
Por Israel
Se podrá pensar que si un día los muertos de hambre se levantan en armas y al siguiente dicen, pues siempre no, pero sigo con coraje, esperar que se continúen la lucha armada es tanto como pedir su aniquilamiento. Porque las condiciones cambiaron, porque la fuerza de la organización armada menguó, porque la traición corroyó la moral de los combatientes, por esas y otras razones que puedan enunciarse. El hecho es, sin embargo, que la responsabilidad por asumir tal o cual decisión es de los mismos muertos de hambre.
Cierto o no lo anterior, la desaparición de las organizaciones político-militares que tuvieron presencia en México en la segunda mitad del siglo 20 no condujo a desaparecer las causas que las parieron. Y si bien en algunos casos perdura la continuación de esta clase de lucha con distintas siglas y diferencias en los planteamientos, las circunstancias materiales que han prevalecido en el capitalismo al modificarse abren nuevas posibilidades, pero en esencia continua prevaleciendo la explotación original y cada vez más violenta.
Es un rosario largo el recuento de causas de distinta índole que provocan la radicalidad de las luchas y organizaciones de los muertos de hambre, o que dicen luchar en apoyo, para encausar o representarlos. Discutible como todo puede ser este matiz último, porque la autenticidad de la lucha que se emprenda por hacer todo lo más posible por acabar con el capitalismo no es como un registro de autor, sólo los hechos y no las palabras pueden hablar por lo que se reivindica en cierto discurso.
Que las condiciones hayan cambiado entre el capitalismo de la segunda mitad del siglo 20 y el tiempo actual, se puede referir esto a lo material como a lo que es subjetivo. Que hubiese en aquella época referencias colectivas o gregarias, de luchas en común y comunes y planteamientos por hacer todo lo más posible para acabar con el capitalismo, que de una u otra manera el imperialismo ha destruido, menguado o desvirtuado, es un saldo innegable al que se enfrenta cualquiera que intente organizarse para hacer una lucha.
Para los medios y formas, lugares y mecanismos a emplear en el camino anterior, también cuenta que el capitalismo y sus dueños han aprehendido a defenderse. Aplastar insurrecciones, justificar matanzas, desmovilizar luchas, cooptar movimientos, comprar integrantes de organizaciones y hasta subsidiar luchas que le son funcionales, son algunas de las múltiples maneras que el imperialismo ha desarrollado para administrar las inconformidades que ha encontrado desde que el capitalismo impera en el mundo.
Que los muertos de hambre no aprehendan de esto, es algo que en algunos casos puede afirmarse dado que se carece de un medio que sirva por infalible para garantizar la transmisión de conocimientos y experiencias desarrollados en sus luchas. La formación política se ha reducido en muchos casos a la comunicación de lo que se hizo y su alcance. Cuando se trata de replicar que el objetivo es asumir un planteamiento, ha sido escaso el resultado debido a que la acción masiva de la formación está regida por el capitalismo.
Que los muertos de hambre puedan por sí mismo obtener sus conclusiones acerca de las circunstancias en que se encuentra y el mundo que lo rodea, conlleva a acceder de alguna manera a cuando menos un método para conocer y una definición de lo que hará con lo que obtenga. Porque de no haber propósito para el conocer y una manera para construir esto, la simple réplica de razones salidas de los intestinos (por corajudas que sean) o de ocurrencias (por carecer de análisis previo) encallan en repetir esquemas mentales preestablecidos.
El marco de pensamiento al que pueden acceder los muertos de hambre es el que les permite e impone el imperialismo. Destruir lo anterior (al menos en la teoría y en la acción concreta de la lucha que emprenden) se fragua de manera continua, consistente y buscando que las conclusiones a las que se arriban les permitan una mejor y permanente toma de consciencia, cada vez más a fondo, de la realidad en que se encuentran (su realidad). Esto no quiere decir, por tanto, que tales elementos de su realidad sean los únicos o válidos.
Alfraguarse el conocimiento de su realidad (y en este sentido es como un trasnochado decía que el conocimiento es un instrumento de lucha) ésta va cambiando porque se van descubriendo causas y efectos, posibilidades y medios para actuar. Sobre todo esto último se considera central porque todo el conocimiento que se genera es actuación a la vez, no sólo hacia el exterior de la lucha u organización de los muertos de hambre, sino hacia el interior para depurar y enraizar cada vez más las convicciones de un planteamiento.
Por eso cuando uno escucha que dicen los super revolucionarios que hoy como hace 30 años (o hace 100, o hace 500 años) están solos, cualquiera con un poco de dignidad que no es igual a soberbia (ésta es el orgullo de los pendejos, diría alguien claridoso) pensaría que nadie (absolutamente nadie de los muertos de hambre fuera de los super revolucionarios consigo mismos) ha sido solidario con su lucha.
De ser cierto que esto último sea del modo dicho, hasta dónde son las condiciones existentes las que imponen este resultado, y hasta dónde el propio actuar fantoche de super revolucionario ha alejado al que sea que haya buscado ser solidario con ellos, nomás porque no se apega a lo que los super revolucionarios quieren que se haga, es un asunto que le puede interesar analizar al que quiera que le llame la atención deslindar algo en este aspecto.
Nadie posee la llave para abrir el cofre de la verdad absoluta. Pero si alguna verdad hay en el asunto aquí tratado, cualquiera se puede imaginar que si del modo descrito se comportara un pueblo como el cubano (por ejemplo), que ha dado muestras ingentes de generosa solidaridad a diversos pueblos del mundo, sin esperar nada a cambio, antes que los super revolucionarios la cátedra de cómo hacer la revolución que a mí nomás me gusta debería pertenecerle a los de la isla.
Nadie nace por otro, como nadie se muere en lugar de alguien más (o sí tal vez). Nacemos solos (aunque acompañados de algún cuate, gemelo y así, el hecho no cambia) y solos nos morimos. En el nacimiento y la muerte nadie nos sustituye (o sí tal vez). El nacimiento de cada quien le pertenece a uno, así como su muerte. De este modo la victimización de que estamos solos como hace 30 chorromil años, la verdad es pura pose.
Otra cosa es que por diversas razones propias y ajenas, de acuerdo con lo llevado a cabo por los muertos de hambre y lo que es la llamada realidad, ellos en su luchar de cotidiano puedan generar solidaridad por parte de otros muertos de hambre (y no sólo de ellos) para ampliar esa su lucha. Pero eso es una cosa distinta a quererse victimizar con el martirio de que yo y solo yo (o nosotros, que para el caso del razonamiento es el mismo resultado) somos los que afrontamos con nuestro pecho las consecuencias por las palabras que decimos.
¡Si Juan Charrasqueado viviera, con ellos estuviera!, se puede decir. Hace algunos ayeres al realizar teatro callejero parte de una obra fue recorrer calles del centro de pipolandia cargando un ataúd y con la cara pintada de blanco. La consigna era: ¡no estamos locos, teatro experimental! Al día siguiente en noticieros y periódico salimos a relucir como procesión satánica recorre las calles habitadas por los pipopes.
Las luchas de los muertos de hambre pueden marchar solas porque las condiciones sean así, pero sobre todo (viendo hacia dentro la lucha que se trate) por la pericia que ellos encuentren para no dejarse aislar y que el ego no les gane bajo ninguna circunstancia. Es decir, vigilar que en individualismo que impone y riega el capitalismo a cada rato por todos lados como su ideología, no corrompa el espíritu ni el pensamiento (pongámoslo de este modo) de la lucha y organización de los muertos de hambre que se trate.
Cuando caminamos en procesión gritando ¡no estamos locos!, no era sintiéndonos únicos, con el ombligo en la espalda, sino confirmando que era una locura hacer teatro en la calle en un lugar tan reaccionario, donde hasta los muertos de hambre son pipopes y se avergüenzan o reniegan de su (posible o real) origen indígena. No nos sentíamos Juan Charrasqueado por el atrevimiento al irrumpir en el llamado orden público con una irreverencia de este tipo, y la incomprensión por ignorancia de los reaccionarios al llamarnos satánicos era esperable.
Los muertos de hambre no son tontos. Puede actuar como tales y convertirse en redomados alcornoques a base de querer anteponer al individualismo como ideología imperante en el capitalismo otro (que se supone) distinto, de coraje y soberbia. Aunque en esencia abreven de la misma cloaca individualista y no se den cuenta, por el ridículo ensoberbecimiento en que estén sumergidos, lo que es, es y salta a la vista. Con las armas melladas del capitalismo no se logra hacerle ninguna grieta a éste.
Y la ternura que sea de una lucha de los muertos de hambre (permítanos el respetable el abuso del ego super revolucionario que insufla nuestros ánimos) puede motivar auto denigrarnos cuando confundimos los conceptos. Por ello la guerra o lucha armada no es el fin, como tampoco el estar enojados y con odio encumbrado en pedestal de genuinidad, sintiendo tener el ombligo en la espalda. Hacer todo lo más posible por acabar con el capitalismo no se sujeta a una y única forma de lucha.
El fin último no es llevar a cabo la lucha armada o rebelión, el levantamiento de las consciencias civiles y políticas pronunciadas. Como medio, los muertos de hambre deciden aplicaro seguir caminos que las circunstancias les permiten y su voluntad les hace impulsar. Si no se considera la toma de consciencia al respecto por más furia que se acumule el resultado al final se desdibujará sin remedio, no sólo por confundir conceptos, sino porque lo que impulsa actuar carecerá de raíz en convicciones claras. La convicción se construye sin alardes.






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