Por Israel
La disyuntiva abierta en 2018 con la llegada de nuestro presidente a ser tal, apenas es un paso inseguro que puede ser revertido, cerrando la disyuntiva abierta, volviendo a lo habido. Antes de ese año lo que había era la certeza de que cualquier tipo de modificación por mínima que fuera a una dinámica del capitalismo llamada neoliberalismo, no era posible en México. La propaganda imperante entonces (que en nada ha cambiado pues los dueños de televisoras, radios, internet y periódicos son los mismos) no daba pie para pensar otra cosa.
Y hoy el fracaso al que alude esa propaganda, es el complemento de la imposibilidad manejada antes del 18. Las ideas se complementan, porque en términos de la ideología lo que hace a la burguesía parasitaria que se ha constituido en lo que llamamos México, es vivir a costillas de la llamada Hacienda Pública. Y esa ubre de la cual mamaron durante más de 30 años ha ido cerrándose en los 5 años que de gobierno tiene nuestro presidente.
Una buena cantidad de los grandes burgueses de hoy, aunque ya tenían su capital antes de las privatizaciones de las empresas públicas ocurridas hace poco más de 30 años, vieron acrecentados sus capitales cuando se les subastó a precio de ganga. A lo largo de esos años se les fueron facilitando los negocios para acrecentar, además, el tamaño de sus empresas y el capital que en conjunto manejan. De ahí nacieron multimillonarios que podían competir con los que la excelencia del capitalismo en el mundo podía presumir haber forjado.
El cuadro de honor de las grandes fortunas en México, sin embargo, oscurece a la clase social capitalista en que ellos suelen ser su emblema espurio. Porque la burguesía no se instituye como clase sino luego de un tiempo en que mediante el saqueo, el despojo, el robo, la rapiña, la esclavitud y otros mecanismos más, van acumulando lo que se conocerá como capital. Este proceso recorre México forjando también la clase antípoda, quedando en el camino aquellas clases que no mutan o no se adaptan para sobrevivir en el capitalismo creado.
Para algún capitalista en México que tuviera el sentimiento de honor o prestigio de haber amasado su capital con el puro esfuerzo de su trabajo, ver cómo en unos cuantos años amasaron su capital los burgueses pródigos del llamado neoliberalismo en el país, le daría un síncope o al menos le causaría molestia que esos fueran sus pares de clase. No sucede así dado que la burguesía en México siempre ha sido la misma clase parasitaria, oportunista, mediocre, arribista y cobarde, que se ha trepado a las circunstancias según le convenga.
Y este espíritu que ha animado a la burguesía en el país se refrenda hoy en las vilezas con que actúan para querer tumbar o embarrar con la calumnia, a quien llegó a la presidencia de la república para darle un respiro a su sociedad a través de apaciguar la desesperación corroyendo las entrañas de los muertos de hambre. Si Cárdenas (el hijo) no pudo en su afán de servirle fielmente a la cuna de la revolución que lo parió, el populachero Obrador llegó para ser factible el reordenamiento del capitalismo del cual no reniegan ninguno de los dos.
Y esto que es dable decirlo de ambos, también es válido cuando se trata de visualizar los motivos para que la burguesía como clase social sea tan desagradecida con los héroes de su sociedad. Porque ninguno ha buscado bajo ninguna forma salirse de ese espectro de la manida democracia y el planteamiento de los sobados derechos sociales ceñidas al espíritu liberal de México. El mismo que al ser consagrado en las constituciones habidas desde que el país fue nombrado de independiente, le permitió avanzar en construir su ideario.
Los derechos sociales y las libertades individuales se hermanan a lo largo de su historia por buscar que, en lo económico, prive el respeto a las formas de propiedad social, individual y privada, cuando en los hechos se excluyen entre sí. Y en lo político la reivindicación de la democracia y las libertades del individuo son el pilar al que se anudan a las personas, para reconocerles la llamada ciudadanía. Esta mezcla sin embargo está supeditada a que todo marche más o menos dentro del capitalismo, alzado sobre el respeto a la propiedad privada.
El ideario de los héroes del capitalismo sin embargo choca con la vulgaridad de la burguesía parasitaria que no los acepta de buen grado, a Obrador menos que a Cárdenas. En esencia porque al ser nuestro presidente más populachero que el aristócrata hijo del general, al primero lo ven como un representante no genuino de la burguesía, y al segundo no le perdonan haber roto con el Pri en tiempos en que era condenable hacer eso. Pero los pecados son distintos. Y el alcance en la mentalidad de la burguesía tiene dimensiones diferentes.
Si la llamada revolución mexicana fue un proceso truncado, interrumpido para el caso de los intereses de los muertos de hambre, no obstante varias de sus demandas inmediatas fueron incluidas en la Constitución de 1917. Pero del discurso que puede ser candente, incendiario, los hechos revelaron que un gobierno donde los muertos de hambre mandaran estaba fuera de toda consideración por los grupos o fracciones en que los distintos intereses de una burguesía no nucleada, se expresaba a lo largo del conflicto.
Y la narrativa surgida después para explicar esta situación busca hilar desde un siglo antes (19) al menos el legado liberal que dirigía los destinos del país desde una oscuridad harto oscura. Las luchas con que se fueron depurando los grupos de interés que constituyeron a la clase capitalista en México, no obstante, con carecer de un ideario propio (por más que nuestro presidente quiera como todos los priístas de corazón tricolor, hallarle huellas en un supuesto planteamiento liberal), se acomodaron a lo que sucedía a su alrededor del mejor modo.
Si en pleno siglo 19 la unión entre las luchas sociales contra los intereses no capitalistas expuestos en la iglesia, las grandes extensiones de tierra propiedad de familias emparentadas entre sí, la usura y el régimen de propiedad social de la tierra, iba ligada a la búsqueda de fuentes de pensamiento que les permitiera entrar en la llamada modernidad, la ilustración de la que presume la burguesía es un robo de ideas de que se ha apropiado como si hubiera sido generado por ella.
Cuando se habla de lo mejor del pensamiento burgués es una metáfora o traslación a su figura de una creación que, si bien fue posible en circunstancias y un ambiente propio de ideas descollantes, no fue concebida con el signo o el sello de la su clase. Ninguno de los que empujaron el espíritu liberal en el pensamiento lo hizo pensando en que, un día, fueran reconocidos como creaciones propias de la clase capitalista.
Por una comodidad de asociaciones y para encuadrar o ajustar el lugar que tales ideas tuvieron en el momento de su nacimiento y desarrollo, quienes han dedicado tiempo y esfuerzo a recrear el pensamiento (incluso los trasnochados mayores, Engels/Marx) por diversos motivos, han asociado el medio en el que se dan las ideas a una clase social respectiva. Y esto es así porque quien formula una idea o un planteamiento (que no son lo mismo), al menos de quien se tiene noticia o registro de haberlo hecho, lo hace en un contexto específico.
Si toda idea está ligada sin remedio a un sujeto que la formula, él tampoco puede romper su cordón umbilical con el contexto en que se ha hecho lo que es, a partir del cual expele lo que a su bien o mal entender le nace muchas veces sin saber cómo. Este proceso que se denomina pensar, pese a ya tener reglas o pasos específicos mediante los cuales más o menos se lleva a cabo, en realidad sigue en buena medida metido en la oscuridad del funcionamiento del órgano menos estudiado y tal vez el más importante del cuerpo humano.
Que a un tiempo uno o varios seres humanos formulan ideas similares lo hacen porque el contexto da para realizar esto. Y el uso del cerebro para lo que es, no todos terminamos por aprehenderlo para usarlo así sobre todo en los tiempos actuales, porque la ideología reaccionaria idiotiza, bloquea la capacidad del pensar y castra el espíritu que anima buscar explicaciones, razones, el conocimiento de los fenómenos de eso que llamamos realidad. El uso generalizado del idiotismo como arma para someter a los muertos de hambre es patente.
Tanto es así esto, que los muertos de hambre en México a lo más que han llegado hoy es a echar sus esperanzas de no terminar sobrantes para el capitalismo en un aristócrata como Cárdenas (primero) y en un populachero como Obrador (ahora). Nadie puede saber lo que depara el futuro, pero es obvio que si los muertos de hambre están esperanzados en que alguien distinto de ellos venga a cambiar sus circunstancias, la culpa no es de quien recibe esa encomienda. Es cómodo (por no decir gandalla) dejar en otros la tarea que le toca a uno.






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