Por Israel
Tres elementos están presentes cuando menos en las circunstancias políticas actuales de la burguesía reaccionaria: legitimar su pretensión de “triunfo” (a través de elecciones o mediante un golpe de estado), allegarse el apoyo del imperialismo (sobre todo el gringo) y crear a la par una opción que enganche a los crédulos (sobre todo la pequeña burguesía timorata y mediocre). Bajo estos se organiza y trata de presentar un frente único.
Llegar a un golpe de estado en México y la disyuntiva entre profundizar o no la 4T dependiendo de equis candidato, son coyunturas que nuestros intelectuales de pacotilla analizan (según) sin hacer caso de lo que hará el llamado pueblo. De una forma abierta o sutil se da por sentado que su reacción es de fácil manejo o al menos con una campaña de morbo y espantando con el petate del muerto, como se realiza hoy por la oposición de derecha, la plebe aceptará sin más que le digan qué hacer.
Y como las reformas que ha realizado el llamado gobierno de la 4T no incluyeron cambios de raíz que sólo darle una readecuación al capitalismo, por sí mismas el alcance de tales medidas ha quedado lejos en más de un caso de lo esperado por los muertos de hambre. Pero esperar que las cosas cambien para los trabajadores porque cambió quien gobierna, sólo que se trate de alguien que reivindicara acabar el capitalismo, e incluso así no es seguro que se lograse algo de esto dado que las transformaciones no dependen de una sola persona.
De mientras, se han producido cambios en distintos aspectos que, sin ir contra el capitalismo, permiten cuando menos mayor libertad de acción política de los trabajadores (al menos en sus organizaciones sindicales), aunque esto no rebasa el marco de la buena voluntad de dejar hacer a cada gremio su vida cotidiana eligiendo a sus dirigentes. Esto que no es poco, se encuentra supeditado a décadas de desmovilización, corporativismo y falta de consciencia en sectores enteros de los trabajadores.
Y como en el pasado el actual gobierno de la 4T presume que no ha habido huelgas y que las que se han llevado a cabo encuentran sino un apoyo cuando menos un no sabotaje (según) de parte del gobierno. Es claro que celebrar la abulia o la falta de consciencia entre los trabajadores, que ya no consideran la lucha cuando menos económica impulsada por medio de la huelga, da cuenta de la concepción del reformismo imperante en la 4T.
Si a lo anterior se agrega la inutilidad de las autoridades laborales que han servido de tapadera (por omisión o a propósito) para que no pocos viejos charros reciclaran sus cuadros aparentando libertad sindical, perpetuando su permanencia en sindicatos de todos los tamaños y en distintas industrias. Los emblemáticos casos del charrismo en el magisterio, Pemex, CFE y tantos más en los que han mutado de máscara, incluso apoyando las medidas del actual gobierno, dan cuenta de cuán lejos está el camino de una revolución socialista.
Y no se trata de hacer un llamado a levantarse en armas, irse a la guerrilla, o buscar de cierta manera ese radicalismo propio de los desesperados (por lo común la pequeña burguesía intelectualizada que se desquicia) que desniegan la coincidencia indispensable entre lo subjetivo y lo objetivo, a la hora de tomar tal o cual acción de organización política. Lo que para una comunidad rural ha representado el medio de organizarse a través de una seguridad comunitaria, es lo máximo a que han llegado, frente a su realidad objetiva.
El reformismo imperante en la 4T pese a todo ha dado muchas más facilidades para que diversos sectores y clases sociales se organicen en territorios, colonias y comunidades, bajo su propia dinámica específica. El asunto aquí es que por más buena voluntad que exista en dicho gobierno, los intereses de la burguesía rancheril, local, regional que opera en distintos lugares y a distintos niveles, muchas veces están enlazados con negocios de trasnacionales y en sectores económicos que han cobrado importancia vital en la reproducción del capitalismo.
El agua, los recursos de la naturaleza en general, se han convertido en las mercancías más deseables al aumentar en demasía la composición orgánica del capital en el sector de medios de consumo, y no en menor medida la de la producción de medios de producción. La fabricación de alimentos se ha convertido en una industria monopólica a escala mundial y la producción de distintos implementos unidos a las llamadas revoluciones tecnológicas de fines del siglo 20 y el 21, han hecho de la minería una actividad más codiciable que antaño.
De aquí lo que los teóricos de postín de universidades extranjeras (porque los rascuaches de México ni para eso les da el cacumen) llaman acumulación por despojo y demás maneras pretenciosas para hablar de lo que el capitalismo de por sí es. Como si por primera vez el capitalismo despojara para poseer, acumular y reproducirse. La esclavitud en que se basó el esplendor de las potencias imperialistas (Gran Bretaña, Holanda, Francia) por decir un ejemplo, no parecen estar en el origen de lo que conocemos como capitalismo.
Y aunque las formas de acumulación de capital se han modificado la inmanencia de su ser no ha tenido cambios. La violencia como arma empleada se ha agravado en el capitalismo actual, por eso al carecer de límites la reproducción capitalista las formas de vida actuales están en peligro de extinción. No existe contrapeso alguno al capitalismo, de ahí el desenfreno en su reproducción, y ese era con todo lo que se diga en contra uno de los papeles que cumplía la existencia de países socialistas.
Todo se remite al capitalismo y esto que parece verdad de Perogrullo como se suele decir se hace a un lado con mucha frecuencia, y en no pocas a veces a propósito para descalificar a cualquiera que refiera este planteamiento, porque es dogmatismo, cuadratura o se es (como se dice propio de vulgaris) transnochados de los ochentas.
La estupidez no es privilegio de los llamados científicos y a cuenta de la ideología reaccionaria basada en el individualismo con mucha más frecuencia la estupidez se presume como algo que fuera inmanente al ser humano. Y qué otra cosa más estúpida que esperar de la propia burguesía o de los hombres de buena voluntad por muy honestos que sean, alguna migaja de libertad o justicia que no sea conseguida con la lucha de los propios trabajadores.
Por eso nuestros intelectuales mediocres (o comemierda, según dicho cubano, bien dicho) no atinan más que a dar palos de ciego como si la realidad fuera una piñata en época de celebración cristiana. Medio creen que saben algo, medio creen que no lo saben. Y el mundo sigue su marcha con el capitalismo que nos acabará antes de que resuelvan su llamado dilema existencial, porque no atinan a estar del lado de los muertos de hambre o a favor de quienes les pueden comprar la mucha o poca dignidad que les queda. Digo, si algo les queda.






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