su panegírico sobre Katz, quien “ha marcado el compás de la profesión económica durante tres décadas” en un elogio más propio de una revista de socialités. Se lee ahí uno de sus más caros hallazgos:

“Entre 50% y 60% del aumento de la desigualdad salarial en Estados Unidos desde 1980 se debió a la desaceleración del progreso educativo frente al crecimiento continuo de la demanda de trabajadores con formación universitaria, lo cual amplió la diferencia de salarios entre los que tenían y los que no tenían título universitario, dice Katz”.

En resumen, la lucha no es por dignificar las condiciones de vida en el capitalismo, sino para reducir las brechas salariales. En esa lógica, el pleito es entre los propios trabajadores pues unos tienen mayores ingresos, debiendo cerrarse sus diferencias.

Debe entonces dejarse intacta la división entre clases, y para nada insistir en la estratégica formación de un frente de los trabajadores contra el capital para impedir la agudización de la explotación: no se diga ya una cohesión contra la apropiación misma de plusvalía.

Pero la explicación de cómo se genera la desigualdad para Katz, está en la triada progreso tecnológico-crecimiento económico-educación. Es como tratar de entender la recurrencia del amanecer y del anochecer asumiendo el fenómeno de la rotación terrestre pero no el de la traslación, pues se omite quién se apropia del trabajo excedente.

Con una gran base de datos del siglo XX, periodiza dos momentos marcados por la interacción de esas relaciones enunciadas. Hasta la década de 1970 en Estados Unidos habría crecimiento económico a largo plazo y una declinación de la desigualdad. Al finalizar esa década se habría revertido esa tendencia en favor de un aumento de la desigualdad económica.

Como conclusión de lo registrado: “[…] la desigualdad hoy es tan alta como lo fue durante la Gran Depresión y probablemente desde algún tiempo antes”[3].

Rotación sin traslación o traslación sin rotación: la desigualdad aumenta o disminuye y la gran depresión simplemente se cruza en medio, sin que este hundimiento de la economía capitalista tenga un papel relevante en la identificación de causalidad.

En la teoría económica burguesa la crisis no tiene una explicación de fondo porque se entraría en contradicción con el equilibrio general reinante en sus modelos (irreales de tan ideales). Habría de reconocerse el declive histórico de la rentabilidad del capital, y con ello su impacto en la distribución de la ganancia.

Pero la parte del firmamento observada por Katz es el sistema escolar de EU y su masificación pública hasta secundaria (grados 9 a 12) para acompañar el avance tecnológico: desde luego, el capitalismo en ese país imperialista había de incorporar una mayor instrucción educativa de la fuerza de trabajo como no podía realizar alguna otra potencia económica.

Simple y sencillamente EU comenzaba a disponer no sólo de la plusvalía de su clase obrera, sino del excedente generado en los países dominados, comenzando por América Latina y el Caribe, sea a través de mercancías, sea a través del pago de intereses o del mero despojo de las riquezas naturales, así como el control de las vías de comunicación terrestres y marítimas.

El mítico capital humano que cosifica la relación social aparece pues como el esfuerzo de EU por ampliar su cobertura educativa (democratización le llama).

Al final, estos enfoques convencionales son descriptivos de partes acomodadas a conveniencia. Obedece al mandato del Banco Mundial y del propio FMI por escolarizar con recursos públicos de forma creciente los niveles previos a la universidad, castigada en la matrícula desde los ochenta en América Latina de manera significativa.

El trasfondo va más allá de esto, pero con estos análisis se sesga el tipo de conocimiento ordinario y tecnocrático funcional al gran capital. Un gran ejército de economistas críticos y heterodoxos, a lo más propone otros enfoques más progresistas sobre pobreza y desigualdad para convalidar el terraplanismo hegemónico en esta ciencia.

[1]Simison, Bob; “El economista de la desigualdad”. https://www.imf.org/es/Publications/fandd/issues/2023/12/PIE-the-inequality-economist

[2]Su tesis central descansa en la formulación del mecanismo de la desigualdad: una tasa de rendimiento del capital superior a la tasa de crecimiento de la producción e ingreso.

[3] Goldin, Claudia y Katz, Lawrence F. “La carrera entre educación y tecnología”, Harvard, 2008; p. 3 (cita en inglés en el original).

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