Luchar contra la oligarquía que generó “un régimen de corrupción y saqueo durante el periodo neoliberal”, es la reivindicación práctica del actual presidente de la república. Esto no se contrapone con luchar por acabar con el capitalismo. No son la misma lucha, pero tampoco se contradicen y, de acuerdo con la historia y las circunstancias actuales de México, la lucha contra la oligarquía sirve para crear un “gobierno nacionalista”.

El “nacionalismo” del capitalismo que se conoce en México está representado por la defensa de la soberanía, la autodeterminación y la independencia política del país respecto de cualquier gobierno extranjero. Esto sirvió para generar lo que se conoce como patria (que es identidad) delimitada por lo que es el mercado interno capitalista. “De lo mejor de esta tradición” es de lo que se nutre el discurso que cada mañana se expone como pedagogía en las conferencias presidenciales.

Pero son contextos distintos el “nacionalismo” que ha tenido eso que llamamos México desde el siglo 19 hasta hoy. Porque la identidad (la patria) que en cada momento de esos siglos se reivindicó contra “enemigos” distintos modificó en sustancia su significado. Es distinto tenerla como bandera contra la invasión de un ejército de otro país o la expropiación de recursos como el petróleo o la electricidad poseídos por manos de extranjeros, que para enfrentar a un régimen de gobierno entreguista a intereses extranjeros.

Tener a la patria de baluarte para construir el “mercado nacional” (capitalista), o tenerla como bandera para decidir por sí mismo el destino “de todo un pueblo”, dan significados distintos (no a fuerza contrapuestos) a lo que identifica a “la población” y las clases sociales involucradas.

La patria del pobre, la del muerto de hambre no es igual a la de la oligarquía en México al tener identidades distintas por los intereses contrarios. Otra cosa es que muchas veces la misma plebe jodida termina defendiendo una patria que no le pertenece, la que representa los intereses que la dominan. Así como los no pocos casos en que gente de la oligarquía o los capitalistas terminan defendiendo la patria que no es suya, la del muerto de hambre, que la abrazan como propia.

En modo paradójico, la patria por ser identidad puede servir para representar elementos y condiciones contrarios, pero que la coyuntura “hermanan” en una coincidencia que puede abrir distintos horizontes. En el momento actual “la lucha contra la oligarquía” puede representar una recomposición del capitalismo si sólo se queda atada a lo que éste le permite, o puede abrir una puerta no conocida en el llamado México.

Es una necesidad, tan sólo por puro dolor de indignación al ver gente sumergida por generaciones en la pobreza, que la reivindicación de una patria distinta a la de la oligarquía incluya levantar el nivel de vida de la población. El hecho de comer todos los días, y no se diga hacerlo dos o tres veces al día, es casi un privilegio para una buena parte de la población que escapa a las posibilidades de adquirir lo mínimo indispensable. Pero el uso actual del dinero para toda transacción económica es una valla infranqueable para mucha gente.

Reivindicar una patria hondeando en lo ecléctico (perdónese la expresión) es la manera en que la actual 4T intenta hacer “justicia”. Y “el ser libre” sólo alcanza para el llamado liberalismo propio de la clase burguesa construida en medio de una tormenta violenta que inicia en la “revolución de independencia”, y luego se consuma en la llamada “revolución mexicana”. El llamado “humanismo mexicano” es a lo que más puede estirarse el compromiso del “gobierno actual” en México por su “espíritu reformista”.

Pero el fuego, la voluntad, la toma de partido por el amor a la vida, a cualquiera de sus formas, es base indispensable para el que busca poner dentro de un féretro al capitalismo. Éste es y representa la muerte misma de todo lo que se oponga a la realización de los capitales que los constituyen, la obtención de sus ganancias (si son máximas mejor) y la aniquilación de la humanidad toda, por absurdo que sea, si es el caso. Aunque sin trabajo humano el capital es imposible que esté presente en el mundo.

La reiteración de reivindicar luchar contra la oligarquía y “el régimen corrupto que creo en la época neoliberal” es un ejemplo que por sí mismo debería ser considerado como baluarte. El contenido que le demos será distinto si miramos más allá del puro horizonte del “espíritu de reformismo” que alberga en la 4T. El sólo quitar las “aristas filosas” al capitalismo actual, porque “no todo el que tiene es malo ni lo ha hecho con tranzas”, le da un respiro de recomposición económica y hasta moral (de legitimidad en términos políticos), sin tocar su raíz.

Apelar a que la misma oligarquía acepte por las buenas o en paz que le han cortado las principales vías para “el saqueo creado por su régimen de corrupción”, es un camino peligroso. Quien preside el gobierno nacional lo sabe y por eso no se ha atrevido a radicalizar medidas necesarias para recuperar los “bienes nacionales” que privatizó la oligarquía. A lo mucho, ha buscado en el marco existente de leyes blindar aspectos que “no alcanzaron a robarse”.

Y aunque la aceptación de este “espíritu de reformismo” en “la población” es alta, eso puede representar posponer la posibilidadde acabar de raíz con el capitalismo, al generar conformismo porque “ya se acabaron todos los males”. Pero el “radicalismo a ultranza” puede servir a la oligarquía al convertirse en mera provocación, un pretexto para generar un golpe de Estado, aunque sean “bien intencionados” los “radicales”.

La fuerza del ejemplo tenido en las luchas por acabar con el capitalismo (como el de las guerrillas habidas) sobrepasa la guerra económica, política e ideológica desatada por la oligarquía para preservar sus “mecanismos de saqueo”. Pero esto no quiere decir voltearle la espalda a esta guerra como si se tratara de esperar a que “la revolución proletaria” nos caiga un día del cielo.

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