Texto e ilustraciones por Andrea M. Garzón

Hace no mucho tiempo, en un pequeño jardín de una casa deshabitada, la gatita Mauricia, llegaba por las tardes a descansar bajo la sombra de una enorme bugambilia.
Para Mauricia era un placer recostarse al pie del árbol y presenciar la convivencia de las golondrinas, colibríes, hurracas, mariposas, lagartijas, ratones, ranas, sapos y diversidad de insectos dentro de la espesura que formaban los árboles y arbustos del jardín.

Además, cuando su hambre era muy fuerte, todo se resolvía cazando al animalito que se encontrara distraido y que, por lo general, era o un pequeño sapo o un fragil ratón.

Una tarde de verano, llegó Mauricia como de costumbre a recostarse en su lugar favorito cuando, de pronto, escuchó mucho alboroto dentro de la casa que por meses había estado sola. Todo parecía indicar que la familia, que se había ausentado, estaba de regreso.
Mauricia se inquietó un poco, pues no sabía si podría seguir gozando de la frescura de ese jardín o tendría que buscar otro sitio para tomar sus siestas vespertinas; pero, a pesar de sus temores, prefirió no precipitarse y esperar a ver qué pasaba.

Así transcurrieron varios días sin que sucediera nada que impidiera que la protagonista de esta historia durmiera a la sombra de la bugambilia.

Una de esas tardes calurosas, Mauricia se topó con Anita -la pequeña niña de la casa-; en cuanto se vieron, supo que no tenía por que temer; sin embargo, prefirió salir corriendo por si las dudas. La niña intentó alcanzarla; pero, le fue imposible: los gatitos son buenos corredores y bastante ágiles para escapar.


Después de ese primer encuentro, Anita le dejaba, todos los días, agua y comida a su nueva amiga; por su parte, Mauricia disfrutaba aún más de sus tardes en su lugar preferido.


Ambas realizaron algunos intentos para ver si se acoplaban a vivir juntas y si Mauricia se adaptaba a las reglas de su nuevo hogar. En ocasiones, la gatita se salía de la casa para dar una vuelta por los alrededores y juguetear con otros gatos; pero, luego regresaba porque el cariño que se tenían, para entonces, ya era enorme.

Al pasar de los días y las semanas, empezaron los acercamientos entre Anita y Mauricia. Así inició una hermosa amistad llena de amor y cariño. Después de varios meses de cultivar esta amistad, Anita trató de integrar a su familia a un nuevo miembro: la gatita Mauricia. Sin embargo, ella no estaba muy convencida: le gustaba su libertad y los riesgos diarios que vivía.

Pasados algunos meses, Anita empezó a notar algunos cambios en Mauricia: cada día estaba más gordita y se volvía más tranquila y cariñosa. Le encantaba pasar las tardes en las piernas de la niña acicalándola con su lengua y ronronear con ternura.


Todos los miembros de la familia empezaron a sospechar que Mauricia pronto tendría gatitos. Y así fue: una noche Mauricia buscó un lugar calientito y escondido dentro de la casa y, de forma muy valiente y sin escándalos, tuvo a dos machos y dos

hembras: uno rayado como Mauricia; otro gris con blanco; una gris oscuro, y otra negrita como la noche.
Al día siguiente del nacimiento de los cachorros, toda la familia quería conocer a los recién nacidos; pero Mauricia, como muchas mamás, cuidaba muy bien a sus crías y no dejaba que nadie se les acercara.

De esta manera, pasaron algunas semanas hasta que llegó el día en que la nueva mamá dejó que Anita viera a los pequeños. Como los demás miembros de la familia eran muy curiosos, no pasó mucho tiempo para que ellos también fueran a echarles un vistazo.


A partir de ese momento, Mauricia se dedicó a buscar nuevos escondites para sus hijos. Un día los bajaba a la sala o a la cocina y los escondía en algún rincón; otro, los subía y los metía entre los muebles. Siempre buscaba que estuvieran los cuatro protegidos y calientitos.

Cuando los gatitos abrieron los ojos y empezaron a caminar, Mauricia se angustiaba de que alguno se le perdiera; estaba muy al pendiente de tener a todos junto a ella y de que no se fueran muy lejos.


Fueron unos días difíciles para Mauricia porque era una madre muy preocupona; pero, también una excelente maestra: los enseñó a comer alimento además de la leche materna, ir al arenero y cubrir muy bien sus desechos.

Anita fue muy feliz siendo testigo de cómo Mauricia criaba a sus gatitos. Fueron días hermosos viendo cómo los cachorros descubrían el mundo y cómo se divertían retozando entre ellos.


Hasta que un día, la familia decidió dar en adopción a tres de los cachorritos porque era muy complicado que se hicieran cargo de todos. Después de algunos meses, empezaron a buscar otros hogares para los pequeños.

Así llegó el día en que se fue el gatito rayado; esa noche, Mauricia lloró y lloró desconsoladamente. Días después, se fue el cachorro gris con blanco, y Mauricia volvió a sufrir la separación. Otro día, le tocó el turno a la gatita negra y de igual manera Mauricia volvió a ponerse llorosa. Sólo, le quedó la gatita gris con la que trató de consolarse.


Por esos días, Mauricia fue llevada a esterilizar. Después de la operación, quedó muy débil y además seguía triste por sus hijos a los que jamás volvió a ver. Fue tanto su pesar, que Mauricia se marchó dejando a la niña con un profundo dolor en su corazón, pero también con un regalo de amor inmenso: le dejó a su cachorrita gris oscuro a quien Anita llamó Totoro, una gatita traviesa a la que todavía cuida y protege.


Superando sus diferencias, el cariño que nació entre la niña y la gatita fue enorme y plenamente correspondido. Mauricia permanece en el corazón de Anita, quien siempre la recuerda con profundo amor.

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