
Por Alfonso Ruiz
No existen argumentos históricos o resoluciones de la ONU que amparen o justifiquen la imposición de un “Estado” Judío en Palestina; por ello, Israel, es, ante todo, una creación de los países imperialistas (Reino Unido y EU) que, junto con el fanatismo sionista, buscan el control de Medio Oriente.
A finales del siglo XIX surgió la ideología sionista, de la mano del austrohúngaro Theodor Herzl, la cual defiende la creación de un Estado judío, más por razones políticas que religiosas; y aunque su principal ideólogo incluso planteó la posibilidad de establecer dicho Estado en Argentina, el lugar predilecto fue Palestina.
El principal argumento para la ocupación de Palestina por parte del sionismo, es que tras la destrucción del segundo templo de Jerusalén, en el año 70 d.c., y la rebelión judía del año 132 d.c., el pueblo judío fue expulsado –por lo que se dispersó en Europa y África- de Palestina por el imperio romano.
No obstante, según estudios históricos[1], no existen registros de que durante el imperio romano hayan sucedido deportaciones de pueblos enteros, además de que desde antes del año 70 d.c. ya existían importantes núcleos poblaciones judíos al exterior de Judea.
Mucha de la población judía continuó habitando el territorio palestino, hasta que muchos se convirtieron primero al cristianismo, con la conquista del imperio bizantino, y, después, al islamismo, en el siglo VII.
Hace casi 2700 años el reino de Israel fue abatido por los asirios. Hace 2560 años el reino de Judá fue liquidado por los babilonios, y en el año 70 de nuestra era los romanos arrasaron Jerusalén. Estos son los precedentes históricos del Estado de Israel, sus títulos de propiedad sobre Palestina. El Sha de Irán podría alegar títulos análogos fundado en la invasión persa del siglo VI antes de Cristo, la Junta Militar griega podría recordar que Alejandro ocupó Palestina el año 331, Paulo VI acordarse de que en el año 1099 los cruzados católicos fundaron el reino de Jerusalén[2].
Rodolfo Walsh
En su libro “La concepción materialista de la cuestión judía”, Abraham León, señala que desde antes de la Diáspora, el pueblo judío ya se encontraba diseminado por el mundo conocido entonces y que, esa dispersión se debía, fundamentalmente, a las actividades de comercio que ejercían los judíos, aunado a las condiciones geográficas de Palestina, que era un paso natural de mercancías e “ideas”.
En ese sentido, dice León, el antisemitismo también surge desde tiempos anteriores a la hegemonía del cristianismo; al dedicarse en mayor parte al comercio, a ser prestamistas o banqueros, los judíos eran percibidos como agentes externos a los pueblos donde llegaban y, en muchos casos, eran víctimas de ataques, aunque en otros casos también contaban con cierto reconocimiento.
El pueblo judío (si puede hablarse de tal, pues sería una aberración hablar del pueblo cristiano o el pueblo musulmán) se encontraba en parte dispersado desde antes de su “expulsión” de Palestina y nunca se plantearon volver, hasta el siglo XIX y XX, cuando comienza a recrudecer el antisemitismo. Su historia, pues, se encuentra vinculada a la diseminación, más que a intentos de retornar a la “tierra prometida”.
Con la destrucción de Jerusalén –dicen– empezó la diáspora judía, la dispersión. Desde entonces, según la leyenda moderna, el judío anduvo errante por el mundo esperando el momento de volver a Palestina. ¿Cuántos volvieron realmente? Historiadores ingleses afirman que en el siglo XVI vivían en Palestina menos de 4.000 judíos, en el siglo XVIII, 5.000, y a mediados del siglo pasado, 10.000. Es recién a fines de ese siglo cuando algunos judíos empiezan a plantearse el retorno masivo, y cuando ese retorno asume una forma política y una ideología: el sionismo. ¿Por qué?
Rodolfo Walsh
Desde inicios del siglo XX, a la par del aumento del antisemitismo en Europa y de la ruina –generada por el desarrollo del capitalismo- del pueblo judío que describe Abraham León en su libro, inició la migración de judíos hacia Palestina, aunque también a otras regiones del mundo, como Estados Unidos.
En 1900 había en Palestina 500.000 árabes y 30.000 judíos. Si en 1974 hay tres millones de israelíes y 350.000 árabes, no hace falta preguntarse dónde están las víctimas: están afuera de Palestina, expulsadas de su patria.
Rodolfo Walsh
La declaración Balfour y la Resolución 181 de la ONU
En 1917, Arthur James Balfour, ministro de Relaciones Exteriores, escribió una carta al banquero Lionel Rotschild, para que la hiciera de conocimiento a la Federación Sionista, en la que declaraba que:
“El Gobierno de Su Majestad contempla con simpatía el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío, y empleará sus mejores esfuerzos para facilitar el cumplimiento de este objetivo, quedando claramente entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no-judías existentes en Palestina, o los derechos y estatus político de que gozan los judíos en cualquier otro país.”
Ese documento y la Resolución 181 de la ONU del 29 de noviembre de 1947, en la que se aprobaba el Plan de Partición, son los documentos que, junto con los mitos y falsos argumentos del sionismo, buscan sustentar la creación de Israel y, con ello, su derecho a existir, así como a la autodefensa.
En realidad, en la Resolución 181 la ONU “recomienda” al Reino Unido y demás miembros la aplicación del Plan de Partición[3], mediante el cual se creaba Israel, al no tener dicho organismo facultades para disponer de ningún territorio de los Estados miembros.
Sin embargo, dicha resolución provocó una guerra de ocupación por parte del sionismo en contra de los palestinos, que devino en que el recién creado Estado se apropió del 78% del territorio palestino. A partir de ese hecho conocido como Nakba (catástrofe), Israel ha cometido un genocidio de décadas en contra del pueblo palestino.
Israel es un Estado de Conquista, creado, proclamado y constituido en franca violación al artículo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas, aprobada poco tiempo antes, que veda el recurso “a la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”. Israel es un Estado implantado en tierra ajena.
Miguel Ibarlucía
Si no existe un sustento real para la creación de Israel, entonces ¿por qué existe? Desde que inició el sionismo y la migración judía a Palestina, ya era latente para países como Reino Unido y Estados Unidos, el carácter estratégico del Medio Oriente, tanto para impedir la expansión de Rusia (luego URSS) o el surgimiento de repúblicas árabes de carácter socialista, así como por ser rica en recursos naturales (gas y petróleo).
Al finalizar la segunda guerra mundial, a la ambición y fanatismo sionista, se agregaron los intereses de las potencias imperialistas por tener el control de dicha región, saqueando sus recursos y hostigando a sus adversarios. Al contar con un Estado-enclave en esa región, Estados Unidos y sus aliados han logrado dichos objetivos.
Todo lo anterior, a costa de la sangre del pueblo palestino, que desde 1948 ha vivido en un estado de sitio permanente y ha sido víctima de un genocidio que actualmente ha cobrado más de 20 mil víctimas, principalmente en Gaza, sólo desde el 7 de octubre.
Puede decirse entonces que el Estado de Israel es la expresión política del sionismo que se da en el marco de la necesidad imperialista de colocar un gendarme en Medio Oriente frente a la amenaza que significaba la creciente resistencia de las masas árabes.[4]
Débora Cerio.
[1] Memoria, historiografía y política: Shlomo Sand y la invención del pueblo judío. Emanuel Pfoh.
[2] La revolución palestina. Rodolfo Walsh. Disponible en:
[3] El Plan de Partición además planteaba la igualdad de derechos civiles y políticos de los residentes, fueran árabes o judíos; unión aduanera; moneda común; administración conjunta de los transportes e infraestructura; prohibía las expropiación de inmuebles, entre otros puntos que no fueron cumplidos.
[4] Sionismo y capitalismo. Débora Cerio.






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