Por Israel

Es tanto el vacío arrastrado por los muertos de hambre con la serie de injusticias y la ausencia de libertad antes de la llegada de nuestro presidente al gobierno, que cualquier plato de lentejas tuvo repercusión colosal. Agregándole las ausencias históricas cuya memoria ha querido relegar al olvido la oligarquía, resulta entendible que una desteñida opción como el reformismo pudiera representar mucho ante lo poco recibido antes por la gente. Acaso lo haya conquistado, la opción de una esperanza fue mayor a la realidad tangible.

Ahora se puede decir, y la duda en su momento podía ser objeto de pensar que aunque fuera con un largo rodeo había camino para transformar de raíz la nación, el 2018 pudo representar un parteaguas para la bola de miserables que son mayoría en el pueblo mexicano. Pero esto está todavía en veremos. Nomás diremos algunos elementos esenciales.

Cuál fue la apuesta de nuestro presidente para no movilizar ni buscar organizar en algo más que las idas al zócalo de tanto en tanto a sus votantes. Poner en su lugar al ejército porque si no le hubiera sido más difícil gobernar. De este modo, el pez por la boca muere.

Lo peor es que muchos miserables miran con esperanza todavía una elección que nada, más que el plato de lentejas de bienestar, pondrá en sus manos si no lo toma por sí mismo. Esperar que alguno de los verdugos que se presenta a la elección represente una opción a favor de la lucha de los muertos de hambre, es como esperar que nuestro presidente hubiese dado un resultado distinto al llevar a cabo su gobierno. Fue una posibilidad (teórica), pero carecía de fundamento (o no se lo quiso dar, no pudo o no se atrevió nuestro presidente).

En qué o en dónde reside la esperanza que arrastró en 2018 a mucha gente a depositarla en la figura de nuestro presidente. La decadencia teórica y la orfandad ideológica de que ha hecho gala la lucha de los muertos de hambre en lo que va del siglo 21, tuvo un rebrote al decidir a favor del camino propuesto por nuestro presidente, quien dijo se haría un gobierno del pueblo, con el pueblo y para el pueblo. Más que nada se trató de un acto de desesperado hartazgo y deslinde de la responsabilidad, depositándola en alguien esperando hiciera algo.

La cómoda postura para no organizarse y exigirle más al gobierno que decidieron apostarle como oportunidad, ha sido palmaria a lo largo de estos años, por lo que varias organizaciones al percatarse de tal error se han dado a la tarea de exigir en este 2024 cuando fenece el actual gobierno, no porque espere de éste el cumplimiento de lo que no quiso, no pudo o no se atrevió llevar a cabo, sino para prever que en el supuesto de una continuidad el nuevo gobierno no salga otra vez con que a Chuchita la bolsearon.

No hubo más remedio que movilizar al ejército para poder gobernar, así justifica nuestro presidente el no atreverse a movilizar a los muertos de hambre que confiaron en él, para garantizar que las medidas llevadas a cabo tuvieran contundencia, lo cual no significaría cambiar la ruta del reformismo, pero al menos éste podría servir en serio para darle la oportunidad a la gente de organizarse y pelear por hacer un gobierno real en sus manos.

En los territorios, en pueblos, comunidades, municipios, una movilización así hubiese significado que el tan bendecido ejército terminara por ser útil por primera vez a las órdenes del socorrido pueblo, y no dejarlos a que en las localidades recompusieran sus acuerdos previos o nuevos con los empresarios que se dedican a negocios no legalizados. Pero nuestro presidente tuvo miedo, no quiso o no pudo, y eso fue de la mano del poco interés de los muertos de hambre por empujar a que el gobierno electo no se quedara a medio camino.

Lo que está en juego no es la mera formalidad de la presidencia de que tanto gustan hablar los sesudos analistas que hacen propaganda, buscando que los muertos de hambre no se decidan a izar un basta. Menos se trata de una disyuntiva entre votar por los morenos o no, porque este partido-movimiento (como sus ideólogos presuntuosos le llaman ante su impotencia cerebral de mirar más allá de sus narices) en lo que ha terminado es castrando cualquier iniciativa real que no sea mediatizada o manipulable por ellos.

No de balde las descalificaciones de nuestro presidente a cada rato hacia movilizaciones y organizaciones que le resultan incómodos de manejar: normalistas de Ayotzinapa, policías comunitarias, profesores democráticos, etcéteras, etcéteras, etcéteras. Si además le agregamos la castración ideológica de movimientos que en el pasado reciente eran una opción de lucha para los muertos de hambre, y la cambiaron (traicionaron, más bien) porque son más puros que el H2O (pura), tan corrosiva que no se pueden ingerir así.

De la castración hecha por los morenos, se han nutrido los prianperredistas para chapulinear y convertirse en candidatos purificados. Pero el camino inverso también se ha seguido cuando alguien de corazón prianperredista no salió beneficiario en la tómbola morena, las encuestas o algún otro mecanismo, por lo que su regreso a algún partido distinto a Morena no se ha hecho esperar. Ni como movimiento, menos como partido, los muertos de hambre han obtenido una consciencia de lucha de Morena o la llamada por nuestro presidente 4T.

Y la supuesta reorganización de la oligarquía mediante el prianperredismo es pura pantomima, pues para ésta es claro que no hay necesidad de que la continuidad del reformismo de la 4T se vea truncada. Siéndole útil a sus negocios como hasta el momento.

A diferencia de otras experiencias tenidas en América Latina en las que pese a la movilización constante de los pueblos la oligarquía ha logrado echar atrás lo poco o mucho alcanzado por el reformismo de gobiernos, en México la oligarquía ha aprendido también que no es necesario radicalizar esto fuera de una arenga ideológica, al ser más eficiente para ella un gobierno como el de nuestro presidente que además legitima sus negocios.

Que los muertos de hambre pidan queso, recibirán una autofoto (una selfi) del hueso que sus representantes disfrutarán en los lugares alcanzados mediante elecciones. Sin que cambien de fondo las condiciones materiales de la vida de los muertos de hambre, todavía esperanzados en la pazguatería de dejar en los hombros de otros lo que en sus manos no quieren tener, la falta de conciencia, el no tener una identidad como clase social que sólo tiene su capacidad de trabajo para sobrevivir, el país (y el mundo) seguirá como hasta ahorita.

Pero todo tiene un límite. No faltan los casos en que por ser cavernaria y tener el alma pútrida de fetidez y resentimiento fascista, la tentación del golpe de Estado, los esperpentos anarcocapitalistas, y otros personajes surgidos de la farándula ideológica y política de la oligarquía, asomen la cabeza esgrimiendo el garrote de represión al que les gusta recurrir. Ni sensatez o locura, la oligarquía lo que cuida son sus intereses y se puede sentir envalentonada si el reformismo se sale del guion permitido por la preservación de estos.

Sin que el pueblo coja en sus manos y ejerza el poder real en el territorio de lo que llamamos México, el carácter anecdótico prevalecerá al final del túnel abierto por una real o posible esperanza para su lucha. La llamada izquierda 4T es una vacilada de sus propagandistas que le apuestan a seguir mamando del presupuesto público como antes el prianperredé lo hacía, con el beneplácito de la oligarquía patrona de la casa llamada país.

Aunque las posturas domingueras de nuestro presidente muchas veces ya rayan en el ridículo de quererse engañar solito, la ideología de su cristianuchería reformista ha servido en lo sustancial para tranquilizar a la oligarquía. Que la economía marche y marche bien, como afirman los huérfanos mentales de la 4T, significa que los negocios de la oligarquía continúan acrecentándose pese a todo. Y las migajas dadas a los muertos de hambre, han servido para tranquilizarlos, para llenarle un poco la barriga a fin de que no chisten.

El ensoberbecimiento de la pequeña burguesía en el gobierno reformista de la 4T da para más muestras de su vacío mental, cuando algún propagandista que echa a la ciencia por delante (o sea, la tecnocracia) afirma (como vulgar nihilista) que el fascista es ante todo un fanático, y de estos los hay de derecha e izquierda. Con esta ausencia de referencias históricas (no digamos teóricas) comulgan más de uno alternativo, militante del cambio civilizatorio, rabiosos dignos (y puros por supuesto), etcéteras, etcéteras, etcéteras.

Si los muertos de hambre hacen nada para adquirir consciencia de sus circunstancias y la lucha en ciernes, dependerán de los detritus mentales a que nos está acostumbrado la revolución de las consciencias. Y no se diga la oligarquía cavernaria, esa sólo para la farándula de medio pelo muestra su chou a cada rato, en cónclaves ocurridas aquí, en la tierra madre, con olores a sionismo pendenciero, ligados al yunque, provida, los legionarios de cristo, y otros organismos de catacumba que aplaude el vacío mental de la así llamada izquierda.

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