
Por Israel
Para cualquiera que busque acceder a una lucha, o elaborar ésta, que vaya contra el capitalismo se dará cuenta que nada hay que se lo impida como no sea los mismos límites impuestos a sí por uno. Existe un contexto, relaciones establecidas, formas de dominio y explotación que son la corriente contra la que el que sea podrá decidir oponerse, hacerse a un lado o darle la espalda suponiendo así rebelarse. Oponerse, ir contra la corriente, es algo que el mismo sistema lo cobra si se da cuenta que es en serio esta postura.
Hacerse a un lado o darle la espalda a esas circunstancias que engendra, forman parte y son consustanciales al capitalismo, pretendiendo de este modo rebelarse contra él, es lo que cunde hoy por todos lados aduciendo distintas razones. Pero nadie se engaña a sí mismo, aunque uno puede intentar engañar a los demás esgrimiendo uno y mil pretextos para justificar esta postura cómoda. Y cómoda es, porque cuando alguien se rebela contra el capitalismo (aunque sea en lo teórico) sabe las consecuencias que acarreará y toma sus previsiones.
Cuando uno se propone hacer todo lo más posible (aunque sea en lo teórico) por contribuir a darle muerte al capitalismo, lo que se hace es llevar a los hechos este planteamiento o postura en todos los terrenos posibles tenidos a la mano. Algunos son más efectivos que otros, pero si existe congruencia entre el propósito y el actuar (entre teoría y práctica) cuando menos uno revisa de manera constante y cotidiana lo que se hace, para establecer lo que sí y lo que no está en sintonía con el propósito en cuestión.
Pero existen límites reales a los que uno no puede escaparse por más voluntad que tenga para ello. Así ha sucedido al que sea, por lo que o bien sustituye límites con conjeturas que por muy fundadas sólo alcanzan a ser eso (puesto que la ciencia por muy revolucionaria que sea, tiene el límite de la realidad en que se crea), o bien se atiene a inventar ideas (que pueden ser o no conjeturas) con las cuales se trata de ganarle a los imponderables que escapan a nuestra voluntad (y esto, considerando que no se busca dar gato por liebre).
En razón de una lucha, se tiene el cuidado de no terminar dando atole con el dedo, queriendo no hacerlo (o sea, que el individualismo no nos gane). Ya el ejemplo de nuestro presidente (por señalar uno difundido) que ha terminado por mentir en muchas cosas sin buscarlo hacer (el caso de los 43 normalistas de Ayotzinapa por lo mismo se le ha hecho engrudo al buscarle solución), se debe a su ideología, esto es, pensar que por buena voluntad se admiten hechos, cuando estos nos duelen, nos desagradan o no son como se pensaban.
Esto mismo sucede con muchos marxistas mundanos (y ya no hablemos de científicos que en la actualidad a cualquier conocimiento técnico o, peor aún, tecnocrático, se le llama así) que sienten tener el ombligo en la espalda, a causa de conjeturar un poco más que otros, sea por contar con un poco más de capacidad, por contar con más información al caso o sea por puro churro extraído de más talacha hecha.
Pero como quiera que sea, cuando se lucha por contribuir todo lo más posible a terminar con el capitalismo, uno debe buscar no terminar siendo alguien que da atole con el dedo, o alguien que dé gato por liebre. Como no existe un manual para ello, no queda más que hacer lo que a nuestro alcance está previsto en razón de buscar tener consistencia, sin que por ello uno también se sienta alguien que sólo cumple con lo que le toca, sin que por ellos sea algo sin importancia. Ni petulancia, ni falsa modestia es lo que debe haber. Un ejemplo.
Si se afirma que dentro del capitalismo todo se convierte en mercancía, sustraer nuestro conocer elaborado a tal circunstancia es como decir que, fuera de la división en la abstracción entre lo objetivo y lo subjetivo, existen dos mundos opuestos en lo que hace al ser humano lo que es como ser social. Y sí, pueden estar contrapuestos ambos mundos (objetivo y subjetivo) cuando no siguen el derrotero común que hace al ser humano el ser que es. Cómo sucede esto, es una cuestión que a más de uno le ha motivado para analizar.
Lo anterior lo referimos a lo que de suyo implica la contraposición objetivo/subjetivo para la economía capitalista, en tanto que dentro de ésta todo se convierta en mercancía (incluyendo por obviedad al ser humano), y en particular a todo cuanto es producto o no del trabajo humano que deviene mercancía (considerando la llamada naturaleza, a la que pertenece el humano como especie biológica).
En un sentido histórico, si aludimos en específico a lo que llamamos naturaleza, ésta debido a la existencia de la propiedad privada, aparece ante el capitalismo como dueña por alguien aunque no tenga una transformación por el trabajo humano, sino que nomás exista.
Que la naturaleza sea lo que es no forma parte de un atributo (por decirlo así) asociado al capitalismo, o a alguna otra forma de sociedad o al hecho mismo de que el ser humano sea. En lo que llamamos la naturaleza en cuanto tal, es su existir lo que la caracteriza y define. Por qué ésta al entrar al capitalismo debe fungir como cualquier otra mercancía.
Puesto que tener un precio es indispensable para que un objeto se compre y venda, fungiendo así como parte de este tipo de transacciones mediante las cuales lo objetivo y subjetivo se hacen mercancías. Que alguno de esos sea un producto del trabajo o no (como sucede en el caso de lo que llamamos naturaleza), es de cierta manera irrelevante para fungir como mercancía en el capitalismo.
Empero, el hecho de que funja como mercancía la naturaleza y le corresponda un precio, éste al ser el ingreso de su dueño, se convierte en su renta: la parte correspondiente a su propiedad del ingreso total generado. Pero este precio no es algo dado sin vínculo alguno a su uso o disfrute. Si el recurso de la naturaleza de que se trate (tierra, agua, subsuelo, biodiversidad, genes, etcétera) se emplea para producir una mercancía (para consumo final o productivo), entra por su función como el resto de los medios de producción (trabajo pretérito) a crear valor.
No porque estos objetos lo creen, pues el único que trabaja es el ser humano, pero sin ellos es imposible que la capacidad para trabajar del humano pueda hacer algo para transformar una cosa en otra. Porque no tendrá la cosa (objeto de trabajo) sobre la cual trabajar, porque no tendrá el medio (instrumento de trabajo) para aplicar su capacidad de trabajo. Por mucha capacidad para trabajar que tenga el ser humano, ésta será nula. Las capacidades objetivas y subjetivas del ser humano al no ponerse en acción serán inútiles.
Incluso al no trabajar, su capacidad de trabajo de hecho es inexistente, no podrá emplearla al carecer del conocimiento, experiencia, saberes, formas de organización y demás aspectos asociados a configurar esa capacidad. En otros términos, sin el trabajo como capacidad contenida en la fuerza de trabajo, a base de un proceso histórico previo, que en la sociedad toma múltiples formas pero que en resumen pueden catalogarse como formación del trabajo (capacitación, transmisión de conocimientos, etcéteras), no existirá trabajo alguno.
De hecho podemos distinguir que la propiedad y la apropiación sin ser lo mismo, adquieren connotaciones específicas en el capitalismo. Al ser el ser humano la única especie con una capacidad desarrollada para apropiarse de manera razonada, pensada, consciente a la naturaleza a fin de llevar a cabo su reproducción material (no sólo biológica, sobre todo de la forma peculiar de organización que tiene como ser que sólo surge, se reproduce y se desarrolla en sociedad), esto choca con la propiedad privada en que se funda el capitalismo.
El capital no sólo se apropia de lo que produce la clase obrera sino que por la propiedad económica que tiene sobre las cosas y los medios habidos para producir, culmina (lleva a su grado más alto) y consagra (la vuelva sagrada) la separación entre el ser humano y la naturaleza, dado que ésta se encuentra de manera creciente apropiada por la clase social capitalista. Por lo mismo, requiere (aunque enajenada y embrutecida la clase obrera) del trabajo humano como única fuente de creación de valor y apropiación de la naturaleza.
Esto no es un mero dicho, los propios capitalistas preocupados por la estandarización a que la gran industria lleva con su correspondiente mecanización de procesos, tecnificación, aplicar conocimientos, etcéteras, han buscado elevar el nivel de instrucción de los trabajadores, no para hacerlos sabios, sino para que el manejo de determinadas máquinas, cumplir cierta clase tareas y órdenes, el adaptarse a papeles y ciclos con que la mecanización mejora la industria, requieren obreros instruidos, formados, preparados a modo para explotarlos.
El conjunto de técnicas asociadas a la mecanización en consecuencia, contribuyen a cosificar al trabajo social y al propio trabajador considerarlo un factor de la producción, recurso humano, capital humano (un factor más junto al capital: 2 cosas unidas mediante el matrimonio económico llamado producción). Culminando de esta manera en la ideología y los hechos para deshumanizar a la producción social como si fuera la unión de cosas para producir otras más (o dicho con arrogancia: mercancías que producen mercancías).
Las habilidades y capacitaciones específicas (en centros creados para tal fin) fomentadas por los capitalistas, responden a necesidades que las industrias de punta establecen, sin dejar en muchos casos de lado aquellos conocimientos que negocios menos boyantes requieren, o que tengan menos incidencia en las condiciones sociales de la producción habidas en su momento, y que a veces les son necesarios al tipo de capitalismo en que vivimos.
Así, si una nación es la dueña de los recursos del subsuelo, el agua, la biodiversidad, el espectro de frecuencia, o si alguno de estos elementos que forman parte de lo habido en la naturaleza tienen una propiedad privada, al entrar al capitalismo el precio establecido por su uso puede corresponder o bien a la renta de tal recurso por su inclusión en la producción (agroindustria, minería, etcéteras), o a una representación del ingreso que tendrá al formar parte de una actividad económica diferente a la producción inmediata (circulación).
En este último caso, quienes reciben el precio de vender el uso de los recursos habidos (sin que por ello exista un cambio de la propiedad sobre estos) son los capitalistas (o los que fungen como tales) que pueden tener acceso a los derechos que otorgan dicho uso. Estos son sólo representaciones del capital a considerar como inversión para el usufructo de tales recursos, no el capital invertido en sí. Por el desarrollo a que ha llegado el capitalismo, acelerando la circulación capitalista, tales representaciones también reciben una renta.
Se trate de productos básicos (commodities les dicen) que sirven para elaborar mercancías de consumo final o productivo, o se comercialicen como mercancías de consumo final sólo, o de las representaciones sobre su propiedad y uso, o sobre su producción futura a base de acceder a contratos con quienes los fabrican, o se trate de otra clase de mercancías producidas o por producir (incluso, sin tener existencia cierta, como en descubrimientos genéticos, semillas modificadas, fármacos, etcéteras), la renta la reciben los que financian la transacción.
En el primer caso, cuando los recursos de la naturaleza son directamente empleados por el capitalista (o quien funge como tal) y arrienda, paga derechos de uso, etcéteras, a sus dueños reales (el Estado, una comunidad indígena, ejidatarios, pequeños propietarios, etcéteras), la renta a pagar (el precio por el uso de los recursos de la naturaleza) es la forma económica de reconocer o retribuir a los dueños el usufructo cedido al capitalista.
En el segundo caso, entra directamente un capitalista (o quien funja como tal) a poseer no la producción en sí, sino el comercio, la compra/venta de mercancías elaboradas, y sobre esta base lleva a cabo un negocio con independencia relativa de la producción y ligado a la circulación. A partir de lo anterior, y dados los desarrollos que ésta ha tenido para acelerar tanto el comercio de mercancías (distribución e intercambio), como los ciclos de rotación de capital engarzados entre sí, las representaciones del capital (y del mismo dinero) han evolucionado.
El grado de concentración y centralización capitalista tenido hoy ha facilitado poner a disposición ingentes masas de recursos de distinto origen para emplearse como capital (fondos de ahorros, pensiones, etcéteras). Con el desarrollo de la tecnificación para acelerar el comercio y el uso del dinero en sus diversas funciones (medio de pago, crédito, etcéteras) se ha potenciado al capital ficticio, quien al emplear los recursos disponibles (dinero y capital), amplió sus formas y ramas de acción en el proceso de acumulación capitalista.
Tanto en el primero como en el segundo caso en que los recursos de la naturaleza son empleados dentro del capitalismo, el capital a invertir no por fuerza es propiedad del capitalista (o de quien funge como tal), por lo que al recibir un financiamiento por el capital ficticio para desarrollar la producción y/o la circulación de los productos, pareciera existir capital financiero (confusión que hasta a nuestros marxistas mundanos les come las pupilas), cuando se trata sólo de las finanzas (las transacciones económicas llevadas con dinero o capital).
El capital ficticio emplea todas las formas de representación del capital puestas a su disposición (con mercados de dinero, instrumentos financieros, bonos de deuda, acciones, etcéteras, operando sin cesar), y de las cuales obtiene el precio de su compra/venta de la mercancía que se trate (interés, dividendo o la denominación que se le ponga de acuerdo con el instrumento empleado, correspondiente a la parte de la ganancia de que se trate), embrollando los usos de la naturaleza dentro del capitalismo.
Al hablar de una financiarización de la naturaleza con este fetiche omiten las contradicciones previas: entre producto y mercancías, entre mercancía y dinero, entre dinero y capital, entre capital industrial y capital ficticio, y al final entre plusvalía, ganancia y tipo de interés. Esto ocurre y hasta nuestros marxistas mundanos sólo miran embobados la pura apariencia de los instrumentos financieros, se les escapa que no se financiariza la naturaleza, puesto que es el capital ficticio el que hace valer su derecho a la parte de la plusvalía y renta que le toca.
El uso (el usufructo) de la naturaleza dentro del capitalismo (tanto para transformarla mediante la producción como para comerciar las mercancías resultantes, presentes y hasta futuras o inexistentes) genera la apariencia (como todo fetichismo asociado a la mercancía) de una renta desligada o bien de la propia producción capitalista (agroindustria, minería, extracción de energías fósiles, genética, biodiversidad, etcéteras) o bien como un resultado exclusivo de las transacciones económicas (financieras) empleando dinero o capital.
Algo más. Tal usufructo no genera una escasez de la naturaleza (o de cierta clase de recursos habidos en ésta) conforme a su demanda. Al ser la naturaleza como existe, los recursos están distribuidos en diferentes proporciones en la Tierra. Su uso ha ido agotándolos (por intensidad o extensión, por contaminación, porque de suyo sólo hay cierta cantidad, porque no se pueden reponer o se reponen en un lapso mayor a su consumo -como en la reforestación-, etc.) y con los desarrollos técnicos hay recursos que antes no eran utilizables.
De suyo, no hay escasez de la naturaleza, sino bajo ciertas condiciones y hablando dentro del capitalismo la disponibilidad de ciertos recursos se convierte en una fuente de negocios con rentas extraordinarias, de acuerdo con la cantidad habida y la tecnificación existente que los haga útiles para la producción capitalista (ciertos minerales o la genética adquieren importancia para el desarrollo de industrias nuevas: dispositivos electrónicos, fármacos, alimentos procesados, etcéteras).
Que existan recursos de la naturaleza en una cantidad y distribución dada los hace estar a merced del uso por el ser humano de acuerdo con la tecnificación empleada, el acceso mayor o menor otorgado por la tecnología, la necesidad generada al vivir el ser humano en la Tierra. La distorsión creada por el uso capitalista de la naturaleza es parte del fetichismo que nos lleva a ver como inherentes de las cosas, propiedades exclusivas a la actividad productiva humana y las relaciones establecidas por esta especie para crear y recrear sus formas de vida.
También hay recursos que han sido sustituidos según su uso y la tecnología para acceder a ellos, pero no por ser escasos de suyo. Como no puede inventarse a la naturaleza, ni crear los recursos que ésta ha dado para que exista la vida en la Tierra, el capitalismo la sujeta a la voracidad de su uso para obtener ganancias otorgando la apariencia de una disponibilidad escaza de los recursos, al ser demandados. La propiedad privada sobre la naturaleza abunda aquí el fetiche repetido por doquier y por quien sea.
A repetir las confusiones descritas se suman los marxistas mundanos dedicados a asesorar, acompañar, dar apoyo o estar cerca de los movimientos y organizaciones que tienen propiedad sobre recursos habidos en la naturaleza. Y ante la falta de claridad sobre tales asuntos, lo que transmiten es una confusión como la que cada mañana nos ha acostumbrado nuestro presidente: que de buenas intenciones está empedrado el camino a la transformación, pero que al final la ideología no la ocultan y hacen chingaderas sin que se lo propongan (según).
Lo que debiéramos hacer cuando nos proponemos de verdad llevar a cabo todas las acciones que están a nuestro alcance realizar (aunque sea en el plano teórico) para acabar con el capitalismo, es procurar no dar atole con el dedo. No exponer confusiones tenidas como si de conocimiento se tratara. No sustituir las conjeturas que el conocimiento nos permite extraer por ideas románticas nacidas de ocurrencias que buscan suplir nuestras confusiones. Porque eso es actuar a favor del capitalismo, aunque nos digamos rebeldes, científicos y así.






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