
Escrito por Miguel Ángel Sánchez Mozo
a Gaby
De entrada, esta reseña no pretende ser sino una cínica invitación a leer Los Premios, primera novela del escritor argentino Julio Cortázar, publicada en 1960. Después, una disculpa por la vulgaridad que implica hablar de uno mismo. Pero ¿acaso la novela no comienza con un epígrafe que reflexiona sobre la vulgaridad y el acto de creación literaria, tomado de un personaje de Dostoievski?
Esto inicia en 2020, en plena pandemia. A mediados de ese año me fui a trabajar a Polonia, acompañando a la mujer de mi vida. Escapábamos conscientemente de la precariedad y, sin darnos cuenta, escapábamos de la pandemia. Llevé conmigo dos libros, uno de ellos Los premios. Durante mi estancia allá solo alcancé a leer su inusualmente largo prefacio. Regresamos a México en 2022. Todo era más sanitario, más tranquilo. Por desgracia, los libros ya no habrían de regresar conmigo. Cosas de la fatalidad.
“Ese monstruo con la cara tapada que se niega a dejarse ver y dominar.” Dominar no, pero seguro que se deja ver. En mi caso, adopta la forma, digamos, del sistema aduanal mexicano. Y, en específico, la de aquellos personajes que, como dice alguien en la novela, “no saben cuánta magia nos traen con sus burocráticos misterios.”
Este rodeo fugaz funciona únicamente para señalar el viaje como motivo literario. Motivo que podemos rastrear, al menos, hasta al mito griego de Jasón y los argonautas, al que se alude explícitamente en la novela. Y ya se sabe cómo una de esas ideas delirantes en la mitología griega es que toda vida es una tragedia. Tanto para los argonautas como para los personajes de la novela, la fatalidad se cumple, tanto en el que actúa como en el que no actúa.
La novela transcurre dentro de un lapso de cuatro días. Su estructura, en sí misma, es atípica: un bloque de capítulos intercalados se distingue claramente del resto. Pensándolo bien, esos capítulos funcionan, como en las tragedias griegas, a manera de Coro. Ese coro encarna las reflexiones, de carácter mágico, onírico y estético, de un personaje. En ellos, por ejemplo, el cielo anochecido y estrellado se confunde en el mar, y se confunde con una guitarra que pintó Picasso, y que primero fue de Apollinaire, aquel escritor precursor del surrealismo.

Los protagonistas de la novela son los ganadores de una lotería estatal organizada por la Dirección de Fomento. El premio consiste en unas vacaciones pagadas, en crucero. Sin embargo, el disfrute de los placeres que implicaría un premio así, no necesariamente florece en situaciones en las que, gracias al azar de una lotería… o de una propuesta laboral, diversas personas se ven obligadas a convivir, es decir, a estar entre personas con las que, bajo condiciones “normales”, jamás hubiera existido comunicación.
Intentando incitar a la lectura, me remitiré a otro personaje, no tan interesante como el personaje-coro, pero igualmente seductor: una especie de femme fatale, rubia, de ojos verdes, de unos 25 años, escritora, excéntrica y autodestructiva, que llega a confesar que juzga todo a través de la literatura. Yo, en mi viaje, en contraparte, personifiqué, más bien, un personaje vulgar. Aunque, como reza el epígrafe tomado de Dostoievski: “la gente vulgar es en todos los momentos la llave y el punto esencial en la cadena de asuntos humanos; si la suprimimos se pierde toda probabilidad de verdad.”
El tema de fondo es, por supuesto, el acto de creación literaria. Eso me lleva a mencionar el otro libro que tampoco regresaría: Ícaro, colección de cuentos de Sergio Pitol. Ese escritor que, trabajando como diplomático, aprendió polaco y quedó fascinado con la literatura de la Europa central y oriental. También escribió El arte de la fuga, especie de autobiografía en la que nos asomamos al universo de su estilo literario. La expresión pertenece al ámbito técnico-musical, retrotrayéndonos a Bach, y tiene que ver con un tratamiento sonoro basado en repeticiones y variaciones.
Pero Cortázar sí que concibe un escape. Aunque no en la novela, sino en la realidad: el deseo de sustraerse de la compañía de los pasajeros con los que alguna vez debió viajar, según confiesa en una nota puesta al final. Esa fuga, afortunadamente, se tradujo en arte: esa experiencia física y emocional que siempre juguetea y se revuelve a lo largo de su obra. Su melomanía, por lo demás, es bien conocida.
Finalmente, Los premios, de tintes cubistas y melodías barrocas, despliega diferentes frecuencias, coordenadas o figuras. Estas unidades pueden funcionar como imágenes-instantáneas o acordes, de carácter político, sexual, metafísico o estético, cuyas incalculables combinaciones, giros tridimensionales, caleidoscópicos, lecturas múltiples, proporcionan a la novela una sensación de plenitud, de circularidad, de inabarcable riqueza, de infinitud.
Cortázar, Julio, Los premios, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1971.






Deja un comentario