Por Israel
Una de las ideas que el “heroísmo ramboniano” (por la película de ese héroe gringo) fomenta en “las mentes débiles” de los “comprometidos con una lucha” (entiéndase bien: “anticapitalista”) es la trascendencia de “los grandes acontecimientos” a que están llamados, quién sabe por quién. De las pequeñas y grandes miserias a que nos han acostumbrado con la “narrativa histórica” de los “males nacionales”, el conformismo de autoflagelarnos sobresale en demasía.
Apenas ayer carecíamos cada mañana de una “nueva voz” que nos recordara que “un pueblo sin memoria histórica” está más propenso a repetir sus errores. Y nos lo repite un día sí y otro también para “desgracia de los desmemoriados”. Pero “nada malo” hay en querer olvidar hechos que son tragedia si sólo se tratara de “algo personal”. Sin embargo, “nuestra historia” está constituida de “pequeños y grandes acontecimientos” por desgracia.
Así que lo mejor es considerar que eso que llamamos “personal” se reduce a la circunstancia en que a cada uno “le impactan” los “hechos habidos en la sociedad”. O tal vez no deba ser así, y lo que “cada uno” lleva a cabo en su vida diaria es de “dimensiones colosales” (diría un ex “trasnochado de los ochentas”) al menos en lo que a uno le corresponde, que nos sentimos con el derecho de anteponerlo por encima de todo y de todos. El individualismo en todo esto es la vulgaridad de hacer del “individuo” carne y sangre del “cuerpo social”.
La “cultura ramboniana” (para denominarla de algún modo) nada tiene que ver con la lucha guerrillera en México y “la tradición” que ha sido recogida en libros de las experiencias tenidas por distintos pueblos. Si lo más “emblemático” al respecto (y lo más comercial, agregaríamos para no dejar de indicar “la metida de cuchara” que en esto hace el imperialismo) es “la figura del Ché” (al menos para los “pueblos latinoamericanos”) no se debe a constituir “un héroe de pacotilla”.
Lo que acontece en “el conjunto de la sociedad” es más complejo en la realidad de lo que esta expresión intenta colegir. Y hay “de parámetros a parámetros” cuando intentamos “meter a fuerza” la cochina realidad en el “mundo inmaculado” de una aprehensión conceptual, porque todos los “asegunes” que se pueden objetar en el concepto sólo se quedan ahí, como meras abstracciones. Los hechos reales siguen sin detener su curso. Quizá sólo los llamados “personales” estén supeditados a nuestra voluntad. Pero no es seguro siempre esto.
La lucha contra el capitalismo se da en todos los frentes, lugares, momentos y circunstancias posibles. Y aunque el individualismo expresado en esa “cultura ramboniana” intenta demostrarnos que “el individuo” por sí solo (y sólo él) puede hacer “grandes acontecimientos”, nos damos de topes ante la realidad que nos niega “ese derecho” que nos inculcaron por todos lados. El sentirnos indispensables, insustituibles, imprescindibles para “los grandes acontecimientos” es parte de esa “dinámica cultural” que mamamos desde la infancia.
Mientras más amaestrados nos tiene el capitalismo con sus “culturas rambonianas” más enajenados vivimos en “el mundo de la pseudo-concreción”, como le llamara “un filósofo de banqueta europea” acorde con lo que su ser “transnochado de los ochentas” le dictaba. Y aunque “el encantamiento” de vivir de este modo implica, no existe una varita mágica o alguna pócima que nos haga salir del atolladero, distinta de las propias convicciones que uno tenga y decida tener.
La encarnación de Rambo que en la actualidad se conoce en cada marcha donde surgen “los héroes de la acción directa” (o sean heroínas, por aquello de la “diversid@d políticamente correcta”), es la misma que en décadas atrás un “trasnochado de los ochentas” conoció con “jóvenes llenos de rabia” y “amantes de la acción directa” que al final terminaron incrustados en las filas del PRI, como “funcionarios de gobierno” o poniendo precio a su conciencia. Como si el “espíritu de ser joven” mutara con los años, o envejeciera debido “a la cordura”.
En este sentido, también hubo profesores universitarios “de izquierda” (los hay todavía, sólo que ahora abunda los mercenarios “de derecha” en las universidades públicas) que nos advertían de “los peligros de la juventud” al ser “tan radicales”. Nomás por querer ir a la raíz ultima en todo lo que al ser humano se refiere. Y luego está, cuando “siendo jóvenes”, se hacen tonterías porque “no nos cae el veinte”.
Pero siguiendo con la lucha contra el capitalismo, ésta no se hace con gente a la que “de golpe y porrazo” se le cambia “el chip” del individualismo con el que somos alimentados desde que nacemos (incluso desde antes, porque el “ser social” es un proceso que se construye sin interrupción al ser la condición o latencia para que la especie humana lo sea en su peculiaridad social). Por lo que cualquier cosa que se haga para “cambiarnos el chip” impuesto, al único que beneficia es “a uno mismo”.
Y es que el capitalismo vive en cada uno. Como régimen de producción social se aloja en la explotación del trabajo ajeno apoderándose de las mercancías creadas por otros. Y aunque en la formalidad impuesta la propiedad capitalista siempre tiene nombre y apellido, el atribuirle cualidades a los objetos por su uso (fetichismo) se genera la confusión de considerar a la “sociedad anónima” sin un capitalista que personifique ser el dueño.
Por estos “asegunes” la aprehensión conceptual del mundo real y concreto nos puede llevar por los laberintos de hacernos chaquetas mentales, pensando que mientras más “pulcro e inmaculado” es nuestro concepto, “más científico” es, cuando “la coincidencia” entre lo subjetivo del conocer y lo objetivo que se conoce no está encerrada en un laboratorio, en un salón de clases, o en “la mente más brillante” por coruscante sea su resplandor.
“El conjunto de la sociedad” se nos hace engrudo en las manos cuando queremos aprehender “su esencia” anteponiéndonos desde el inicio. Lo mismo que sobreestimar (o subestimar) lo que es uno para intentar situarlo antes, en lugar y luego de lo objetivo que se conoce, así sucede al luchar contra el capitalismo si buscamos llevar a cabo esto partiendo de sentirnos indispensables.
A menos que nos sintamos una encarnación de Rambo del siglo 21. Pero no sólo es método lo que está en juego, si no la concepción misma que del “ser que somos” y cómo pisamos la Tierra. Una visión resplandeciente o una opaca parecen estar negadas en el horizonte inmediato, ante la “orfandad” que puebla “la inteligencia de los intelectuales”.






Deja un comentario