
Escrito Por Miguel Angel Sánchez Mozo
Es evidente que cualquier ser vivo, para poder desarrollarse plenamente, necesita contar con un sistema de memoria. Sin embargo, cuando trasladamos esta noción a una escala social, su utilidad parece convertirse en un arma de doble filo. Es decir, puede explicar o justificar una serie de hechos, de forma no necesariamente verídica ni neutral, por no decir inclusiva, si queremos usar nomenclaturas corrientes.
Aunque pueda argumentarse algo similar en el plano individual, ello sería materia de la psiquiatría o disciplinas afines, y no del ámbito que, desde hace casi dos siglos, se ha reservado el monopolio de los instrumentos mnemotécnicos de nuestra civilización occidental: la historia.
El campo de la historia, en su sentido académico más amplio, debe situarse en el justo desarrollo de su relación con su sujeto, con la sociedad. Y, curiosamente, la sociedad actual parece haber adoptado un cambio de ritmo, generalizado. Nuestras sociedades muestran una creciente predilección por la velocidad, que incide directamente en la manera de enfocar tanto su pasado como su futuro.
Citaré dos situaciones relacionadas con la producción del conocimiento en general y con la historiografía en particular. a) Revisando los requisitos para validar un anteproyecto de investigación, tendiente a optar por un posgrado “X”, leí que solicitaban una bibliografía mínima consultada de veinte obras, de las cuales una tercera parte debía estar conformada por publicaciones realizadas entre el 2015 y el 2025. b) Otro ejemplo, indirecto. Hace un par de meses, una amiga necesitaba publicar una reseña académica. Revisando los requisitos editoriales de la revista Historia Mexicana, del prestigioso Colegio de México, nos enterábamos de que la reseña, para poder ser considerada, debía ocuparse de una obra cuya primera edición no superara los dos años de antigüedad.
Es decir, en la historia, como en cualquier otra ciencia, el conocimiento del pasado parece caducar a una velocidad acelerada. Y ello refleja la forma en que la información circula en nuestra sociedad actual. La novedad domina el mundo. Es el mundo de la inmediatez. Y el renombre se esfuma más vertiginosamente de lo que profetizaba Warhol.
Esta reseña es, por tanto, antiacadémica. Es una reseña sobre unas reseñas. Además, ¡de mediados del siglo pasado! El título es transparente y sintético: Erasmo, la Contrarreforma y el espíritu moderno. Obra del historiador francés Lucien Febvre, publicada en 1957, incluye diversos artículos, a más tardar de 1950, reunidos por el mismo autor, como continuación, según señala Fernand Braudel, de Combates por la historia, de 1953. Ambas obras son colecciones de artículos de batalla puestos al servicio de los jóvenes historiadores.
En esta obra nos acercamos a los temas de estudio predilectos de Febvre: la historia de la Europa a finales de siglos XVI y comienzos del XVII. Época que corre paralela al gran cisma de la Reforma, y que también coincide con lo que se ha querido calificar de alumbramiento de la edad moderna. Una época “tan abundante en espíritus vigorosos como en caracteres heroicos”: Lutero, Miguel Ángel, Tomás Moro, Mersenne, Spinoza, Calvino, Descartes, Rabelais y, por supuesto, Erasmo, por mencionar solo algunos.
Se trata de la Europa de la justificación por la fe, en la expresión de Marcel Bataillon. Es la duda la que informa al espíritu de la época. El planteamiento de un problema se vuelve el punto de partida del razonamiento, en abstracto. Dicho de otra forma, el racionalismo se convierte en la piedra de toque de la civilización occidental. Esta época se ve inundada por el deseo irrefrenable de saber, de creer, de sentir, o de obedecer, según sea el caso; incluso cuando se trata de dominar el pensamiento o de demostrar la existencia de Dios, como pretendía Descartes.
El primer artículo aborda el “irritante problema de las causas y los orígenes de la Reforma francesa”, a través de “los tres eternos problemas de la especificidad, la prioridad y la nacionalidad”. La conclusión de Febvre es contundente: esos tres términos “son palabras a suprimir del vocabulario histórico.” Como representante de una de las más influyentes escuelas históricas del siglo XX, Febvre propone dirigir la mirada hacia las mentalidades, ámbito donde ocurren revoluciones silenciosas, que anuncian la aparición de nuevos sentimientos.
Paradójicamente, y a pesar de toda la buena voluntad, resulta difícil que un joven historiador advierta la profundidad de los consejos de un viejo lobo de mar, de documentos, que es Febvre. Celebra la superación de la oposición entre la edad media y la edad moderna, cuando una de las primeras formas de conocer científicamente es clasificar. Al leer que “la revolución de ideas era poca cosa, al lado de la revolución de sentimientos que la acompañaba”, nos sobreviene una sospecha cientificista que se pregunta por la forma en que pretenden medirse tales sentimientos.
Y aun así, es imposible no leer la calidez humana en la escritura de Febvre. Es constante su llamado al trabajo en común, a fijarse en los sentimientos, en las síntesis. Eso se debe a que siempre tiene presente la totalidad de una realidad, la realidad humana. Elogiando la serenidad académica de uno de sus maestros, él prefiere alejarse de la frialdad, argumentando que es, “un signo: el de la muerte.” Lo que invariablemente interesa a Febvre es “la humanidad, la gran hacedora de síntesis.”
Febvre, Lucien, Erasmo, la Contrarreforma y el espíritu moderno, Barcelona, Ediciones Orbis, S. A., 1985.






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