Texto y fotografías por Andrea M. Garzón

Como cada domingo de los últimos tres meses, Fina se levantó temprano para arreglarse y cumplir con la actividad que le recordaba, cada semana, lo que había ocurrido; contestó el teléfono y después de terminar la llamada, frente al espejo empezó a peinarse; los recuerdos acudieron a su mente y, como en una película, vio cada detalle de ese fatídico día.


Fotografía proporcionada por la autora

Transcurría el verano de 1965 y Fina, como todas las mañanas, se levantó muy temprano para desayunar y alistarse para atender el próspero negocio que entre ella y su marido habían levantado. Se había casado con él, en una sencilla ceremonia religiosa, tres décadas atrás, después de que Ismael se la robó cuando apenas era una niña de 13 años mientras que él ya rondaba los 23.


Fina salió a la calle y caminó el par de cuadras que separaban al negocio de su casa. Al pasar frente a una mueblería, escuchó la voz femenina que salía de un radio de transistores y cantaba: Bésame, bésame mucho… Cuando llegó a la esquina donde estaba el local, pudo ver el letrero que decía “Funerales La Guadalupana”; con una mueca en el rostro, apretó el paso y llegó frente a la vidriera del establecimiento desde donde se podían ver varios ataúdes de diferentes tipos: algunos forrados de tafeta gris, otros de tela blanca, los menos sin forrar mostraban una capa de brillante barniz que recubría las finas maderas de los cajones.

Al entrar al establecimiento, uno de los empleados le dijo:

—¡Buenos días patrona! Acaban de solicitar un servicio. Ya se fueron los muchachos por el cuerpo; la señorita María José ya está adelantando el papeleo para que cuando venga el patrón, esté todo listo.

—¡Gracias Miguel, buenos días! —respondió ella con un dejo de nostalgia.

En los más de 33 años de estar casada con Ismael habían pasado juntos situaciones duras y maduras. Al principio de su matrimonio, la situación económica fue difícil: hubo días en que apenas si tenían para comer; pero, con mucho esfuerzo y trabajando codo a codo, lograron poner un pequeño negocio funerario que poco a poco fue prosperando hasta convertirse en el número uno de su ciudad y la región.

Después de los primeros años de matrimonio, ella le había aguantado un sin número de infidelidades con varias mujeres: desde prostitutas, viudas, madres solteras hasta “respetables” hijas de familia como era el caso de Esther, la actual mujer de su marido a la que ya le había puesto casa y con la que pasaba varias noches a la semana, a pesar de la desaprobación del respetable padre de la muchacha.

Fina no había podido tener hijos; cada vez que brillaba una luz de esperanza, ésta moría tiñendo de púrpura su intimidad. Como no es difícil imaginar: Ismael se la pasaba reprochándole que en su hogar no se escucharan las risas y los llantos de los hijos propios. Vale la pena aclarar que, en la casa de la pareja, siempre había alboroto originado por la muchachada que formaban los hijos e hijas de las seis hermanas de Fina y que se pasaban largas temporadas en casa de la tía, ya sea porque querían estudiar o trabajar y, encontraban en la mujer el amor maternal y la generosidad económica que necesitaban.

 Ese día Ismael llegó poco después de media tarde y con aire de autosuficiencia saludó a sus empleados.

—¡Buenas tardes! ¿Ya llegó el cuerpo que fueron a traer a Cuyuaco? —cuestionó con voz ronca.

—No don Ismael —respondió Miguel—. El camino ha de estar muy feo por las lluvias.

—Mmm, estaré en el despacho —dijo con cierto enfado—. Avísame cuando llegue.

Ismael entró a la oficina y encontró en ella a su esposa.

—¿Qué hace aquí señora? —preguntó malhumorado—, ya le he dicho que ya no venga; quédese en su casa.

—Ahora si quieres que me quede en casa, ya que trabajé tanto o más que tú para levantar este negocio —protestó ella con voz entrecortada—. Ni modo, ahora nos aguantamos los dos o acaso crees que solo tú te sientes incómodo con mi presencia; a mí también me das asco, eres un viejo promiscuo y pervertido; te ves ridículo al lado de esa mujer que podría ser tu nieta.

—¡Cállate mujer! —gritó él con furia—. Tú te viste más ridícula y patética con ese gigolo.

En respuesta, ella salió de la habitación y se dirigió al patio trasero del establecimiento. Ahí sus recuerdos empezaron a atormentarla: cinco años atrás, había tenido una aventura amorosa con Fidel, un abogado y funcionario del ministerio público que, en ese entonces, tendría como 35 años.

 Desde que Fidel conoció a Fina quedó impactado por su particular belleza: la noble personalidad de la mujer enmarcada con unas facciones delicadas y unas curvas que le recordaban a María Antonieta Pons lo habían cautivado. Fidel, al igual que todas las personas relacionadas con la funeraria, sabía de la enorme lista de mujeres que el dueño del negocio se jactaba de tener.

Un 12 de diciembre, en el tradicional baile anual con el que celebraban un aniversario más de establecida la funeraria, Fidel sacó a bailar a Fina y le habló de amor. Después de este primer intento, hubo varios más para convencer a la mujer de que él sí la amaba, no como su marido que cada vez era más descarado en sus aventuras, atreviéndose a dejarse ver con su conquista en turno por las calles cercanas a su domicilio y negocio. Fina en un principio se sintió ofendida con la proposición, pero como fue transcurriendo el tiempo, consideró que aceptar al abogado sería una buena forma de vengarse de tantas humillaciones.

Sin embargo, esa decisión la había llenado de culpa y de los reproches de Mela, su hermana menor, quien siempre le decía que, si ahora Ismael pasaba varias noches fuera de casa era por la osadía de haberle faltado.

 La voz de Miguel la alejó de sus pensamientos:

—Patrona, dice don Ismael que como ya es muy tarde, nos podemos retirar —dijo la voz del hombre con cierto entusiasmo—. Que él se va a quedar a esperar el cuerpo y que usted también ya se vaya a su casa.

—Está bien Miguel, muchas gracias —contestó Fina con nostalgia—. Dile al señor, por favor, que también yo me retiro.

—Si patrona, ahorita le digo —le contestó Miguel—. Que pase buenas noches.

Empezaba a oscurecer y después de haber pasado un buen rato en el patio de atrás, Fina entró a la tienda y vio por debajo de la puerta del despacho de su marido, la luz que indicaba que ahí estaba. Había decidido irse a su casa; las cortinas del establecimiento ya estaban bajadas, solo quedaba abierta la pequeña puerta de vidrio a través de la cual, reconoció la figura de Esther que estaba parada en el quicio de una puerta de la acera de enfrente; en ese momento no supo qué hacer.

 Esther cruzó la calle y tocó tres veces el timbre del establecimiento como era lo pactado, después de pasados unos minutos, Ismael con una sonrisa en los labios apareció y le abrió la puerta.

—¡Pasa cariño! —exclamó él con voz melosa—. Ya se fueron todos.

—¿Cómo?, ¿ya no hay nadie? —dijo ella en actitud de reclamo—. Pero si vine por ti para que nos vayamos a casa, ya sabes que este lugar no me gusta y me da miedo estar aquí.

—Estoy esperando un cuerpo, corazón —contestó él cariñosamente—. En cuanto llegue nos vamos y dejo a uno de los muchachos a cargo. Mandé a todos a sus casas porque aquí estaba la señora.

—¿Hasta cuándo va a seguir esta situación Ismael? —dijo ella enfadada—-. Estoy harta de andarme escondiendo; tú me dijiste que en el viaje a Acapulco ibas a terminar con esta situación y mira, de eso ya tiene varios meses y nada.

—Ya te he repetido varias veces que en ese viaje no pude hacer lo que te prometí —exclamó con fastidio—. Siempre que tuve la oportunidad de ahogarla y que todo pareciera un accidente, llegaban sus sobrinas y no se le despegaban.

—La culpa es tuya —dijo ella—. Siempre jalas a todas las sobrinas de la señora.

—No te preocupes —replicó él—. Estoy por conseguir una sustancia que no deja rastro y con la cual eliminaremos a la vieja; pero, todo a su tiempo y con calma para que salgan bien las cosas.

Esther iba a continuar con sus reproches cuando escuchó un lamento junto con algunos crujidos que le parecieron venían de ultratumba, como si todos los ataúdes se hubieran sincronizado para rechinar. Sintió un sudor frío que le recorrió la espalda y los vellos de sus brazos se erizaron de terror. Realmente, a ella ese lugar le daba pavor, así como todo lo relacionado con la funeraria.

Para su mala suerte, un apagón de luz, como los que de manera frecuente ocurrían en la ciudad, le siguió a los sonidos de la madera y, un viento frío se coló por debajo de la puerta. Ismael presuroso trató de tranquilizarla.

—¡Amor, no tengas miedo! —dijo con voz protectora—. Voy por unos cerillos a mi despacho.

Esther llena de pánico vio las sombras de la noche como horrendos fantasmas que cubrían el establecimiento; escuchó los latidos de su cada vez más acelerado corazón; de pronto, volvió a percibir una especie de llanto que parecía salir de las profundidades de la tierra. En ese momento, un sudor helado le recorrió todo el cuerpo, empezó a temblar sin control y un sofocamiento le oprimió el pecho.

Cuando Ismael regresó con un candelabro y una vela encendida, hizo una broma.

—¡Buu!, el muerto —dijo imitando una voz entre tenebrosa y divertida—-. Ja, ja, ja, ya traje una vela.

Pero su joven amada no le contestó, tenía las manos crispadas a la altura del corazón y los ojos abiertos, casi desorbitados. Él no reaccionó rápido, por un momento creyó que ella estaba jugando.

—Esthercita, ya está bueno de bromas —dijo mientras ponía el candelabro sobre una de las mesas—. No me quieras asustar.

Pero Ismael conocía perfectamente cuando una persona dejaba este mundo, a eso se dedicaba desde hace muchos años; le tomó el pulso y aterrorizado se llevó las manos a la cabeza. De inmediato, regresó a su despacho para tomar el teléfono.

 En medio de la fría y lluviosa noche, Fina caminaba por las sombrías calles que la separaban de su casa; estaba asustada, todavía los acontecimientos recientes le daban vueltas en la cabeza y sentía que en un momento a otro iba a desfallecer. Un cúmulo de emociones se agolpaban en su pecho y las lágrimas rodaban por su rostro. Cuando llegó a su casa, como siempre, la muchachada salió a recibirla.

—Otra vez se fue la luz tía —dijo uno de sus sobrinos—. Ya iba a ir a buscarte.

—¿Ya cenaron? —preguntó ella con actitud distante—.

—Te estamos esperando —contestó su sobrina María José.

—Cenen ustedes, me voy a dormir porque tengo un dolor insoportable de cabeza —contestó Fina—. Cenen y se van a dormir; no se desvelen, por favor.

 Al otro día, Fina despertó con los nervios de punta. En el desayuno, les comentó a sus familiares que se sentía indispuesta para ir a la funeraria. La mañana transcurrió lentamente y fue hasta la tarde cuando leyó en el diario vespertino el siguiente titular:

Jovencita menor de edad muere de manera extraña en conocida funeraria de la ciudad.

Fotografía proporcionada por la autora

Las campanas de la iglesia la volvieron a la realidad, si no se apresuraba volvería a sonar el teléfono. Sabía muy bien que no quería ir: sentía pena por ella yendo cada semana a visitarlo y también tristeza por él al verlo convertido en un guiñapo pagando por la muerte de Esther y, de manera irónica, por el crimen que no llegó a cometer; su dinero había valido poco ante el poderío de la familia de la muchacha. Sin embargo, se sabía liberada; la de hoy sería la última visita que le haría; le avisaron, a primeras horas de la mañana, de la misteriosa muerte de su marido que ocurrió en el transcurso de la noche.

 

 

 

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