
Por Jorge Álvarez Méndez
El estudio de las teorías y de los conceptos basado en ponderar como lo más alto la lucha entre corrientes ideológicas, implícitamente descansa en el postulado de que la realidad está propulsada por la confrontación entre ideas. En última instancia, siguiendo esta línea, los conceptos crearían a la propia realidad y no serían resultado de esta al transformarse.
Bastaría con la nominación de neoliberal o liberal a una cierta conducción gubernamental para aceptar el principio rector de la libertad individual o de la libertad de mercado como ejes organizadores de la sociedad en una época. Como si la autorreferencia o referencia ya fuera suficiente para caracterizar la fase de su existencia. Al final, sólo la revisión de la narrativa o del discurso hegemónico sustanciarían hasta revelar los asideros de la lucha política, de los intereses en juego y la delimitación de las estrategias.
Es así como si al proclamarse la defensa de la libertad, ya de suyo estuviera anulado en esa mera invocación todo resquicio totalitario. Dominaría la creencia acerca de cómo la aparición de la libertad en las palabras, en el lenguaje, abjurara y declinara de todo peligro autoritario. Luchar contra el neoliberalismo, el anarcocapitalismo y el liberalismo implicaría primero y a toda costa ganar la batalla cultural, o como se ha planteado, ganar la narrativa.
Dando vueltas infinitamente en círculos la tarea de desnudar los intereses y fundamentos de la dominación pareciera titánica cuando de desentrañar los mecanismos ideológicos se tratase, ya que los dueños de los medios de información y comunicación son quienes imponen la agenda. #HayQueGanarLaNarrativa se conforma como el imperativo, disociado eso de la incidencia en la materialidad que es la organización política de quienes luchan contra el capitalismo o sin vislumbrarlo explícitamente pudieran sumarse a ese frente.
El capitalismo en crisis engendra el clima ideológico para asentar un poder difícilmente sostenido exclusivamente a través de la fuerza sin operar en simultáneo una diseminación de valores y principios de individualismo extremo, competencia destructiva, degradación de la condición humana, ambiente militarista, cancelación de derechos sociales, Estado de excepción e irracionalidad en todas sus manifestaciones. Todos estos factores son puestos en juego por el fascismo en su etapa neoliberal. La neoliberal actualización del liberalismo es el triunfo político de la apropiación imperialista de la categoría libertad para afianzar su orden en el plano material.
Se consuma así la operación histórica llevada a cabo con el liberalismo al darle a la liberación de los productores directos con respecto de su fuerza de trabajo un significado funcional a su expolio. Es el programa de la burguesía en su fase revolucionaria para presentarse como clase portadora de la libertad frente al llamado viejo régimen en Europa. Liberalismo también tuvo versiones vernáculas en países de América Latina, y desde luego en Estados Unidos, como la necesaria bandera para combatir a los enemigos del capital en el avance burgués. La universalización del capitalismo, de su dominación de clase, lo fue también de su teoría social, económica y filosófica.
El trabajo queda libremente expuesto frente al capital, sin más remedio que vender su alma y corporeidad día a día para poder vivir: no como tal trabajo, sino como mercancía-fuerza de trabajo.
Siendo como fue, la libertad del capital al subsumir al trabajo mediante el régimen salarial avanza hasta donde la clase explotada ponga límites o de plano erradique el sacrosanto derecho a la propiedad de la clase capitalista sobre los medios de producción. Igualdad-libertad-fraternidad en los albores de la revolución francesa, fue amputada de la igualdad y desde luego de la fraternidad ya en el neoliberalismo. “El trabajo libera” reza una leyenda inscrita a las puertas del campo de concentración de Auschwitz.
Pero no fue cosa discursiva, sino razón ideológica como la representación ideal de la dilución de la violencia capitalista, de su total imposición. Libertad-capitalista-occidental contra el totalitarismo-comunista-oriental funcionó como disyuntiva vital para denostar toda lucha revolucionaria.
El imperialismo extendió geográficamente la escala de las crisis. Entonces acudió a salidas sumamente agresivas para recomponer las bases del capitalismo sin el estorbo de la categoría libertad. Con el fascismo cancelaba toda narrativa de capitalismo igual a libertad como ecuación irremplazable. Se ensayaba hasta realizarla la salida totalitaria a la crisis en los ejemplos clásicos de la Italia mussoliniana y de la Alemania Hitleriana; con sus subsecuentes parangones en América Latina con los golpes de Estado. Esa fue una de las salidas temporales a las crisis del capital, porque la otra no era sino una vía democrática con una violencia dosificada (sin campos de concentración o cancelación de derechos).
Ese tránsito democrático (no fascista, sino parlamentario y republicano) era posible por las propias condiciones previas de la dominación más funcional a esa institucionalidad constitucional, que dar un golpe de mano militar, supresor de todo rejuego formal democrático: la apariencia de consenso legitimaba con más fuerza la dominación, enmascarada como democracia electoral. A fin de cuentas, estas salidas se decidían al fragor de las luchas de clases en tiempo real, sin fórmulas resueltas de antemano y de espaldas al antagonismo trabajo/capital en un escenario de formación económico-social.
En su etapa neoliberal, el fascismo ha desarrollado un intenso combate contra la clase obrera en cuanto a doblegar su organización y posibilidades de reproducción de fuerza de trabajo (es, decir de la existencia de su vida bajo el régimen capitalista). La tercera vía de Anthony Blair en Reino Unido selló la deriva socialdemócrata en aras de la ultraderechización europea, por obra del Partido Laborista de espaldas a su golpeada base social sindical. Ese elemento es plenamente compartido por el fascismo: cercenar toda organicidad de la clase obrera para acuerparse frente al capital en lo económico de primera instancia, que lleva al límite con la esclavitud del trabajo en los campos de exterminio.
Según uno de los economistas fundamentales de la escuela austriaca, Friedrich Hayek, comulgan comunismo y fascismo como ideologías totalitarias al oponerse al ejercicio de la libertad individual intrínseca al ser humano. En su conocido manifiesto político, hace esfuerzos artificiosos para establecer los elementos compartidos para llevar al género humano al camino de servidumbre.
Se trata de exposiciones ideologizadas fuera de toda investigación de fundamentos históricos en el desenvolvimiento del capital, de sus relaciones de explotación y denominación.
El núcleo material de dominación de clase es el factor común que revela al neoliberalismo como una etapa del fascismo, que no sólo les prepara ideológicamente el terreno actual a las fuerzas políticas de ese signo. Lo hace fértil porque su centro de mando es el del capital financiero y de los monopolios como revela el desarrollo histórico desde los años treinta del siglo pasado a la actualidad. Ahí, las banderas, las consignas, sus representaciones políticas, el propio imaginario encuentran su real dureza de clase en la consolidación de los monopolios durante el imperialismo.
Se resquebraja el pretendido antagonismo liberalismo-fascismo, libertad-totalitarismo. Capital financiero y monopolios son el núcleo de poder del fascismo en su fase material como veremos.






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