Por Israel
Si el significado de luchar contra el capitalismo se traduce en la práctica en hacer todo lo más posible para acabar con éste, resistir sus embates puede representar que nuestra situación desfavorable sólo dé para esto. Pero también puede ser querer dar gato por libre. Intentar generar la idea de que nuestra resistencia adquiere una connotación que no tiene, representa una trampa que el mismo capitalismo tiende a cualquiera que detecta con alguna inquietud, sino de hacer la llamada revolución, al menos de tener un poco de rebeldía.
El llamado sentido práctico de lo que se hace ha empobrecido el quehacer de luchar, porque cualquier cosa que se haga es considerada como se suele decir parte de una lucha. Aunque luchar y hacer cosas como luego se dice por una causa, no son lo mismo. Uno puede dar albergue, comida y apoyar la realización de una caravana de resistencia, tan sólo porque sea una costumbre no biliar el techo, el pan y la sal (como dice la biblia), sin que por ello se tenga consciencia de lo que se está haciendo.
La solidaridad en este caso que puede estar demostrada en cobijar una marcha, como quehacer es distinta si lo que la anima es la caridad o el estar convencidos que lo realizado se encuentra en el camino de buscar acabar con el capitalismo. Y como no hay manera de saber si lo que anima a equis o ye comunidad, familia o persona para efectuar tal hecho solidario, lo que encontramos por lo común en los grandes pensadores que se jactan del análisis en vivo y a todo color, es de inmediato aplaudir las pequeñas cosas que hace el llamado pueblo.
Lo que llamamos vida que es un día presente, luego otro y así mientras respiremos, con la huella de los que ya fueron (los días y las personas), no se vive igual si estamos inmersos en un sistema de valores y creencias (como dicen los psicólogos) imbuidos por el capitalismo, que si lo que nos anima son principios opuestos al famoso individualismo que es el alma del capitalismo. Entonces, si la caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba (dijo Eduardo Galeano), cobijar una marcha no puede estar animada por esa.
No hay certeza de solidaridad aquí. Y por eso aplaudir de inmediato cualquier gesto de una persona, una familia o una comunidad, sin avizorar de verdad el significado de lo que se hace, convierte la unión de teoría y práctica (la famosísima praxis) en simples cosas que se hacen y que, por nuestro sentimentalismo, de inmediato le ponemos un mote que la convierte en bulo, generando confusión. Aunque nos queramos bañar en las aguas inmaculadas de la revolución desatada abajo y a la izquierda, nuestras ingenuas confusiones muestran otra cosa.
De buenas intenciones están empedrados los caminos al matadero, o al infierno, si somos persignados, y el logro del capitalismo de imbuir sus intereses en las almas de los muertos de hambre como si fueran los intereses de ellos, cobra formas que por no irse a la raíz de lo que el ser humano es escalda nuestras entrañas por sentirnos culpables de esta debacle. O tal vez sí lo somos, por no prever lo que se nos venía encima desde hacía tiempo y aventurarnos un día como héroes rambonianos a luchar por la revolución, con rebeldía de nuevo mundo.
Para no exagerar y que se nos caigan los calzones de la emoción, hay que tomar en cuenta que no hay manera de medir que lo que anima una práctica sea algo genuino y no termine por convertirse hasta en actos traidores. Toda la historia de las luchas de los muertos de hambre está plagada de embusteros, mequetrefes, mitoteros, falsos redentores, traidores, policías, provocadores, piratas y un sinfín de saboteadores, convenencieros, arribistas, trepadores, oportunistas, e-te-ce.
Quien rasque un poquito en el inmaculado imaginario que nos otorgan los libros sobre los grandes hechos que nos dieron patria, hallará mierda individualista, miseria humana y rebosante calaña de gente con entrañas podridas, que hasta logran obtener una imagen a cuestas contraria a lo que son. Y no necesitamos irnos mucho tiempo tan atrás, pues eso lo podemos colegir con un poco de curiosidad si nos preguntamos lo que anima a tal o cual gente para realizar esto o aquello. Esto, en el tiempo de hoy.
Mucho de la patraña a la que nos acostumbra la vida en el capitalismo se refleja (aunque sea de manera involuntaria y por eso es más de cuidado) en no tener la precaución de buscar el modo de analizar todo lo más posible, el significado de la llamada práctica. Considerar que cualquier cosa que se haga es parte de una lucha por una causa, de entrada le pone un velo de creencia a lo que se hace, como si por el sólo hecho de hacer algo y que este algo provenga de equis o ye luchador de una causa, le diera el grado máximo de infalibilidad.
Así se considera en la actualidad a la acción que proviene de indígenas, mujeres, feministas, comunidad ele-ge-be-te y sus adláteres, o que la realicen colectivos o familiares buscadores de desaparecidos, defensores de derechos humanos y toda esa diversidad de identidades con que el capitalismo ha fragmentado la lucha para dispersarla, constituyen el nuevo sujeto de la transformación (sea ésta lo que sea que signifique). Lo mismo sucedía antes, cuando cualquier acción por provenir de los obreros, era tomada como sacrosanta.
Y esta falta siquiera de inquietud por hurgar en algo más que sólo la superficie, que la misma vida en el capitalismo nos otorga para llenarnos el ojo de tanta apariencia, se encuentra en el sujeto que nutre las nuevas luchas que por atrofiadas e incompletas el propio capitalismo nos alimenta, con la felicidad que nos otorga el conformismo de la digna resistencia. Que no se vaya a la raíz de todos los males que padece la humanidad a base de la existencia de la propiedad privada capitalista, llena de satisfacción a los dueños de la sociedad en que vivimos.
Si los muertos de hambre le prenden velas a nuestros intelectuales para que les iluminen el cacumen vacío por nomás resolver sus necesidades diarias, seguirán hundidos en la noche de los muertos-vivos. Porque la inutilidad a falta siquiera de curiosidad está enseñoreada en las mentes de ellos. Que sólo el pueblo puede salvar al pueblo, suena bonito, pero nomás patentiza la orfandad intelectual que puebla por todos lados. Mientras los capitalistas hacen su festín de acabar con toda dignidad habida en el ser que somos como humanos.

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