Por Juan Carlos Domínguez
Para comenzar a hablar del tema económico en México, necesariamente debemos comenzar desde una realidad concreta, particular y determinada y al mismo tiempo, muy general, abstracta e indeterminada, el sistema capitalista como modo de producción dominante en la formación económico social mundial. El modo de producción dominante es el capitalismo que, en su constante acumulación y concentración de capital genera tres problemas comunes mundiales, la brutal desigualdad imperante en la distribución del ingreso, la pobreza que no cede en amplios territorios del planeta y una crisis ambiental sin precedente. Problemas económicos por demás reconocidos por cualquier analista de los fenómenos sociales.
Pobreza, desigualdad y crisis ambiental son los tres grandes problemas económicos de nuestros tiempos, son los problemas más generales, más comunes, más universales, pero no los únicos, debajo de los cuales se manifiestan otros problemas concretos también y menos generales, pero no menos importantes, problemas de migración, carencias de salud y educación, problemas de desempleo e inflación, problemas de falta de productividad, de déficit comercial o público, de violación de los derechos humanos, de género y un largo etcétera.
En este contexto de capitalismo global, de un tiempo a la fecha, en la región de América Latina, empezaron a llegar al poder ejecutivo gobiernos progresistas que, si bien no planteaban cambiar el sistema económico, sí se comprometían a quitarles las aristas más filosas. El caso más antiguo, emblemático y radical fue la llegada de Salvador Allende en Chile en 1970, el primer gobierno de izquierda llegado al poder a través del mecanismo del voto, pero aplastado por el golpe de estado militar ejecutado por Pinochet.
Sin embargo, la victoria electoral de Allende sería la antesala de la llegada al poder ejecutivo en distintos países de América Latina, de una serie de gobiernos con diferente nivel de progresismo, pasando por el gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, seguido de Evo Morales en Bolivia y gobiernosprogresistas aunque menos radicales como la llegada de Lula da Silva en Brasil, Néstor Kirchneren Argentina, Rafael Correa en Ecuador. Gobiernos que no buscaron acabar con el modo de producción capitalista, sino apenas tratar de apoyar con políticas públicas a una inmensa mayoría de la población víctima de las políticas de corte neoliberal que se aplicaron en esos países.
Ese es el contexto actual que, al estar muy sintetizado, poco responde a los grandes y graves problemas concretos que hoy padecen amplias capas de la población. En lo que sigue hay que hacer un esfuerzo por compaginar lo abstracto con lo concreto, lo general con lo particular. No podemos analizar lo concreto y perdernos en lo concreto sin tener claro lo abstracto y viceversa, pues corremos peligro de estar haciendo análisis vacío de contenido y estéril para las grandes transformaciones que necesitamos impulsar desde diferentes frentes.
Lo anterior es importante para analizar México, que es un país con un modo de producción capitalista que, en su desarrollo, está muy por detrás de los países de la OCDE y que mucho lo explica nuestro particular proceso histórico de acumulación y concentración de capital,el sistema político derivado de ello, que ha sido elitista, clasista y sin la legitimidad que da un sistema político verdaderamente democrático.
En México, de 1988 a 2018, se aplicó la política económica neoliberal; en este periodo, se concretaron cambios estructurales en la economía mexicana. Desde 1917 hasta 2022 los artículos constitucionales fueron reformados 763 veces, pero el sesenta y cinco por ciento de esas reformas se hicieron en el periodo neoliberal, para cambiar las reglas del juego con claros beneficios para una minoría y efectos desastrosos para la mayoría de la población.
En el periodo presidencial de Enrique Peña Nieto —que llegó a la presidencia con apoyo a las televisoras y la complacencia del IFE, que nunca vio las carretadas de dinero ilegal en la campaña del PRI en el 2012—, se reformó la constitución 155 veces. En el periodo presidencial de Felipe Calderón Hinojosa, que llegó con el fraude electoral del 2006 y la guerra sucia hacia AMLO, con la complacencia nuevamente del IFE—, se modificó la constitución 110 veces.
La política neoliberal, se llevó a cabo bajo protesta constante de una población mayoritaria e ignorada, una institucionalización impulsada solo por las élites políticas y económicas.La desigualdad y la pobreza actual, que fue provocada por las políticas neoliberales, no cambiarán en el corto plazo, porque es un problema que se ha gestado por décadas y en beneficio de una minoría.
El día de hoy, a cuatro años del gobierno de López Obrador, se han reformado 56 artículos constitucionales que buscan ponerle un freno a las aristas más filosas del neoliberalismo, sin embargo, es aún temprano para que los efectos reales de estos cambios se dejen sentir de manera clara; la pobreza, la desigualdad y la falta de crecimiento continúan haciendo estragos en la sociedad mexicana.
La presente administración ha hecho esfuerzos loables —dentro del marco legal heredado en materia económica— contra la desigualdad y la pobreza, ha aumentado de manera importante el salario mínimo, prohibido el outsourcing en variadas actividades económicas, ha aplicado importantes y cuantiosos recursos a programas sociales, ha logrado prohibir la condonación de impuestos y ha realizado esfuerzos en el rescate de las empresas públicas.
Todo lo anterior se ha logrado con el manejo de unas finanzas públicas sanas, una política de austeridad, el combate a la corrupción en su círculo más cercano —aunque no del todo desaparecido— y con ello, ha logrado un equilibrio estable en las principales variables macroeconómicas y ha logrado sortear los efectos de la crisis económica mundial que se generó por el coronavirus.
Sin embargo, hoy por hoy, pese a los plausibles aumentos sustanciales del salario mínimo, este salario sigue estando por debajo del de los países de la OCDE y sigue siendo de los más bajos del mundo. El mercado laboral continúa estructurado como lo dejó el neoliberalismo, con una población ocupada de más del 50 por ciento en la informalidad. La remuneración total de los salarios se ha mantenido entre el 26 y el 27 por ciento del PIB (cuando en la década de los setenta se encontraba cerca del 40 por ciento).
La política económica que ha implementado López Obrador está lejos de ser radicalmente diferente al neoliberalismo, porque su lucha la ha decidido enfrentar por causas legales, que llevan más tiempo de procesar. Pero ha sido suficientemente diferente para ganarse el repudio de las élites económicas y políticas que no están dispuestos a ceder un ápice a sus intereses económicos y no toleran que se ponga un freno a la política neoliberal del cual ellos los principales beneficiarios.






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