Por Israel
Efímeras y vanas son nuestras propias presunciones por querer que un día el capitalismo se acabe. Con tanta miseria que han alimentado al llamado pueblo mexicano para que acepte refritos de petulantes trasnochados, cómicos de pacotilla tenidos de políticos y personas de bien que se presentan como sus salvadores, mientras se siga tragando la misma basura que por todos lados se ofrece como noticias, información, entretenimiento y demás propaganda ideológica para mantenernos embrutecidos, seguiremos como hasta el presente.
Y no se trata de la cantaleta de repetir hasta el cansancio que sólo el pueblo puede salvar al pueblo y consignas de este tipo, que de ser necesarias nunca llegan a constituir algo más que parte de un discurso vomitado, repetitivo, desgastado. Tampoco la desesperación propia de las almitas enclenques que quisieran que ya, en estos momentos y no a futuro, el capitalismo pudiera ser tirado al caño profundo por el que se va la mierda en las ciudades.
Si todo fuera como decir ¡hágase la luz! para que aparezca algún trabajador de la CFE a conectar el medidor, haciendo que la electricidad llegue así a nuestro domicilio, transformar la realidad sería un mero trámite de ventanilla o realizado mediante alguna aplicación digital. Pero nuestras palabras efímeras que en nada se parecen a los problemas que tiene hoy la propia CFE, ni lo son tanto ni es la primera vez que se dicen en la historia.
Somos la repetición hasta el cansancio de la misma cantaleta que los muertos de hambre se dicen para sí, para los suyos y para los que están de su lado, en un mundo dividido en clases sociales, donde el más tonto no es el más noble, sino aquél que en la cuesta larga llamada vida aprovecha las oportunidades para trepar lo más alto que puede, esperanzado en hallar en la cumbre de ese espíritu mediocre la forma más excelsa de la felicidad.
Toda la realización del ser humano en un mundo capitalista como el actual está basado en lo que el mercado monopólico de las trasnacionales establece, para que el humano deje de ser el ser que supone ser, y actúe bajo el idiotismo propio de una concepción reaccionaria de la vida sustentada en el cruel y despiadado individualismo. Así, las figuras más edulcoradas de esto están no en los programas, series y películas, sino en la manera como nos hacen pensar que la lucha individual, la resistencia de cada quien, es lo más atractivo y única esperanza.
Si la lucha de los pueblos está fragmentada e individualizada para desmovilizar su alcance, no es esto un logro de luchar contra el capitalismo. Antes bien, es el resultado de todo el retroceso a que el capitalismo ha obligado a los pueblos de todas partes (sobre todo, a los trabajadores) luego de haber derrotado (si puede decirse así, aunque sea de manera temporal) a la lucha por el socialismo.
Se dirá que esto es anacrónico, trasnochado y tantas otras maneras de descalificar que tienen los renegados y chaqueteros (porque de los reaccionarios de por vida nada distinto se puede esperar), a fin de no aceptar que porque ellos tiraron la toalla, la necesaria lucha por acabar con el capitalismo se haya terminado. Y en razón del ser, la decisión o convicción de que algo distinto al capitalismo puede crearse, no se reduce a mera necesidad, o el empecinamiento desquiciado porque el socialismo un día llegue a nuestros corazoncitos.
La necesidad es convencimiento para todo aquél que llega a la conclusión de que todo lo que se padece en el mundo es a causa (en última instancia) de la existencia del capitalismo. Pero esto no llega de golpe y porrazo a poseer su cacumen, porque a pesar de tener condiciones materiales de explotación capitalista o que ande en la pobreza, gran cantidad de muertos de hambre viven soñando dejar de ser lo que son. Y esta aspiración es parte del idiotismo con que los capitalistas le alimentan las entrañas por todos lados.
Y entonces lo indefectible que es acabar con el capitalismo, antes que éste termine con el propio ser humano, ya sucede, pese a todo, de muchas maneras y en varios lugares, porque se llega a la conclusión de que lo único que puede garantizar la realización del ser humano es que el ser no esté regido por el capitalismo ni por su dinámica. Se dice así de manera sucinta pero en los hechos sucede mediante múltiples modos que en su vertiente de praxis adquiere formas diversas, pues hay que emplear todas las formas de lucha posible.
Desde luego, así como se dice se trata de un proceso en que los muertos de hambre (sobre todo los trabajadores) dejan de ser comemierda, dejan de tener sus sueños guajiros de ascenso y querer saltar la cerca que los hace tener unida su vida a vender su capacidad de trabajo para poder tragar del diario. Esa cerca no es como la puerta negra de una canción conocida. Esa cerca es en última instancia la diferencia que hay entre poseer o no las condiciones materiales y sociales para ser capitalista.
Y aquí entra en juego que la convicción hace una necesidad lo que no deja de ser la latencia de lo que puede ocurrir. Porque entre seguir siendo y dejar de ser comemierda no es algo que se pueda medir o registrar más que por la unión de entre lo que se dice y lo que se hace. Y esta praxis no sigue una única pendiente. Como diría cierto héroe de película infantil: el destino obra de forma misteriosa.
Pero por más casuísticos que quisiéramos estar para decir si tal o cual camino es o no útil para acabar con el capitalismo, las circunstancias en las pesimistas realidades nos dicen que se debe analizar todo lo más posible de lo que se debe, lo que se puede hacer, que coincidentes o no eso es parte de la poesía a realizar por el que lucha en las condiciones que se encuentre. En este sentido el griterío que se debe armar ahora y por siempre hasta que se logre acabar con el capitalismo, y aún después de esto, debe insistir en lo mismo dicho.
Y esto, donde el señor presidente de México podría decir: el político se debe repetir pero el escritor no, depende de lo que se esté buscando, porque se lucha con la palabra y se educa con el ejemplo, y el que escribe si separa la palabra de lo que es el ser que busca realizarse, vuelve estéril al mismo discurso. La imagen que solemos tener de sí, de lo que pensamos que es uno, llega a convertirse en la trampa que nos asalta cuando tratamos de evitar lo ineluctable, andando el camino corto.






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