
Por Israel
Mientras el salario representa lo indispensable social y dado en la historia por la lucha de clases (sin que sea lo necesario) para que se mantengan el obrero y su familia, a fin de que la reposición de la fuerza de trabajo consumida mediante la explotación capitalista continúe, la burguesía se apropia del resto del valor de las mercancías. El límite inferior del salario (en los hechos), es lo indispensable del valor en las condiciones dadas en una sociedad, para que el trabajador pueda repetir el proceso de producción encada jornada laboral.
Pero como las necesidades son crecientes en el capitalismo y, a raíz de la separación del obrero respecto de las condiciones de trabajo (y cada vez más esto busca refrendarlo el patrón por todos los medios posibles), las fuerza sociales con que se cuenta para producir adquieren un empuje inusitado. En consecuencia, que las mercancías no puedan realizarse en la circulación implica, al menos, la posibilidad de destruir capital (y valor) materializado en cosas, acarreando múltiples problemas para la propia reproducción capitalista.
Los tontos ven un determinismo económico (según) en estos mecanismos que condicionan la reproducción capitalista, con su ciclo de capital D-M-D’ como eje, y su impacto en el desarrollo extensivo e intensivo del modo de producción capitalista. Los más tontos incluso dicen que las fuerzas sociales para producir si bien son incontenibles en el capitalismo, no son lo que conduce la posibilidad de un cambio de su ruta o de su proceso de transformación que vive. Mucho menos la posibilidad de un proceso de revolución para acabar con éste.
Que los mecanismos sean como son no implica que la subjetividad de que están preñados carezca de importancia. Si un capitalista en la competencia con otro que tiene la misma masa de inversión en una rama de la industria común, otea elementos que le indican los llamados problemas del mercado para realizar su mercancía, procurará obtener ventajas, prever consecuencias, establecer trampas de todo tipo. De ser posible, allegarse de información que le otorgue ventajas respecto de ese o cualquier otro competidor.
Y lo mismo hará respecto de sus trabajadores o del resto de las clases sociales que de una u otra manera pongan en peligro la marcha de su negocio. Porque para una comunidad, pueblo o grupo de muertos de hambre que tome un poco de consciencia respecto de las condiciones materiales, sociales e históricas en que se encuentra, se abre la posibilidad no sólo de lucha con un sentido específico, sino de recibir la reacción o respuesta correspondiente por parte de los capitalistas, de su Estado o gobierno.
Incluso el desaliento o incomprensión que puede recibir dichos muertos de hambre cuando se organizan a partir de la consciencia que van adquiriendo de parte de otros tan muertos de hambre como ellos o más, resulta de cómo operan esos mecanismos que determinan el funcionamiento de la sociedad dirigida y dominada por los capitalistas. La ideología dominante hoy está centrada en el individuo, de ahí su denominación de individualismo. Y éste adquiere tantas maneras que denunciarlas resulta hasta un atentado para los bien pensantes.
Por lo común estos últimos adquieren para sí los esquemas mentales que el capitalismo impone. Cuando a una persona se le demuestra con argumentos la inutilidad de su actuar (digamos como ejemplo, el caso de la Secretaria de Gobernación, antes del Trabajo, en el gobierno de nuestro presidente), el escándalo y la descalificación salen a relucir (se trata de misoginia, violencia de género, escupió la aludida). Ya, demostrarle a una persona su espíritu de vividor del presupuesto público, resulta un atentando incluso contra el llamado feminismo.
Y luego están los grandes luchadores que rellenan las siglas y puestos de la llamada izquierda, que para estar a la moda adoptan la pose de pedir inclusión en todos los ámbitos como signo de democratización de la sociedad. Y así como no queriendo la cosa para estar en dicha sintonía, además de reconocer que hay más mujeres pobres, lamentan que no existan mujeres dentro de los grandes magnates del capitalismo (sic). Si en tratándose de arriar banderas se trata, aquí lo que sobran son ganas de cegarse por mano propia.
Porque la llamada equidad e igualdad de condiciones y oportunidades, así como de derechos y otros ámbitos farragosos de enumerar, que circulan en los aires de la superficialidad de la realidad tosca, con que el llamado feminismo salta hoy en día para declararse la lucha verdadera y única de todas las verdades, hace apología de las circunstancias del capitalismo. Incluso el llamado patriarcado se alude omitiendo que éste se implantó para garantizar la herencia o continuidad de la propiedad privada al iniciar ésta sus primeros pasos.
Que el cacumen le diera para más a muchos grandes teóricos de los que podía esperarse mejores cosas y hoy, frente a la campaña aplastante que en cuestiones de adoctrinamiento para apendejar a los muertos de hambre, a fin de que no se les ocurra hacer lo que un día llevaron a cabo en la Rusia de los zares, en la Vietnam colonizada, en la Cuba prostíbulo manejado por la Casa Blanca, prefieren regodearse nadando en la superficie pantanosa de la apariencia (que no por ser tal es falsa, diría un trasnochado) es, al menos, deleznable.
Indigna además que esas grandes cabezotas pretendan (y en algunos casos lo consiguen) darle atole con el dedo a los muertos de hambre que en algún momento han confiado en ellos (y que lo siguen haciendo, quizá porque no tienen de otra). Publicando legajos de renovación y consecuencia sin par, cualquiera que vaya a misa les podrá creer a pies juntillas. Si no tuviéramos otra referencia se podría creer en la poesía barata de sensiblería de moda. Porque en esto de las luchas revolucionarias, la moda también tiene su lugarcito.
Así como los muertos que cargamos sólo sean por lo que en su momento reivindicaron y defendieron con sus análisis buscando acabar con el capitalismo, quererles enmendar la plana en lo que les faltó o les falló está muy lejos aventurarse por el fraseo de nuevo cuño, con otros actores históricos sacados de arcanos lugares desconocidos para el vulgo inculto y poco letrado. Las palabras de vida, muerte y rebelión son entendibles para cualquiera que sepa que, sin organización mínima de cierto tipo, la chingada le puede quitar todo hálito de vida.
Pasar de reivindicar acabar con el capitalismo, a serle funcional descubriendo otros marcos mentales con los cuales explicar la claudicación aunque mastiquen rabia todos los días, es otro signo de la decadencia con la que se corrompen comunidades. Nadie que no tome consciencia en algún momento de que el dilema de vida o muerte sigue presente pese a declararse en rebeldía y viviendo arrinconado en la tranquilidad que da la traición sin desnudar, podrá decir que habla a sus muertos sin que le escupan a la cara.
Y eso, mientras la chingada no actúe como los capitalistas le mandan cuando ven en peligro sus negocios (legales y no legalizados), para arrasar con lo que sea que encuentre a su paso y poderse apropiar de lo que para acrecentar estos le sea indispensable. Si estar contra el patriarcado, por la igualada y equidad le sirven, también empleará este lenguaje para tener a sus Lilly Téllez que nada le piden a cualquier feminazi o fascista democratizado. Milei como cualquier otro anarcocapitalista que puede verse incubado en estos personajes.
Porque la ideología reaccionaria a base del individualismo no respeta género, raza, religión, estado social o civil, color de piel, preferencia sexual o la chingada madre que se le quiera poner como distintivo. Y un fascista lo es si se trata de una mujer, un hombre o algún otro de la diversidad de género que sea. Lo mismo un revolucionario, o alguien que al menos en teoría busque hacer todo lo más posible que pueda por contribuir a acabar con el capitalismo.
El individualismo ha enraizado tanto en la gente, que lo que antes se consideraba promiscuidad hoy le llaman poliamor. Y eso, porque como las relaciones sociales entre los seres humanos (incluidas las que ellos establecen para producir) se consideran como el agua (líquidas), los diques anteriores (las referencias colectivas, gregarias y, por lo mismo, por su naturaleza social propias de la sociedad, válganos la expresión)han quedado rebasados porque la única integridad que vale para el capitalismo es el individuo (o individualismo, si se precisa).
Y para no parecer reaccionarios individualistas los grandes intelectuales (de izquierda también) agarran de parapeto la división demográfica buscando hacer la trampa de un grupo de población en oposición al individuo. Y ni hablar de lucha de clases porque este concepto (sic) ha sido rebasado porque el capitalismo de hoy en nada se parece al de los siglos 19 o 20. Incluso en la mediocridad mayor en algún momento nos dijo sin ruborizarse: Marx ya fue rebasado. Como si el conocer se tratara de una carrera por llegar a cierta meta primero.
Por eso frente al desempleo, en vez de ser parte de los muertos de hambre a la pequeña burguesía justiciera, luchadora de causas sociales y hasta revolucionaria con rabia digna, le es mejor mutar al juicio preponderante, centrado en lo que el capital dicte (el anarcocapitalismo que reivindican la libertad), para seguir viviendo a costillas de esos por los que dicen luchar. Es mejor tener un salario (o quién nos mantenga en su caso) por verle la cara a los muertos de hambre que hablarles con la verdad, que también la han desgastado.






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