Foto: Cubadebate
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Fragmento del discurso pronunciado por Ernesto «Che» Guevara en la reunión del Consejo Interamericano Económico y Social (CIES), en 1961.

«Es necesario explicar qué es la Revolución Cubana, qué es este hecho especial que ha hecho hervir la sangre de los imperios del mundo y, también, hervir la sangre, pero de esperanza, de los desposeídos del mundo o de estas partes del mundo, al menos.

Es una revolución agraria, antifeudal y antiimperialista, que fue transformándose por imperio de su evolución interna y de las agresiones externas, en una revolución socialista y que lo proclama así, ante la faz de América: una revolución socialista.

Una revolución socialista que tomó la tierra del que tenía mucha, y se la dio al que estaba asalariado en esa tierra, o la distribuyó en cooperativas entre otros grupos de personas que no tenían ni siquiera tierras donde trabajar, aun cuando fueran asalariados.

Es una revolución que llegó al poder con su propio ejército y sobre las ruinas del ejército de la opresión; que se sentó en el poder, miró a su alrededor, y se dedicó, sistemáticamente, a destruir todas las formas anteriores de la estructura que mantenía la dictadura de una clase  xplotadora sobre la clase de explotados.

Destruyó el ejército totalmente, como casta, como institución, no como hombres, salvo los criminales de guerra, que fueron fusilados, también de cara a la opinión pública del continente y con la conciencia bien tranquila.

Es una revolución que ha reafirmado la soberanía nacional y, por primera vez, ha planteado para sí y para todos los pueblos de América, y para todos los pueblos del mundo, la reivindicación de los territorios injustamente ocupados por otras potencias.

Es una revolución que tiene una política exterior independiente, que viene aquí, a esta reunión de Estados americanos, como una más entre los latinoamericanos; que va a la reunión de los países no alineados como uno de sus miembros importantes y que se sienta en las deliberaciones con los países socialistas, y éstos lo consideran un país hermano.

Es, pues, una revolución con características humanistas. Es solidaria con todos los pueblos oprimidos del mundo; solidaria, señor presidente, porque también lo decía Martí: «Todo hombre verdadero debe sentir en la mejilla el golpe dado a cualquier mejilla de hombre». Y cada vez que una potencia imperial avasalla un territorio le está dando una bofetada a todos los habitantes de ese territorio.

Por eso nosotros luchamos indiscriminadamente sin preguntar el régimen político ni las aspiraciones de los países que luchan por su independencia; luchamos por la independencia de los países, luchamos por la reivindicación de los territorios ocupados. Apoyamos a Panamá, que tiene un pedazo de su territorio ocupado por los Estados Unidos. Llamamos Islas Malvinas y no Falkland, a las del sur de la Argentina, y llamamos Isla del Cisne a la que Estados Unidos arrebató a Honduras y desde donde nos está agrediendo por medios telegráficos y radiales.

Luchamos constantemente aquí, en América, por la independencia de las Guayanas y de las Antillas Británicas; donde aceptamos el hecho de Belice independiente, porque Guatemala ya ha renunciado a su soberanía sobre ese pedazo de su territorio; y luchamos también en el Africa, en el Asia, en cualquier lugar del mundo donde el poderoso oprime al débil, para que el débil alcance su independencia, su autodeterminación y su derecho a dirigirse como estado soberano.

Nuestro pueblo -permítasenos decirlo-, en ocasión del terremoto que asoló Chile, fue a ayudarlo en la medida de sus fuerzas, con su producto único, con el azúcar. Una ayuda pequeña pero, sin embargo, fue una ayuda que no exigía nada; fue simplemente la entrega al país hermano, al pueblo hermano, de algo de alimento para sobrellevar esas horas angustiosas. Ni nos tiene que agradecer nada ese pueblo, ni -mucho menos- nos debe nada. Nuestro deber hizo que entregáramos lo que entregamos.

Nuestra revolución nacionalizó la economía nacional: nacionalizó las industrias fundamentales, incluyendo la minería; nacionalizó todo el comercio exterior que está, ahora, en manos del Estado, y se dedicó a su diversificación, comerciando con todo el mundo; nacionalizó el sistema bancario para tener en sus manos el instrumento eficaz con que ejercer técnicamente el crédito de acuerdo con las necesidades del país.

Hace participar a sus trabajadores en la dirección de la economía nacional planificada, y ha realizado, hace pocos meses, la Reforma Urbana, mediante la cual entregó a cada habitante del país la casa donde residía, quedando dueño de ella con la sola condición de pagar lo mismo que estaba pagando hasta ese momento, de acuerdo con una tabla, durante  determinado número de años.

Tomó muchas medidas de afirmación de la dignidad humana, incluyendo casi entre las primeras, la abolición de la discriminación, porque en nuestro país existía la discriminación racial, señores delegados; en una forma algo sutil, pero existía. Las playas de nuestra isla no servían para que se bañara el negro ni el pobre, porque pertenecían a un club privado, y venían turistas de otras playas a los que no les gustaba bañarse con los negros.

Nuestros hoteles, los grandes hoteles de La Habana, que eran construidos por compañías extranjeras, no permitían dormir allí a los negros, porque a los turistas que venían de otros países no les gustaban los negros.

Así era nuestro país. La mujer no tenía ninguna clase de derecho igualitario: se le pagaba menos por el trabajo igual, se la discriminaba como en la mayoría de nuestros países americanos. La ciudad y el campo eran dos zonas en permanente lucha y de esa lucha sacaba el imperialismo la fuerza de trabajo suficiente, para
pagarla mal y discontinuamente.

Nosotros realizamos una revolución en todo esto y realizamos, también, una auténtica revolución en la educación, la cultura y la salud.»

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