Por Miguel Ángel Sánchez Mozo

Hace tiempo tuve la oportunidad de trabajar con un pequeño grupo de compañeros latinoamericanos. Cuando los conocí no sabía que entre ellos había algunos guatemaltecos, así que cuando le pregunté a uno de ellos de dónde eran, me contestó de la manera más natural que eran chapínes. Desafortunadamente, yo desconocía ese mote y mi semblante no pudo ocultar mi ignorancia.

Declaro de una vez que solo sabía un puñado de cosas sobre el país vecino. Sabía que durante su historia colonial formaron parte de la Capitanía General de Guatemala, a la que pertenecía Chiapas, con una administración independiente de la novohispana; que durante la segunda mitad del siglo XX habían pasado por una cruenta guerra civil; y que su escritor más célebre es Miguel Ángel Asturias.

Quizá la obra más famosa de Asturias sea El señor presidente, publicada en 1946. La novela narra, en sus dos primeras partes, los sucesos ocurridos en la ciudad capital durante una semana de primavera. La última parte termina alargándose hasta unos cuantos años después. El proceso creativo de la obra le llevó a Asturias al menos una década, puesto que al final de la novela aparecen tres fechas (diciembre de 1922, noviembre de 1925 y diciembre de 1932), las dos últimas signadas en París.

El ejemplar que tengo a la mano es una edición centroamericana, tiene un glosario al final; ignoro si esto último es una labor editorial o del autor. Debo decir que a pesar del glosario, la lectura no me fue fácil. Claro que no sólo se trató del vocabulario, sino de que a lo largo de la novela el autor intercala sueños, creencias, apariciones, etc. La novela encaja dentro de lo que se conoce en la literatura latinoamericana como realismo mágico. En ese sentido, y por el tema, está emparentada con El otoño del patriarca.

Y es que la novela cuenta una historia llena de violencia, nada raro al hablar de la realidad latinoamericana. De hecho es posible hacer, aunque simplificando, una lista de características históricas y culturales comunes, empezando con la conquista de sus pueblos originarios, y continuando con la sistematización del extractivismo y las violaciones, por no hablar de otros dispositivos de violencia, si bien conceptualmente problemáticos, como el paternalismo, el monolingüismo o el imperialismo

Es difícil no denunciar, como lo hacen Asturias y García Márquez, la injusticia de esa realidad, y en específico de la imposición de la voluntad de unos, por no decir UNO, por sobre la de todos los demás, extranjeros incluidos. Ahora bien, ¿cómo se llega a esa forma de corrupción política? En el caso de esta novela destacaría la mira de las élites hacia Europa, Francia en particular, lo que termina por conformar dos mundos apartes, el ideal imposible, y la realidad lacerante.

Sin embargo, esa no es una especificidad guatemalteca. Lo que me parece el mayor aserto de Asturias al respecto es el señalamiento en la preponderancia de un mecanismo de información política que corre a lo largo de toda la sociedad, pudiendo partir desde los más desposeídos, y llegar hasta la cumbre, es decir, hasta el señor Presidente. Me refiero a todo aquello que en la novela representa una institución, la Policía Secreta.

Y es que ese mismo papel institucional es lo que hace que todo ese sistema deshumanizado de información, de delación, lleve a la tortura y a la imposición de una verdad, la realidad en la que toda subjetividad, excepto la suprema, se diluye. Ahora bien, esa interpretación la hago, un mucho, retrospectivamente, pues ahora sabemos que la institución policial guatemalteca jugó un papel crucial en el contexto de la guerra civil.

En julio del 2005, en la ciudad de Guatemala, se descubrió fortuitamente un enorme conjunto de papeles abandonados. Aquellos se encontraron en terrenos de la Policía Nacional Civil (PNC), específicamente en una unidad destinada a la desactivación de explosivos. El hallazgo se debió al trabajo de la Procuraduría de Derechos Humanos, tras la denuncia de algunos vecinos, temerosos de una explosión. Tras un examen archivístico, se reconoció como un acervo documental perteneciente a la entonces Policía Nacional (PN).

Es casi seguro que uno encuentre situaciones similares a las que Asturias narra en ese mar de documentos que pueden hablar de más de un millón doscientos mil casos similares. También resulta evidente que se ha intentado minimizar al máximo las implicaciones judiciales que pueden derivar del conocimiento de diversos casos. La buena noticia es que el acervo es hoy patrimonio histórico y cultural de Guatemala. El caso de su Archivo Histórico de la Policía Nacional representa la lucha que se hace en ese país por querer sanar una herida. Me pregunto si en el caso de México estamos en un proceso de cicatrización o de putrefacción.

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