Por Israel

Y así como se habla del capitalismo y que puede pensarse que no es tangible o real sino un mero constructo (como dicen los mamones que se sienten intelectuales), de igual modo se puede hablar que la vida se deconstruye (como dicen los mamones pedantes) mediante los mecanismos que la integran. Pero esto como a algunos les cuesta mucho esfuerzo entender y por eso le dan un rango ininteligible para los demás (una manera de pendejear a los otros), no encierra mayor secreto que la propia dificultad que uno se ponga para pensar.

El capitalismo nos hace mierda de muchos modos y condiciona los comportamientos que tenemos mediante múltiples mecanismos en apariencia inofensivos. Si a alguien formado, educado para matar se le entrega poder de cierto tipo (aunque sea en pequeña escala) el resultado no necesariamente puede ser el esperado.Este dilema es el que nuestro señor presidente ha generado al meter por todos lados a su pueblo uniformado (militares y marinos) y que, sin querer queriendo, se le chispoteó.

Y es que lo que determina la actitud ante y en eso que llamamos vida es una serie de valores y creencias (como les dicen los psicólogos a los principios), sentimientos, vivencias, recuerdos y un largo etcétera que uno por comodidad reduce a la denominación de ideología. Pero esto se considera así por comodidad. Lo hecho responde a los intereses que tenemos (de diverso tipo) en medio de una sociedad dividida en clases sociales.

Nadie que viva donde hay intereses divididos puede quedarse al margen de lo que ocurre entre estos. Así debe entenderse que lo que a un interés sirve no es igual para el otro. Por lo mismo, lo uno y distinto de cada interés identifica o nuclea (digámoslo así) a quienes comparten o son afines a un interés. Esto permite explicar por qué siendo el sustento una ideología reaccionaria la que anima la desesperación para arriesgar hasta la vida yéndose a la yunaites, estos actos lejos de ser heroicos expresan en esencia la violentación de la vida por el capitalismo.

Se actúa de este modo conforme la desesperación hace presa a la gente en circunstancias específicas, y en última instanciaa base del individualismo impuesto por todos lados. No obstante pese al individualismo que anima la competencia entre sí para conseguir el sueño dorado, se dan momento o actos tenidos por solidarios. Porque la gente es gente, y aunque pueda tener en su almita un individualista dando brincos, si halla cierta identificación con otro de su misma especie a veces se enternece y le tiende la mano.

El individualismo y la solidaridad se excluyen, pero en momentos de tensión cuando el ser desesperado llega al límite pueden reconocerse a un mismo momento. Esta complicación que es el ser humano que denominamos gente, persona, incluso individuo (para coquetear con lo inventado por el capitalismo en eso que llaman modernidad), si bien se pone en tensión en circunstancias específicas, es lo que hay que tener claro al momento de analizar las medidas de nuestro señor presidente, para darle tanto rejuego a su pueblo uniformado.

Porque la gente es gente, una complejidad que se manifiesta en la latencia de su ser, el cual puede estar embarrado, relleno, colmado de individualismo, y a pesar de eso tener una rayita de humanidad todavía. Eso puede implicar apostarle a confiar en que esa rayita de humanidad actuará como dique, pese a todo, cuando a su pueblo uniformado nuestro presidente le encomienda un lugar de paraestatal en su gobierno. El problema aquí es que, al estar en una sociedad dividida en clases sociales, toda acción, toda actitud, implica tomar partido.

Y meter por todos lados a su pueblo uniformado por parte de nuestro presidente es similar a lo que Pinochet hizo, luego del golpe de Estado contra el gobierno de Salvador Allende, en el Chile de 1973. La diferencia aquí es que nuestro presidente lo hizo empleando el apoyo tenido para llegar a ser el titular del poder ejecutivo. Y por eso, al mismo tiempo, la llamada revolución de las consciencias como slogan de su lucha y su gobierno no sólo está dirigido para el pueblo bueno en general, sino sobre todo para su pueblo uniformado.

Hay una diferencia sustancial más. Nuestro presidente pese a todo lo que la burguesía cavernícola puede decir, ha buscado cuando menos que la manida democracia expresada a través de las llamadas garantías individuales no sigan el curso de antes. A cada rato le mientan la madre, lo espetan con calumnia y difamación y media. A diferencia de Pinochet, nuestro presidente no ha promovido desaparecer a quienes lo ofenden o disienten con el actual gobierno de la 4T, por meter a los militares por todos lados.

Pero no le ha salido tal y como lo hubiese pensado nuestro presidente. Porque la carga de terror, muerte, sangre, impunidad y mierda (en una palabra) es una losa tan dura y pesada que la historia de su pueblo uniformado arrastra consigo. Y de la cual pese a todo es muy difícil lavarla, meterla en el cajón del olvido, negarla o hacer como que nunca existió.Por más machincuepas como La Chimoltrufia que nuestro presidente da aquí, allá y acullá, tampoco es que su pueblo uniformado se ayude gran cosa.

La circunstancia de los negocios legalizados o no habidos en distintos territorios del país y a los cuales está ligado el pueblo uniformado de nuestro presidente no ha podido ser revertida. Y éste es el fundamento para explicar que, pese a instrucción precisa dada desde el buen corazoncito del señor presidente, en no pocos casos el pueblo uniformado ni lo pela. El caso de los 43 normalistas desaparecidos es emblemático para esto. Pero no sólo.

La apuesta del reformismo anidada en el gobierno de la 4T y en ésta como movimiento, es para querer convencer al que se deje que la transformación reside en hacer una sociedad (capitalista) más humana. Y esa apuesta basada en la compasión para que los capitalistas hagan negocios sin excesos y dentro de los marcos de la ley, paguen sus impuestos como dios manda, no se promueva el amor a lo material, todos respeten los derechos consagrados en la constitución, tiene como base la compasión.

Y a pesar de no tratarse de un planteamiento por acabar con el capitalismo suscita el odio de la burguesía cavernícola, pese a que los grandes capitalistas tienen todas las condiciones para que sus negocios vayan viento en popa. Tanto es así, que hasta con los obreros (emblemáticos son los casos de las huelgas mineras sin solución) lo más que se les ha dado es una posibilidad para democratizar (según) sus organizaciones sindicales, pero no son lo central del gobierno de la 4T. Son los pobres, no para que dejen de serlo, sino para que lo sean en menor medida.

La justa medianía (como lo expone con orgullo nuestro presidente) representa cuando mucho una mera redistribución del ingreso generado, sin apuntar alguna batería contra el capitalismo. Por lo mismo, meter a su pueblo uniformado por todos lados no es problema para nuestro presidente, porque el alcance de su gobierno es para hacer funcionar el capitalismo de la manera ideal (humanista según la buena onda de este reformismo) porque no hay algo más a qué aspirar. Pero capitalismo y humanismo se excluyen por definición.

Pedirle otra cosa a la 4T, a nuestro presidente, su gobierno o su movimiento, es pedirle peras al olmo. Puede ocurrir que el alcance de este planteamiento sea otro, distinto, mayor, que vaya a las raíces de la situación actual, por ejemplo, para los que sobran en el capitalismo, pero eso depende del contenido de la lucha a que pueden apostarle los muertos de hambre no se quede en lo que nuestro presidente y su lucha le ofrece.

Aunque la disyuntiva abierta con meter por todos lados al pueblo uniformado del presidente es una apuesta basada en su caridad y compasión, en la buena onda del reformismo que lo anima, porque la ideología además de no ocultarse determina lo que hacemos, y lo que por antecedentes traen consigo los militares es la guerra de contrainsurgencia, el terror y la desaparición forzada, el asesinato y una cola larga de intereses creados con negocios no legalizados en diversos lugares del país.

La diferencia de nuestro presidente con el gobierno de Echeverría es que, para disgusto de muchos, el primero no habla de dientes para afuera, porque sí ha buscado que dejen de ser los militares lo que eran antes (y todavía está por ver el resultado pues ellos forman parte de los órganos de represión en la sociedad capitalista), pero en ambos casos nada existe por fuera o busca estar en contra del capitalismo. Y quién sabe si, aunque proponiéndoselo, nuestro presidente pudiese hacer algo en este sentido.

Lo que sí es por no ser otra cosa cuando la gente que está del otro lado envía dinero a sus familias, puede explicarse por amor y nostalgia (libro de cierto autor), porque lo pasado no es un sueño (otro libro también) representa un sentimiento que, por atracción e identificación de intereses, los héroes y heroínas se sienten con mayor confianza y ganas de contribuir a que México reviva a la normalidad (capitalista), sin corrupción ni violencia, como lo quiere quien es el presidente de los mexicanos todos. Ni más, pero tampoco menos. Y eso es un gran dilema.

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