Escrito por: Ángeles Tepox Vivar

El anuncio del gobierno federal sobre la extracción de gas no convencional a través de fractura hidráulica es una prueba fehaciente del carácter entreguista de la 4T. Con malabares, al estilo de los neoliberales, pretenden legitimar el despojo de la nación a través de consultas populares, la participación de un supuesto comité científico y la defensa de la soberanía nacional.

Veamos por partes esos componentes. En primer lugar, la soberanía nacional es el primer elemento narrativo a través del cual pretenden hacer aceptable la entrega de nuestros recursos petroleros y gasíferos al gran capital.

La economía mexicana es mexicana solo de nombre, la mayor parte de las actividades económicas se encuentra directamente en manos de las grandes trasnacionales; cuando no es así, su dominio es indirecto a través de grandes comercializadoras.

Es fundamental asumir que el aparato productivo mexicano se encuentra transnacionalizado, y, por lo tanto, el carácter nacional de la producción es muy limitado y más bien hace referencia al territorio donde se llevan a acabo los procesos productivos, pero no es el lugar que goza de los beneficios de lo producido, en términos estrictos.

Ahora bien, la soberanía nacional es en realidad un concepto muy amplio. De manera preliminar la definiremos como la facultad que tiene un Estado-nación para autodeterminarse, permitiéndole a los ciudadanos elegir a sus representantes, y también le permite administrar sus recursos y establecer leyes sin injerencia externa.

Hasta ahí el asunto suena muy bien; sin embargo, el problema es cuando contextualizamos a esa soberanía histórica y políticamente en el caso de México y claro está en la coyuntura geopolítica actual.

Como es sabido por todos, EE. UU. se encuentra librando una batalla consigo mismo y el mundo para mantenerse como la hegemonía dominante, particularmente frente a la reemergencia de China como el epicentro de producción central a nivel global.

Dentro de esa disputa se encuentra precisamente el control de territorios y recursos estratégicos que puedan proporcionar una ventaja en esa disputa. Dentro de esos territorios y recursos se encuentran los energéticos convencionales, petróleo y gas, y aquellos ligados a las mal llamadas Energías Verdes, como el litio, entre otros más.

Entonces, el problema del fracking no es un problema de índole nacional únicamente: también es global. Veamos el asunto a detalle. EE. UU. ha perdido desde hace tiempo atrás su preminencia productiva, razón por la cuál se encuentra obligado a encontrar espacios en las cadenas globales para poder obtener una parte del excedente que se produce a nivel mundial. Si no es por la producción, sí al menos a través de control de ciertos nodos.

Debido a un sistemático proceso de desindustrialización, EE. UU. no está en condiciones de disputarse la preminencia productiva directamente, entonces, recurre a la economías que controla de manera extraterritorial y de facto. México es una de esas economías, que además de sus cercanía geográfica, se ha sometido a un proceso de integración de manera orgánica al aparato productivo de EE. UU. Ahí es donde tiene una posibilidad aún de seguirse disputando la hegemonía a nivel global.

A esa hegemonía global, que se le va escapando como agua entre los dedos, EE. UU. pretende anclarse a través de la energía. Vale recalcar que, si bien la guerra es una irracionalidad en sí misma para la humanidad, para las empresas petroleras y gaseras ha representado un bocanada de aire fresco para seguir funcionando. Así que no podemos cantar victoria aún, porque no está perdiendo del todo EE. UU., mientras sus transnacionales se sigan llenado los bolsillos.

Ahora bien, la estrategia de EE. UU. consiste, a agrandes rasgos, en desestabilizar los mercados energéticos para mantener su presencia en el comercio internacional y apropiarse del excedente que se genera a nivel global. En esa estrategia México juega un papel central, en tanto que su ubicación geográfica y organización productiva lo posiciona como una plataforma de producción y exportación de petróleo y de gas natural.

El problema a nivel técnico es que EE. UU. no tiene recursos convencionales y no convencionales para ejercer su predominio en los mercados energéticos. Aquí es donde entra México, nuestro país cuenta no solo con recursos energéticos, sino que también su posición geográfica le permite convertirse en un nodo neurálgico de la producción, pero sobre todo de la comercialización y distribución a través de diversos territorios, entre ellos el Istmo de Tehuantepec.

Sin menospreciar los problemas técnicos y de logística que significa la amalgamación de recursos energéticos de EE. UU. y México, hay un problema de legitimación de ese proyecto energético. En otros términos, nosotros los mexicanos no estaremos dispuestos a aceptar esa integración y menos aún la entrega de recursos que históricamente hemos defendido.

Aquí es precisamente donde juega un papel fundamental el discurso de soberanía energética. La dependencia del gas es un hecho, sin embargo, el problema es un poco más complejo y por ello es tan importante contrastar la narrativa con los hechos económicos. En primer lugar, y dada esa disputa entre EE. UU. y China, la soberanía política y energética son estrategias para excluir a los chinos de la economía mexicana.

Ahora bien, excluir a los chinos de la explotación de recursos energéticos, entre otros aspectos más, es indispensable en la estrategia gringa. Recordemos que el neoliberalismo significó minar la participación económica del Estado en la economía mexicana.

Por lo tanto, la pregunta incómoda es ¿quién va a financiar la explotación del fracking? El Estado mexicano no tiene disponible, al menos en el corto plazo, recursos suficientes para invertir y consolidad la explotación no convencional de gas natural.

Como el Estado mexicano—por diversas razones que abordaremos en otro espacio— no tiene capacidad financiera para sostener una inversión de esas dimensiones, entonces entrará la iniciativa privada y especialmente las transnacionales.

Este hecho supone una afrenta abierta a los mexicanos, porque ‘abrirle’ espacios a los extranjeros en áreas que habían sido nacionalizadas significa despreciar la histórica defensa con la que se construyó el México moderno.

Como esa integración energética con EE. UU. significa entregar los pocos recursos que el neoliberalismo no logró entregar a los extranjeros, la cuarta T, encabezada por Sheinbaum, recurre a la legitimación a través de reivindicar a la soberanía nacional, pero sin el pueblo.

Habla de consultas a los pueblos y organizaciones ambientales, pero solo para simular, porque no hay nada que discutir, la dicotomía es clara: o se defiende a los pueblos y al medio ambiente, o se defiende al gran capital, no se pueden las dos cosas a al a vez.

Por otro lado, el comité científico es una franca manipulación. Esta no solo es una decisión técnica, es ante todo una decisión política y económica: ¿Quién va a hacer usufructo de los recursos energéticos? ¿los mexicanos o las transnacionales?

No se necesita un comité científico para resolver esa disyuntiva. Es un charolazo eso de los científicos, como si esos investigadores y expertos no tuvieran intereses de clase, como si estuvieran más allá del bien y del mal. Científicos también se hacía llamar el grupo de intelectuales afines al dictador Porfirio Díaz.

Finalmente, el discurso de soberanía nacional es una estrategia de exclusión para mantener a los chinos lejos de la economía mexicana. Simultáneamente es también una vía para legitimar y consumar la privatización de Pemex, a través del control corporativo de los gringos y, además establece un precedente importante, en tanto que quién sigue en el menú imperial es la CFE. Estamos pues, presenciando el avance del neoliberalismo pero ahora legitimado por la nueva mafia llamada 4T.

 

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