Escrito por: Jorge Álvarez Méndez

En múltiples medios occidentales se ha destacado la ola de protestas en Nepal como la revolución de la Generación Z que derrocó a las autoridades gubernamentales, que habrían censurado mediante decreto oficial a 26 redes sociodigitales (Facebook, Instagram y TikTok entre otras).

De ello hace eco Alejandra Arévalo (@📖 Alejandra Arévalo) quien en Tik Tok revierte la caracterización de apática y conservadora sobre la generación Z a través del ejemplo de Nepal. Ensalza el protagonismo juvenil en las violentas protestas callejeras contra el gobierno, que llevaron a la caída del primer ministro K.P. Sharma Oli.

Es el mismo elemento discursivo destacado por los medios occidentales, que aportan información mínima sobre el contexto social del país más allá de la inconformidad contra los nepo babies y la corrupción, señalados como detonantes fundamentales de la inconformidad, según sus versiones.

Jamás fue documentada una premisa fundamental en este escenario político: se dio una regulación pública como el registro ante una oficina gubernamental de aquellas empresas que operan redes sociales, así como otras medidas para prohibir contenido dañino (pornografía y fake news).

Al conformarse los gobiernos como Estados-nación para ejercer su autoridad, estarían defendiendo su soberanía con este tipo de capacidades institucionales, en un marco formal de derecho público frente a los intereses privados de los capitales que invierten y hacen negocios en los países[1].

Ese fue un valladar derribado por el movimiento de los capitales acumulados en medios masivos de información digitales para hacer saltar por los aires toda facultad mínimamente soberana para delimitar el marco de actuación de su control de la así llamada opinión pública.

La primavera árabe fue modélica para Occidente en cuanto a ensalzar el supuesto papel de la comunicación por internet para coordinar las acciones de protesta en contra de gobiernos como el de Libia, caracterizado este por su defensa de los recursos energéticos ante Europa y Estados Unidos.

La activación de la sociedad civil habría sido supuestamente posible para el éxito de las revoluciones de colores, todas ellas favorables a los intereses del imperialismo. Resultado: recuperación de importantes enclaves en la geopolítica del petróleo en el norte de África.

¿Fue la sociedad civil actuando orgánicamente con el uso de las redes sociales? ¿El imperialismo estuvo exento en una región del mundo estratégica por su producción de petróleo?

Entonces en Nepal se tiende a replicar la identidad movilización juvenil – uso de redes sociodigitales – censura gubernamental causante. Evidentemente las redes no son una entidad virtual evanescente e inmaterial operante en una nube.

Se trata de empresas y no cualesquiera, sino aquellas que más se fortalecieron después de la caída tras la actual crisis con sus momentos álgidos (Google, Twitter-X, Facebook).

Pero es inusual totalmente el establecimiento de regulaciones públicas a corporaciones que volatilizan su implacable materialidad. Ahí radica su poder real sustentado en lo financiero y desplegado en su enorme influencia política e ideológica.

Como cualquier empresa que opera en un territorio nacional, por qué no habrían de registrarse para funcionar de acuerdo con el canon liberal del Estado de derecho.

Nada es difundido en los medios al margen de ideología. Que resalten el término censura en lugar de regulación evidentemente involucra la defensa directa de los monopolios que controlan las así llamadas redes sociales. Es legítimo y legal que un Estado-nación establezca límites y condiciones a la operación de estas empresas en su país. ¿Eso equivale a censura?

Un factor esencial en la cadena de omisiones y sesgo es la orientación de la fuerza política gobernante, desde el año pasado: el Partido Comunista de Nepal con una orientación programática marxista.

El enclave geográfico del país se ubica en las fronteras con los gigantes asiáticos, India y China. Dicha formación política en su etapa insurgente en lo militar se enfrentó con energía a la decadente monarquía, hasta lograrse su derrocamiento.

En toda la cobertura mediática de las revueltas el ángulo dominante es el cultural (anti-censura en redes), generacional (jóvenes centennials) e identitario (usuarios de la información digital). Todo lo material lo disuelven en la atmósfera de la ideología: no hay intereses corporativos afectados, ni encuadres geopolíticos, ni mucho menos clases sociales en pugna.

Las matrices mediáticas se enzarzan en la mera subjetividad de individuos homogeneizados por cuestiones de edad y patrones iguales en consumo de contenidos. Además, están amenazados por gobiernos autoritarios.

Evidentemente la única violencia destacada es la represión gubernamental como cruenta respuesta a los manifestantes en la oleada de manifestaciones (consigna el sitio Rebelión[2] que fue atizada por el algoritmo desde Reddit y Tiktok).

Uno de los pilares en la extrema derecha ha sido la denuncia del marxismo cultural como si se enmascarara la postura de izquierda en la ideología woke. Es decir, la lucha política se desvincula de toda estructura material y en esa operación de subjetivización y desmaterialización se despliegan vivamente para evadir la exhibición de lo que se juega en el terreno de la lucha de clases ganada hasta ahora por el gran capital.

Desde luego en la colosal centralización de riqueza, pero además en el frente ideológico al impedir toda discusión sobre hechos planteados en la mera terrenalidad. Mejor discutir woke sí vs  woke no.

Se complementa a la perfección cuando la respuesta para desenmascarar a estas expresiones fascistoides se entabla en la misma esfera de lo identitario. Para un combate político se aceptan las reglas, las armas y el campo de lucha elegidos por el enemigo de clase.

Mientras menos asome lo material mejor queda decantarse por la batalla cultural, que no es decir lucha ideológica, sino una vaga invocación a la tolerancia, la multiculturalidad antes que la dominación y el género antes que la clase social.

Desde luego que ello no demerita luchas como la diversidad sexual y el feminismo. El asunto es aceptar los códigos de combate planteados por la clase dominante que ha tomado la salida fascista a la crisis para acentuar la explotación en todos los ámbitos.

Ese es el mismo campo de batalla en que se debate la discusión sobre el asesinato de Charles Kirk en Estados Unidos: las interrogantes discurren sobre quién es el joven capturado como su ejecutor (Tyler Robinson) o sobre los encendidos discursos del político trumpista respecto a la defensa sobre la posesión personal de armas.

La cosa se dirime en el control de estas o no: a la abstracción de la libertad se le opone la entelequia del control.

Ausencia total de referencias al clima belicista alentado por la industria armamentística: en 2022 eran estadounidenses 42 de las mayores empresas de defensa por volumen de ingresos, con Lockheed Martin, Raytheon Technologies, Northrop Grumman, Boeing[3] entre otras muy poderosas que abastecen la maquinaria de invasiones y guerras imperialistas.

Como mostró Michael Moore en el documental Masacre en Columbine (2002), el trágico tiroteo perpetrado por dos estudiantes en una secundaria de dicha localidad perteneciente al condado de Jefferson (Colorado, E.U.) se produjo en un ambiente belicista favorecido precisamente por la presencia de una fábrica de Lockheed Martin en el área cercana a dicha población, así como el poder de la Asociación Nacional del Rifle como el lobby de la industria armamentística.

Menos idealista y más descarnado en sus alusiones a la materialidad, los financieristas declaran sin empacho que “Más allá del debate moral que despierta, los datos reflejan una realidad ineludible: el negocio de la guerra mueve miles de millones y ofrece a los inversores una oportunidad de crecimiento sostenido”[4]. Véase el paso de la no moralización a la total amoralidad.

La brega de mostrar los contornos materiales es fundamental ante el flaco favor de los posmodernos, culturalistas y defensores de las micro identidades: su impronta en las luchas sociales es una labor de zapa a confrontar con radicalidad respecto a la dominación burguesa. Quienes dudan de las vanguardias de clase, evidentemente omiten cómo el gran capital organiza su Estado Mayor y lo dota de un mando monolíticamente centralizado, basado en un poder económico material reforzado por la claridad ideológica para sostener sus intereses.

 

[1] La ley aprobada por el parlamento se denominó “Orden de Ejecución (de Emergencia) del Servicio de Operación de Redes Sociales, 2081 (2024)”. Es prácticamente inaccesible el contenido textual a la ley mediante consulta en un buscador de internet como Google, evidencia del control de la información en la web, a contrapelo de lo denunciado por las manifestantes. La referencia se obtuvo de DeepSeek y Grok.

[2] Rebelión; “Nepal: estallido social o «revolución naranja”. Este análisis es esclarecedor sobre la dinámica y resortes detrás de la protesta. Retoma la entrevista de Telesur a Iñaki Gil de San Vicente sobre la coyuntura nepalí (https://www.youtube.com/watch?time_continue=5&v=ASt9h9lzPu4&embeds_referring_euri=https%3A%2F%2Frebelion.org%2F&source_ve_path=Mjg2NjY).

[3] https://elordenmundial.com/mapas-y-graficos/empresas-armas-mas-grandes-mundo/

[4] Molina, Alain Martín; La industria armamentística como destino de inversión https://www.asesoresfinancierosefpa.es/asesores-opinan/la-industria-armamentistica-como-destino-de-inversion/

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