
Escrito por: “Palestino”
De la invasión rápida para secuestrar al presidente de Venezuela y la primera combatiente por el gobierno gringo, a la agresión militar que los gringos y el sionismo fascista de Israel llevan a cabo contra Irán, las otras potencias que se supone no están de acuerdo con estos llamados conflictos, a lo más que han hecho es expresar “notas diplomáticas” y así, para no mostrarse tan tímidos. En realidad, están esperando llegar al “campo de acción” cuando lo decidan, si es el caso. En mientras, la gente (los muertos de hambre en primer lugar) cargan con las consecuencias de lo ocurrido.
Ya el exterminio de palestinos es del cinismo puro con que actúan el sionismo fascista y su meretriz de la Casa Blanca, ante lo cual ni los esperpentos de la llamada comunidad internacional (ONU, Corte Internacional de Justicia, etcétera) realizan algún acto efectivo, como no sea convalidar con su irrelevante presencia la futilidad del tiempo en que sirvieron de tapadera de similares actos al menos en lo que va del siglo 21 (casos de Afganistan 2001, Irak 2003, Líbano 2006, Libia 2011, Siria 2011, Yemen 2014, y así).
En el caso de Cuba, es notorio para cualquiera con un poco de cacumen que la situación es de otro calibre. Por ser un pueblo que se mantiene con la firmeza de tomar su propio camino sin supeditarse a alguna potencia, los cubanos de la Isla (porque hay cubanos que ya no están en Cuba, muchos de los cuales son llamados come mierdas) están aguantando que los gringos busquen ahora apretarles más, donde más les puede doler, a ver si así logran doblegarlos.
Para satisfacer las necesidades más básicas de vivir hoy los energéticos resultan indispensables. De hecho, toda la industria habida está basada en su gran mayoría en el consumo de los energéticos llamados no renovables (petróleo y derivados de éste en primer lugar), de los cuales un país como Cuba, al carecer de los suficientes para solventar el funcionamiento de la gran mayoría de las actividades que requieren energía eléctrica generada por el consumo productivo de esos, los debe adquirir en el comercio externo.
El problema aquí es que la mayoría de empresas que se dedican a la producción y comercio de esos energéticos tienen relación y/o son de matriz gringa y, sin que les importe humanismo de ningún tipo (aunque ahora son altruistas los dueños de trasnacionales), como no sea salvo guardar para su humanidad las ganancias obtenidas que acrecienta el capital de los monopolios trasnacionales en sus manos, hacen política a base de su poder donde quieren, con quien quieren e imponiendo las condiciones. Ese es el privilegio de ser dueño o tener en sus manos un monopolio trasnacional.
Cuba nunca ha tenido mucho para donde hacerse. Cuando existían países socialistas en Europa Oriental, al menos podía apoyarse Cuba con ellos. Y no sólo este pueblo, muchos otros pueden dar testimonio de las múltiples formas con que los países socialistas se solidarizaban con luchas y procesos de transformación en diferentes lugares de la Tierra. Y así como también hacían chingaderas, por confundir la solidaridad con el agandalle, que cobraba al que se le apoyaba, el apoyo recibido. Pero eso ya no existe, al menos en la dimensión que en la segunda mitad del siglo 20 se conoció.
Entonces, pueblos como el cubano deben idearse cómo resolver sus necesidades de todas las formas imaginables y no imaginables todavía, pero posibles de imaginar, a fin de buscar no depender de lo que hagan o puedan hacer otros pueblos. Solos, lo han podido hacer por más de 60 años de bloqueo de los gringos. Acompañados en distintos momentos y para diferentes propósitos han logrado sostenerse. En la actualidad y frente a la vorágine desatacada sin freno por el imperialismo gringo en decadencia, los cubanos continúan tercos pese a la molestia que esto puede provocar.
Diferente es con los pueblos venezolano e iraní, porque en sus territorios hay mucho de esas fuentes de energéticos codiciados por los monopolios trasnacionales de origen o relacionados con intereses gringos, pero no sólo de ellos. Aunque el lugar estratégico que cada uno de estos últimos les otorga un lugar o papel distinto para cada sitio de la Tierra, la acción militar del gobierno gringo y sus aliados militares o diplomáticos, busca desde luego impedir que otros intereses de monopolios que no pueden controlar, tengan acceso a tales energéticos (y en general, a poseer recursos necesarios para diversas ramas industriales controladas por los capitales monopolistas).
El sueño de la libre concurrencia hoy es más claro que se reduce a una mera quimera con la cual a más de un tonto llevaron a creer que en el capitalismo monopólico, base del colonialismo impulsado por el imperialismo actual, cualquiera puede acceder al mercado, o puede ejercer la llamada libre empresa sin tener que recurrir a supeditar el funcionamiento de su economía a las condiciones sociales impuestas por los monopolios, no sólo para el valor generado y su distribución, sino para los ritmos y tiempos de rotación de los capitales participantes en esos mercados.
Esa quimera con que el capitalismo se vendió por sus dueños, que erigieron sus capitales a base de explotar niños y mujeres, robar tierras y recursos, proscribiendo la vagancia para forzar al campesino o siervo sin suelo para labrar en un proletario moderno, es uno de los elementos esenciales con que el imperialismo decadente de los gringos añora seguir en el papel tenido. Los monopolios que antes lo tenían como imagen de su honrada patria, tienen hoy en los gringos sólo a sus mercenarios para conquistar lo que necesitan en muchos lugares de la Tierra.
De igual manera que los monopolios mercantes en Europa sirvieron y se sirvieron para acumular capital con el cual edificar la honorable sociedad capitalista, hoy los monopolios con mayor escala para acumular pelean contra el que no sea su aliado, para poseer mercados y fuentes de materias primas, desatar guerras por acrecentar el robo de esos recursos, pero sobre todo, para exterminar parte de la población sobrante: gente paupérrima, que vive y ha vivido por fuera de la inclusión de su fuerza de trabajo para explotarla como parte de la acumulación de capital.
Por lo mismo, es que la guerra contra los llamados pueblos originarios como la nombra la decencia que dice estar del lado de los muertos de hambre, en realidad son acciones legales, políticas, de represión, persecución y desaparición, incluso de exterminio, con violencia armada si es el caso, sea empleando a gobiernos nacionales o locales, o a empresarios de distintos ramos (construcción, minería, comercio de drogas y gente, etc) y sus grupos de sicarios. Se trata de una estrategia de violencia llevada a cabo por los monopolios trasnacionales, que en no pocos casos se aplica mediante las armas.
Porque a la gente de esos pueblos no la puede integrar el capitalismo para explotarla como obrero. Si acaso de modo temporal como peón o jornalero agrícola de cultivo agropecuario, o como en el caso del municipio de San Quintín (en Baja California), creado a propósito para servir como acasillamiento de la peonada y sus familias, ligadas a las haciendas modernas de cultivos para exportar.
Ellos (la gente de los llamados pueblos originarios) poseen y habitan las tierras envidiadas por los monopolios. Forman parte de los estorbos para que los dueños de las trasnacionales puedan disponer de los recursos habidos en las tierras que ocupa esa gente. No sólo no los puede integrar de manera permanente el capitalismo (por la propensión cada vez más alta a incrementar el capital fijo en proporción mayor al aumento del capital variable, cuando el ciclo del capital vuelve a repetirse, una y otra vez, como partes del proceso de acumulación capitalista), sino que le estorban.
El capitalismo actual no puede asegurar una “forma de vida” a la gente de esos pueblos, ni tampoco a una gran cantidad de población de las ciudades que viven en las orillas del capitalismo y, en muchos casos, a costa de los que todavía alcanzan a entrar al “mercado laboral” para ser explotados por los capitalistas. El crecimiento de las urbes va de la mano al crecimiento de la población que sobra al capital, de tal modo que sus dueños crean ínsulas urbanas o territoriales donde vivir, así como lugares exclusivos para vacacionar, ir de compras, “acceder a la cultura” y así.
Todas las formas que conocemos de economías y relaciones sociales de producción que escapan a las que se establecen entre capitalistas y el proletariado, se convierte en maneras posibles para que una gran cantidad de población en la Tierra pueda vivir en las orillas del capitalismo, supeditándose a éste o de plano por fuera. El no estar integradas como parte de alguno de los mecanismos de su funcionamiento y desarrollo implica para mucha gente condiciones de pauperismo, extrema pobreza, orfandad, desnutrición, poco o nulo acceso a servicios públicos de todo tipo, degradación económica.
Es mentira que las economías desarrolladas por los empresarios dedicados a negocios ilegales no estén integrados a la dinámica de acumulación de capital. Se ubican dentro de las principales ramas de la economía para impulsar el capitalismo. El llamado lavado de dinero es tan necesario al capitalismo de hoy porque de este modo acelera el proceso de realizar las mercancías de que se trate, garantiza el ciclo del capital y hasta sirve para la llamada financiarización de la economía, indispensable hoy en la gestión de las empresas monopólicas y en los circuitos de distribución, cambio y consumo (es decir, para la circulación del capital y las mercancías) que se han desarrollado.
Que en momentos específicos pesen más circunstancias (digámoslo así) de confrontación política e ideológica, incluso de violencia armada, para doblegar a determinados pueblos y no aparezca de inmediato el fondo económico y material en juego, puede hacernos generar la idea de que alguna de esas circunstancias funciona de forma autónoma e independiente, de lo que en la economía y la vida material está ocurriendo.
El comercio que Venezuela hacía de su petróleo antes de la invasión rápida de los gringos estaba ligado al funcionamiento de los monopolios trasnacionales que llevaban a cabo tales operaciones. Al día de hoy esto no ha cambiado salvo, entre otros aspectos, el uso que se le dará a las ganancias obtenidas de ese comercio. Que no es poca cosa, porque conlleva disponer según quien decida el destino al que se orientarán tales ganancias.
Para el caso de Irán, además del lugar estratégico que tiene y de obstaculizar las acciones seguidas por países como China, Rusia o India con intereses económicos en esa región, el fascismo de los sionistas y el gobierno gringo, buscaron acrecentar las ganancias de las trasnacionales petroleras y gaseras, para palear de alguna manera la situación de la economía gringa (no de la población gringa, sino de los monopolios ligados a las ramas con mayor concentración y centralización de capital, en primer lugar las que fabrican armas y extraen y comercian energéticos petrolíferos).
Al separar a los llamados actores económicos en los negocios de las trasnacionales puede perdérsele la pista a los intereses en juego en casos como los mencionados. Sucede además en realidades como la vivida por los peones agrícolas de San Quintín, porque se enfrentan a cuando menos una trinidad ligada a la figura del capitalista: el dueño de la tierra, la empresa agrícola que los contrata y la trasnacional dueña y comerciante de las cosechas. Complicando la intermediación laboral, esto puede confundir al trabajador que lucha para identificar a quien debe reclamar algo.
Que se permita la llegada de un buque petrolero ruso a Cuba, luego de la prohibición expresa del gobierno gringo para buscar doblegar a los cubanos habitantes de la Isla, es mero rejuego (desde luego, por tratarse de un envío ruso, del amigo de Trump, Putin) porque la cantidad de combustible (como lo reconocen el propio gobierno cubano) sólo durará para unos cuantos días y no para ser usado en todos los servicios básicos, por lo que se racionará.
Cuba y los cubanos han buscado no ser aislados pese al embargo impuesto por los gringos. Por eso celebran el “gesto ruso” o el “gesto mexicano”, no por la hipocresía que implica taparle el ojo al macho en cada caso (ninguno de los gobiernos de esos países ha tomado medidas que confronten al gobierno gringo), porque en medio del asedio cualquier apoyo por nimio que sea, representa una bocanada de ayuda si no que resuelva un problema material de fondo, al menos tiene el significado de demostrar que su lucha por no dejarse tutelar por el imperialismo yanqui, no está íngrima en el mundo.
Estar en el precipicio para estos casos no sólo significa entender cómo se ha llegado a él y lo que puede esperarse de ello. Más bien, es la apuesta por llevar a cabo de cualquier manera al alcance de uno, todo lo que nos sea posible realizar para terminar con el precipicio ofrecido por el capitalismo a la humanidad.
Mientras el precipicio de hacer una revolución es algo inexiste por desconocido (pese a los hechos recorridos por otros pueblos, nada es lo mismo o nada se repite en la realidad humana en términos absolutos), el precipicio demostrado por el capitalismo para la humanidad es sólo su extinción, como parte de acabar con toda forma de vida tal y como se conoce en la Tierra, lo que implica si algo de ser humano tenemos en el ser que somos, hacer a un lado toda la indiferencia habida.
Para un muerto de hambre ese dilema no existe si de tomar consciencia de su momento histórico se habla. Dado que su realidad inmediata es estar en la exclusión y la pobreza, los caminos a seguir no son muchos, cuando le cae el 20 de que su realidad es incompatible con el ser humano que busca ser a partir de tomar en sus manos la creación de su consciencia, su accionar y el alcance político que esto conlleva. Dicho de otra manera, cuando un muerto de hambre decide participar con conocimiento de causa en la lucha de clases, no tiene mayores dilemas al respecto fuera de tal decisión. Puede tener dilemas a elucidas sobre táctica y estrategia, medios y alianzas, pero no sobre las causas de la lucha.
Pero en tratándose de todo aquél que se supone alimenta su capacidad intelectual de alguna manera pese al amaestramiento imbuido sobre él por el capitalismo, este dilema puede tomar canales tan tortuosos y torcidos que busque limpiar el espíritu chaquetero alimentado en sus adentros con tácticas apantalla pendejos. Incluso tratar de dar atole con el dedo esgrimiendo estratagemas para buscar nuevos actores históricos, o aduciendo hasta realidades que implican nuevos lenguajes para poder entenderlas.
Patraña muy común de estos últimos casos es aducir que llevar a cabo una revolución implique constreñir el pensamiento al Estado, aunque éste sea en los términos actuales una forma de organizar el poder alcanzado para defender lo que sea que se haya conseguido. Dependiendo de la clase social que llegue a tomar el poder en sus manos, o sus representantes dado el caso, la manera cómo se organiza ese poder para defenderse de los enemigos, implica mayor o menor complejidad y flexibilidad de organización, control y resguardo de la seguridad de la gente, y así.
Cualquiera que sea la manera en que una lucha, movimiento, organización o actor político habido en la sociedad actual, busque cómo organizarse y el modo para continuar existiendo, implica ordenar el poder construido y depositado en las manos de quien participe en las acciones llevadas a cabo. Incluso si la base de tales cosas fuera la discusión, el consenso y convencimiento de todos los integrantes, sin que medie votación alguna (o habiéndola, eso no cambia el hecho) para decidir y llevar a cabo tal decisión, esa es una manera de ordenar al poder habido o tenido (o sea, construido).
Buscar ir a la raíz del hombre para transformarlo, revolucionando a la sociedad en su conjunto y construyendo algo que no se encuentre supeditado a la dinámica del capitalismo, es el camino abierto con la Comuna de París, la revolución bolchevique y otros procesos similares en que los muertos de hambre tomaron el poder en sus manos.
Le pese a quien sea, eso y no otra cosa está en juego desde hace un buen tiempo, en el fondo de los acontecimientos ocurridos sobre la faz de esta Tierra habitada. Y no se reduce a combatir la aparente locura (que es en los hechos, inexistente) de un hijo de puta gringo al frente de un gobierno nazi y genocida, o al combate contra el nazismo sionista creado bajo el llamado Estado de Israel.
Tampoco es sinónimo de compartir el destino de quienes agacharon la cabeza un día para buscar un lugar de reconocimiento en la sociedad capitalista y sus emblemas, aunque en éstas sean sólo una anécdota de lo que pudo ser, de aquello que se asomó un día al precipicio de la raíz del hombre y se cagó en el intento.
La decencia en el capitalismo es su propio precipicio, la aceptación de lo que se es dentro del marco que nos brinda éste, muerta toda rebeldía, convirtiendo una lucha en emblema manejable como sucedió con el zapatismo de Zapata, o los países socialistas del este europeo y tantos otros ejemplos “malogrados”, traicionados, corrompidos.





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