
Escrito por: Miguel Ángel Sánchez Mozo
Eric Hobsbawm describió la historia del siglo XX como la de una época de extremos. A mí me parece una descripción más adecuada para lo que llevamos del siglo XXI, en el sentido que vivimos una era en la que impera la desigualdad. Aunque quizá no sea exacto circunscribirla únicamente a nuestro siglo, tampoco podemos soslayar que la explosión informativa de nuestra época lo convierte en un tema perceptiblemente lacerante, sobre todo en América Latina.
En el caso de México, la realidad está en contradicción con los postulados democráticos, formulados constitucionalmente en este país desde 1857. Es entendible que un estudio para intentar desentrañar la razón de esa disparidad requiere de un enfoque multifactorial. Uno de sus más conspicuos estudiosos fue Pablo González Casanova, quien en la década de los sesenta del siglo XX escribió una obra que rápidamente se convirtió en un clásico: La democracia en México.
Catalogado como ensayo sociológico, se trata de una obra de orden tan compleja como lo exigía su objeto de estudio. Su análisis parte de la variable del desempeño económico. Específicamente, y en concordancia con el ambiente intelectual de su época, su estudio está atravesado por un conjunto de reflexiones teóricas sobre el desarrollo, entendiendo por “desarrollo económico” el aumento y la distribución del producto nacional, es decir, como un fenómeno integral: económico y político, social y cultural.
La amplitud de su metodología tuvo que ver con la riqueza de su formación académica, social, y familiar. Nacido en Toluca, en 1922, González Casanova finalmente optó, tras un par de años estudiando Derecho, y a pesar de la muy legítima preocupación de su madre, por hacerse historiador. Tiempo después se fue a estudiar a Francia, donde se dedicó a la lectura de filosofía, sociología y marxismo. Allí, también pese al entusiasmo y apoyo de su maestro, Fernand Braudel, se doctoró en sociología. Heredó de su padre una ideología de izquierda, quien habiendo sido enviado a Alemania a estudiar química, regresó filólogo y socialista.
En fin, la obra referida esta signada por el autor en el año de 1963. El ejemplar que tengo a la mano es una segunda edición, puesta al día en 1967. El libro presenta 65 cuadros que ocupan casi un tercio del libro, y cuya información por sí misma es sumamente valiosa para formarnos un esquema de la historia del México posrevolucionario, hasta inicios de la década de los sesenta.
Los datos derivados de esos cuadros presentaban una imagen compleja del país. Menciono tan sólo algunos ejemplos: producto nacional bruto de 1939 a 1965 (económico); los votos obtenidos en la elecciones presidenciales del país, de Madero a Díaz Ordaz (político); el índice delincuencial por actividad ocupacional, entre 1951 y 1962 (social); y películas estrenadas en México, por nacionalidades, de 1950 a 1964 (cultural).
Los resultados del examen del sistema político eran sumamente negativos. Un sistema de partidos que funcionaba como fachada del juego político; un movimiento obrero volátil, pero controlado; la independencia de los Estados y el municipio libre, aunque constitucionalmente idealizados, inexistentes; un poder legislativo que revelaba un equilibrio de poderes inoperante; una Suprema Corte cuya función política era dar esperanza a quienes eran capaces de invocarla; y el dato duro: la concentración de poder.
Curiosamente, esa concentración de poder favoreció la estabilidad posrevolucionaria que, a su vez, permitiría al país insertarse en un proceso de integración nacional, y también hacia el exterior, en la medida en que gran parte del flujo de capital en México dependía directamente del capital extranjero. Sin embargo, el problema de la desigualdad nunca retrocedió.
El panorama social reflejaba la existencia de un marginalismo integral. Es decir, a la existencia de una población que, siendo marginal en un aspecto (analfabetismo, el no comer pan de trigo, el no comer ni carne, ni pescado, ni leche, ni huevos, el no usar zapatos, etc.), tenía “altas probabilidades de serlo en todos los demás, constituyendo una inmensa cantidad de mexicanos que no tiene nada de nada.” Eso sin referirse a la población indígena. En este punto, considero que su utillaje conceptual sigue siendo estimulante. En específico destaco la idea de colonialismo interno, o “el dominio y explotación de unos grupos culturales por otros”.
Pero, en general, a pesar del saldo negativo, la posición del autor era optimista. Creía que, en la medida en que se tomara la decisión, gubernamental y popular, de alcanzar una democracia efectiva, cabía dentro de las probabilidades la ampliación del mercado interno, la descolonización del país y el fortalecimiento internacional ante las potencias extranjeras, particularmente ante los E.U. Hoy el país se ha transformado en muchos sentidos, pero dudo lamentablemente que se pueda hablar de México como un país desarrollado y democrático.
González Casanova, Pablo, La democracia en México, México, Ediciones Era, 1972.





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