Por Israel

Toda noción que tenemos de uno es inventada y nos permite identificarnos con lo que llamamos propio para distinguirnos de los demás. Lo que no es propio de uno, lo ajeno, tiene relevancia para afirmar o modificar lo que uno se inventa para sí, con lo cual se identifica y que nos distingue. Pero tales inventos o construcciones (como gustan ser nombradas) son, surgen, se van creando y modificación siempre en un contexto específico. Así sucede con lo que atañe a uno y lo que atañe a todos.

En el caso de las naciones como se conocen hoy fueron el invento de la delimitación que realizó el capitalismo y sus dueños para definir los territorios en los que manda y lleva a cabo la explotación de sus trabajadores. Esto no se reduce a los límites geográficos, de lengua, religión, tipo de gobierno y Estado con que una población se identifica y por lo cual se convierte en el soberano, esto es, en quien ejerce y posee la autoridad suprema (máxima o de última instancia) y sin depender de otros. Para esto, desde luego, debe haber recursos.

Cuando la burguesía se reparte los territorios y la población, los recursos y demás elementos que los constituyen para emplearlos en su provecho, no lo hace sin entrar en pleitos entre sí. Las guerras, la conquista, el colonialismo, son formas que emplea en este proceso y mediante el cual va configurando lo que son los mercados para sus mercancías y su capital. Las personas que habitan en sus territorios o bien se incorporan a la economía que se va desarrollando o bien quedan en su periferia o excluidas, dado el caso.

A la par la burguesía genera la narración o el relato (como gustan nombrarlo) que justifica la construcción de su nación. Se van colocando los símbolos, las imágenes, se retoman tradiciones, costumbres, valores que se arrastran en un proceso donde se superponen elementos que a veces incluso son excluyentes entre sí, para darle un cuerpo relativamente sólido, consistente en lo que se está buscando (hacer creíble una nación como identidad que sea distinguible) y con lo que de fondo conduce este proceso.

Los ríos subterráneos que van moldeando las rutas seguidas a la luz de nuestros ojos se resumen en hacer creíble, aceptable y adoptable la situación de facto en que una parte de la población (que al identificarse por los intereses comunes tenidos entre sí y el papel jugado en la producción social), puede arrebatar al resto la propiedad sobre los recursos con que se cuentan para llevar a cabo la economía. De la posesión o el disfrute de tales recursos, es decir, de su empleo mediante el trabajo, se encargará el resto de la población.

Porque al poner en acción los recursos habidos los productos del trabajo no le pertenecen a quien los elabora, sino a los dueños de lo que se empleó para realizar esta transformación, a quien no cuenta más que con su capacidad para efectuar ese trabajo el fruto que queda en sus manos (en teoría) debe alcanzar para satisfacer lo que necesita y asegurar la descendencia que ocupará su lugar en un momento posterior.

Qué sucede en la nación que llamamos México y con la que nos podemos sentir identificados cuando (por distintas razones) la debemos abandonar, si su construcción mental, conceptual, cultural, ideológica, es decir, la narrativa o relato con el que se nos ha enseñado que somos mexicanos y la nación nos pertenece. Como en cualquier otro país de Latinoamérica (y en otros lugares de la Tierra, con sus especificidades) propendemos a tenerle cariño a nuestra nación porque nos sentimos atada a lo que idealmente nos representamos de ésta.

Y ese sentimiento (que algunos llaman patriota) nos llena de orgullo hasta para, dado el caso, ofrecer la vida por lo que consideramos una expresión de amor a la patria. La ofrenda que llega a representar el hacer sagrado (sacrificar) el acto de morir por nuestra nación o patria, atraviesa no sólo la construcción emblemática de sus símbolos, imágenes, valores. Si bien nociones como éstas se han modificado a lo largo del tiempo, es con la llamada época actual (capitalismo) cuando ha cobrado formas excelsas para embaucar a la gente.

Puesto que legitimar entre las personas una situación de facto que patentiza la violencia normalizándola, cuando la noción de patria o nación tienen una esencia distinta a las de un momento o época anterior, estar dispuestos a morir por tales nociones puede ser un fuerte impulso para la lucha (ejemplos: ¡luchar por la patria o morir por la libertad!, ¡patria o muerte, venceremos!). Así lo han entendido los grupos de la burguesía al pelearse mercados, recursos, población, capital, al constituir su mercado mundial: la Tierra, un bocado para apropiárselo.

Y como construye su nación la burguesía es disputando la batuta a las clases sociales precedentes en todos los ámbitos posibles del mundo terrenal. Porque el carácter místico, mágico, mesiánico, religioso prevaleciente en las relaciones anteriores como divisa para darles sentido, fue echado por la borda por los capitalistas según las circunstancias que enfrentaron. De acuerdo con éstas, en no pocos casos se retomó hasta la justificación religiosa y hasta reivindicaciones de carácter social con tal de darse y dotarle de legitimidad a su nación.

Si del carácter de resurrección religioso tenido antes del México independiente (por ejemplo) se pasó a una resurrección de una nación a la que se negaba su propia capacidad de tutela, hoy la resurrección de la nación mexicana contenida en la Constitución (el espíritu social del contrato fundacional del llamado México moderno), adquiere noción teórica en el humanismo mexicano, el rescate de las raíces prehispánicas, la grandeza de la trayectoria política de los hombres que forjaron a la nación.

Al carecer de identidad propia la pequeña burguesía se arropa reivindicando un resurgimiento, la resurrección del espíritu original de carácter social contenido en la Constitución del 17. Esta narrativa con que se reinventa (según) al México después de la pesadilla neoliberal (sic) viene a esgrimirse como justificación para cualquier medida que se tome. Incluso las más polémicas que ha llevado a cabo el gobierno de nuestro presidente, son bendecidas con el agua de la pila bautismal llamada humanismo mexicano.

Puesto que la pequeña burguesía en el gobierno nacional de México abraza las nociones e imágenes forjadas en los combates con que se parió la nación moderna (capitalista), en los que la burguesía le roba las demandas a los muertos de hambre para erigir su propio marco ideológico, al resurgimiento de la nación ha seguido arrebatarle la iniciativa a los falsificadores del relato que nos da sentido de conjunto. Esta ha sido la batalla diaria de nuestro presidente para inventarse el mundo ideal del humanismo mexicano (o pejelandia, dicho al vulgo).

Pero lo mismo hicieron los llamados neoliberales sólo que aduciendo de manera descarnada al individualismo, el entreguismo a gobiernos extranjeros, la privatización y otras referencias para darle carácter de teoría a su razón ideológica. Tanto los neoliberales como nuestro presidente inventaron una explicación para lo que han hecho. Pero así es como se construye la nación en la que hemos vividos. Si algo ha cambiado en las referencias antes y después de la llegada de nuestro presidente al gobierno nacional es en el sueño propuesto, ofrecido.

Para que la narración sea creíble debe plasmarse en los hechos. A eso se ha dedicado el gobierno de nuestro presidente a fin de poner en las manos de muchos muertos de hambre las migajas del presupuesto con slogan de bienestar. Y la creación de infraestructura es una manera de impulsar los negocios capitalistas porque emplea en proporción a muchos trabajadores. Otras medidas más se orientan en este sentido, pero ninguna, por mínima que sea, está orientada a terminar con el capitalismo como modo de producción.

No hay que engañarse, el pleito que se ventila en México no es entre distintos proyectos de nación, que se digan estén contrapuestos de raíz. La disyuntiva entre socialismo y capitalismo no aparece por ningún lado ni arriba ni abajo del escenario social, histórico o político de las luchas de los muertos de hambre. El pleito de nuestro presidente contra los llamados conservadores es su invento para desmarcarse y al mismo tiempo matizar lo que recoge del llamado neoliberalismo. Y los muertos de hambre sólo son espectadores.

Los muertos de hambre organizados tampoco tienen ante sí la disyuntiva entre capitalismo y socialismo, porque si acaso lo más que enarbolan es la llamada autogestión, el cooperativismo y otras opciones que les permiten juntar recursos para potenciar satisfacer necesidades, pero no acabar con el capitalismo como modo de producción. Carece de sentido quererse engañar encontrando algo que ataque el corazón del capitalismo en luchas que están muy lejos de tal propósito.

Emplear todas las formas posibles para luchar contra el capitalismo pasa por la pregunta de qué hacer con gobiernos reformistas o de la pequeña burguesía gradualista que sólo reparte apoyos, al redistribuir el presupuesto público. Y no sólo como en el caso del de nuestro presidente que genera inmovilismo entre los muertos de hambre al darles una narrativa de nación ajena a ellos (por ser ajena a sus intereses) que los confunde y adormece. La falta de crítica al respecto salta a todas luces.

Y es que eso de esperar que la manida democracia se dará en una sociedad donde la burguesía está acostumbrada a realizar fraude de todo tipo para sacar adelante sus negocios, resulta tramposo. No sólo por lo falso de esa idea (las mentiras y calumnias habidas contra nuestro presidente lo demuestran) porque no puede haber eso entre gente que en la práctica carece de los mismos derechos, sino porque la burguesía en el país que llamamos México se ha constituido a mansalva empleando el saqueo y el robo, como en cualquier otro lugar.

Que se haya extendido e intensificado el individualismo es porque la batalla contra el ser humano la ha ganado el imperialismo empleando nuevas armas (la internet es una de éstas). La carencia de referencias con que nos han llenado por todos lados incluso aburguesa las luchas de los muertos de hambre. Mientras más edulcoradas sean tienen más aceptación. Quienes siguen hablando de clases sociales y la lucha entre ellas como escenario donde se moldea nuestra actividad diaria, son trasnochados, ochenteros, sesenteros, anquilosados.

Y de parte de los intelectuales que copan los espacios en todos lados, hasta se inventan la jalada de que hay un arriba y un abajo para evitar el (como dicen) lugar común de las clases sociales, como si eso cambiara las diferencias reales habidas en los humanos entre los dueños de capital y quienes sólo puede vivir de su capacidad para trabajar (si encuentran quienes lo empleen para explotarlos). Esto cunde de diversa manera en los muertos de hambre que se organizan porque sus intelectuales tienen el cerebro metido en vivir de manera acrítica.

Lo que hace al humano ser humano es ahora el respeto al individuo, a la singularidad de la persona, al capricho de ser lo que sea, incluso a los problemas mentales de cada quien tan sólo porque mientras más individualista se es más problemas nos atormentan. Este individualismo extremo se vuelve una psicosis en la que hay que hallar ahora la terapia que a cada uno le amolda, para estar en paz con el universo y con uno mismo (sic). Sobre esta base se da la inanición del carácter social del ser humano que hace al humano ser lo que es.

El individualismo exacerbado es base para rejuvenecer los pútridos ánimos e ideas del fascismo, cuya referencia a lo nacional adquiere connotación de defensa de una patria que nada tiene que ver con las luchas de los muertos de hambre. La nación para estos últimos no existe, pues da lo mismo ser explotados en la tierra de uno que en cualquier otro país. Sólo lo que pueden realizar con sus manos marcará sus propios pasos. Por eso si los sueños de los muertos de hambre están contenidos en las dádivas dadas por el reformismo, estamos jodidos.

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