
Escrito por Palestino
Muchas son las objeciones que se le ponen a hacer algo que se salga de lo establecido. Sin importar de qué se trata, la primera reacción que hayamos alrededor de nosotros es el rechazo, la desaprobación, la oposición a salirse del guacal, la condena o la agresión que puede ser pasiva (digámoslo así), como cuando se nos quita el habla por parte de alguien, o subir de tono según sea el caso.
Nos han amansado tanto que repelar algo o chistar de alguna manera (si acaso nos atrevemos a hacerlo) implica aguantar que hasta en más de una ocasión, la gente más cercana a nosotros nos desapruebe incluso con la simple mirada, al no atreverse a hacer una muestra mayor de rechazo, al habernos salido de lo que nos han inculcado desde antes que fuéramos nacidos. El resultado puede ser el aislamiento o la estigmatización social.
Indignarse ante una injusticia y protestar (chistar siquiera algo), nos han inculcado que no es lo mejor para “nuestro futuro” (¿quién puede decir que lo tiene asegurado?). Indignarse ante una injusticia y protestar (de cualquier manera que tengamos a la mano) debiera ser parte de la formación a la que una sociedad que reivindica (según) la democracia, la igualdad, la libertad y otras faramallas comerciadas por el capitalismo, nos debiera alentar y no reprimir.
Pero esto es pedirle peras al olmo, como se dice de común. Reprimir, prohibir, impedir, obstaculizar, coartar y tratos y actitudes similares es lo que fomenta el capitalismo para fungir como lo que es: un modo de producción basado en la explotación de la fuerza de trabajo por los capitalistas. El llamado consenso en el capitalismo es la manera en cómo “naturalizamos” esas órdenes, mandatos, imposiciones con que se “justifica” que una clase social parásita viva de robar el trabajo elaborado por otra.
Desde luego, hay tontos que dicen que indignarse ante una injustica y (peor aún) protestar sólo nos hará que “nadie nos tome en serio”. Hay quien nos decían esto de otra manera: que fuéramos jóvenes explicaba lo que hacíamos (indignarse ante una injustica y protestar). Y hay todavía tontos con perversión (e “ilustrados”, por ser porros de universidad) que dicen lo anterior, cuando de jóvenes ellos actuaban realizando protestas: la universidad de los ochentas era un caos y nadie quería contratar a los egresados de esa época, dicen los caraduras.
No hay manera de ayudar a esta gente a que algo de lo aprendido en la universidad le sirva para tenerse un poco de respeto cuando menos. Pero el conocimiento es así, puede ser un mero adorno expuesto en el título que mostramos en el consultorio o el despacho, en la sala de la casa o guardado con cuidado para que no se maltrate. Inamovible, lo aprendido en la universidad (nos referimos al conocimiento) puede ser objeto de veneración como santo de iglesia.
Como saber, compromete, el conocimiento adquirido (al menos de manera formal al estudiar) implica una posición ante eso que solemos llamar realidad. El mundo que construimos es el que las referencias con que contamos, y nos ha dado a mamar el capitalismo en el que nos hemos formado, hacen posible obtener tal o cual conclusión que sólo para efectos de (la formalidad de) conocer nos es útil. Y ese conocer de la llamada realidad puede no traducirse en algo que la mera formalidad del conocimiento nos permita.
Podemos conocer y conocer la realidad y estar buscando que el conocimiento no sea un ídolo venerado, un santo patrón de todas nuestras carencias espirituales, y hasta dando clases a quien nos las pida (nos paguen o no por ello), o dictando cátedra con lo leído y lo conocido, sin que por ello un ápice de las conclusiones extraídas a partir de las referencias dadas por las circunstancias en que nos formamos, se muevan un milímetro.
He allí lo que pasa cuando damos como un hecho que por haber ido a la universidad el conocimiento que de modo formal recibimos, timbró en nuestros adentros algo más que el haber cursado una carrera universitaria. Y no es poca cosa verlo en esa realidad vulgar que nos impulsa todos los días, a repetir y repetir mediante mecanismos muchas veces ocultos a la simple vista, la serie de conclusiones que parecieran nuestras, cuando son en realidad el resultado de la legitimación hecha por las circunstancias en que nos encontramos.
No es cosa menor por esto que esa repetición de lo que la realidad nos dicta como referencia la veneremos tanto, al grado tal que (a pesar de nuestra buena intención) nos hagamos trampa (si hacer esto es posible) indignándonos ante una injustica y protestar, cuando deberíamos haber hecho lo contrario. Así sucede con la “terquedad” de Trump (ejemplo emblemático) para expresar sus “exabruptos indignados” respecto de los palestinos, que no se dejan exterminar nomás, y a fuerza buscan decir al menos: esta boca es mía. Sean solos, o ayudados.
Que palestinos sean cazados al “representar una amenaza” para los militares nazis del Estado sionista, cuando se acercan a conseguir alimentos en los “centros de ayuda humanitaria” (todos controlados por el Estadio sionista y los gringos), o que mueran de hambre debido a “la guerra” del sionismo nazi y sus tapaderas los gringos, “indigna” a los Trump de cualquier parte, porque no se dejan matar sin chistar. Y que otros en otras partes hagan algo protestando contra esto, es ya para ser señalados de terroristas, indeseable, etcéteras.
Y es que en un mundo donde abundan los llamados intelectuales que dicen “fracasó el socialismo”, porque las referencias de lucha que se tenían “antes del colapso socialista” hoy están (según) cuando menos en entredicho, son parte de la masa gris que repite y repite lo que el imperialismo que coloniza todo lo que somos, nos dice que es la realidad subjetiva, amén de la objetiva.
Un pueblo cualquiera emprendió un camino equis y su resultado no fue el deseado, para tratar de dejar atrás las diferencias materiales que hacen seres humanos con derechos y obligaciones distintas, dado que se forman en circunstancias de privilegio para unos pocos y precariedad para un chingo, cualquier Trump nos dirá a eso (aunque sea todo un “intelectual de izquierdas” y hasta un “decolonial” lector de la biblia original en alemán escrita por San Marx) que aprendamos algo de todo lo ocurrido: ese pueblo fracasó.
La responsabilidad por haber tomado la decisión cierto día para buscar hacer un camino distinto a lo que el capitalismo nos ha dicho que es, resulta una costumbre que empieza como hecho siempre, como la práctica que va creando una realidad distinta a la que las referencias dadas por las circunstancias nos han acostumbrado. El resultado nunca se sabe por anticipado. Puede que el camino se tuerza en razón de traición, cansancio, desencanto, agresiones insalvables, saboteos de todo tipo, etcéteras.
Ningún camino está trazado para el ser humano de antemano y cuando se trata de uno que ya se probó y cuyo resultado se alejó de lo buscado o, peor aún, ni siquiera se acercó a lo que suele decirse “el propósito inicial”, lo más fácil por ser lo más chabacano que nos ofrece las circunstancias que nos rodean (el desánimo imbuido por el capitalismo para no intentar algo que siquiera lo ponga en tela de juicio), es hablar de fracaso.
La idea peregrina de estarnos siempre repitiendo que cualquier acción llevada a cabo está medida en términos de triunfo o fracaso, no sólo es parte de la mecánica a que nos acostumbra el capitalismo con su competencia, es una forma con que nos han querido hacer creer que fuera de esta calificación, cualquier valoración distinta está equivocada.
Es como la repetición “tan natural” de esa vulgar relación de quien manda, es arrastrado con quien le da órdenes. O como lo expone en Campesinos y señores, alguien que sabe de qué habla: “el alcalde sabía que en este mundo la cosa va de patear al de abajo muy fuerte y de lamer al de arriba muy bien. Entonces consigues algo en la vida. Y si tenías varias vidas humanas en tu conciencia, daba igual. Todo el mundo ha de morirse algún día. Por qué esperar a que Dios los llame a su lado. Él podía aliviarle un poco la carga al bueno de Dios.”
Si de conseguir algo en la vida bajo tales premisas se trata, estamos hablando de lo que las circunstancias que nos rodean nos mandan hacer. Son esas, siempre materiales, las que nos dan la pauta para todo. El colonialismo por lo mismo no parte de un mero hecho cultural, aunque los intelectuales acomodados a reivindicar la decolonización lo repitan así por el “fracaso” de buscar cambiar las condiciones materiales en que somos lo que demostramos.
Repitiendo esa “enseñanza” con que buscan forjarnos la creencia y que la mastiquemos tanto para hacerla tan nuestra que después la defendamos, el “fracaso del socialismo” es la evidencia (nos dicen) de que hay que buscar una “alternativa distinta” pues esa ya demostró su imposibilidad de llevarse a cabo.
La gama de posibilidades que nos acercan entre chicas y grandes ideas remiten al mismo discurso trillado, de quererle echar la culpa al “asalto al cielo” que un día se atrevieron diversos pueblos a llevar a cabo. Y para eso cuentan los negocios que sean de soporte o para remozar tal pretensión, como en el caso del papel jugado por la llamada industria cinematográfica que tan sólo los 15 monopolios más grandes productores de películas, tuvieron ingresos en taquilla en 2023 por la pequeña suma de casi 430 mil millones de dólares americanos (USD).
Si bien esta gama de negocios va dirigida a reforzar, machacar, imbuir, dictar el alimento que consumimos con nuestra subjetividad, no se trata sólo del medio para colonizarnos el pensamiento. De hecho, nada de esto tendría razón de ser hoy, si parte de cómo se fue construyendo la legitimación del capitalismo en que nos encontramos, no hubiese desarrollado tanto los medios para acercarnos sus mercancías como una manera fácil de consumirlas.
Así por ejemplo la producción de la chatarra con que nos embebemos de manera continua y se pudren nuestros adentros, no tendría el alcance que tiene si la distribución para su consumo careciera del atractivo de ser un negocio rentable. Sin importar si se trata de Bristol o Londres en el Reino Unido, California o Pensilvania en USA, Pekín o Hangzhou en China, Seúl en Corea del Sur o Tokio en Japón, los 22 principales monopolios que distribuyen estos churros de embrutecimiento obtuvieron ingresos por casi 94 mil millones de USD en 2023.
Con la narrativa empleada a través de esos medios, la búsqueda de afianzar la base material que sustenta la continuación del capitalismo trata diversos temas con los cuales legitimarse, haciendo digeribles de múltiples maneras los prejuicios y mentiras que repetimos sin darnos cuenta. Decir “el fracaso del socialismo” no requiere más que un simple aliento, pero es la verdad para el imperialismo a que nos ha acostumbrado junto a sus sicarios ideológicos.
Como si luchar por destruir al capitalismo estuviera definido desde antes y obtener un resultado distinto fuera evidencia de algo más que la confirmación, por molesta que sea, de que no hay garantía de ningún tipo para el resultado a conseguir, si de emprender pasos en ese sentido es lo que decide algún pueblo en un momento de su estar viviendo, ya por el hecho del “atrevimiento” el imperialismo condenará tal opción al “salirse del huacal”.
Con qué gente puede emprenderse un camino distinto (indignarse ante una injusticia y protestar) al impuesto por el capitalismo, si los (según) “ilustres intelectuales” que debieran estar al alba en no dejarse dar gato por liebre, repiten sofismas con los que intenta hacernos creer el capitalismo que lo que sea que se intente en su contra “fracasará”. Considerar la “ingenuidad de una simple frase” más bien es la manera estúpida en que se nos dice debemos aceptar la conveniencia del capitalismo, como la verdad irrefutable e inconmovible.
Las circunstancias que nos hacen repetir y repetir lo que dicta el imperialismo que pensemos parten de un hecho básico: que la mayoría esté viviendo con carencias materiales, y lleve a sus adentros la chatarra ofrecida del diario por su entorno, es sostén de las condiciones privilegiadas para que unos pocos se beneficien. O sea, el idiotismo es necesario para que el imperialismo siga dominando a la humanidad de múltiples formas.
La mayor parte de los monopolios dedicados a la llamada “industria del entretenimiento” tienen por sede Gringolandia. Es el país con mayor número de presos (ciudadanos de ese país), oscilando (2023) entre 1.8 y 2.3 millones según la fuente consultada. Algunas fuentes dicen que China tenía en 2019 más presos con alrededor de 2.4 millones. Aunque China tiene alrededor de 1,400 millones de habitantes, mientras Gringolandia cerca de ¼ (342 millones) la población de China.
En su inmensa mayoría personas negras y pobres constituyen la población adulta que hay en las cárceles gringas. Y en su inmensa mayoría también, si no se trata de empresas privadas las dueñas de las prisiones, los servicios están dado por empresas y subvencionados por el gobierno. Es decir, el país con mayor número de monopolios dedicados a entretener (embrutecer) a la gente, lleva al cadalso como resultado de ser pobre… y negra a una buena parte de la gente que le sobra.
Que no nos espante esto. El proceso material de colonización por el imperialismo para servir a los monopolios en el saqueo y acumulación de capital, va de la mano de las herramientas que legitiman por imposición, represión, mensajes dirigidos para apendejarnos sin que nos demos cuenta, la serie de mentiras, calumnias, descalificaciones, falacias con que nos hacen creer que emprender el camino de una historia distinta al capitalismo es fracasar en la vida.
Ya los idiotas tenidos de “intelectuales” que repiten “fracasó el socialismo” y piensan que algo digno de ser respetado sale de su conclusión, cuando es la repetición de lo que el mismo imperialismo nos ha machacado con ahínco desde hace décadas, más a partir de la última década del siglo 20, merecen más desprecio que los mismos Trump, pues estos no necesitan sentirse “teóricos intelectuales”, “científicos”, para decir las sandeces que repiten al ser personas idiotizadas, enajenadas convencidas de su propios sistema capitalista.
Mirarnos en el espejo triste de la decadencia humana que nos ofrece el imperialismo a cambio de no chistar siquiera por algo, debiera indignarnos y motivar protestar de la manera que seamos capaces, empleando lo que puede estar en manos propias y no de otros: el respeto a uno mismo por lo menos, para no repetir falacias de idiotas (“fracasó el socialismo”) tan sólo porque aspiremos a obtener algo en la vida más allá del desprecio que le merece la gente a la sociedad capitalista. Sin dignidad, el ser humano no tiene razón de ser en lo que debiera ser.






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