
Por Israel
Resulta difícil especificar qué traicionó nuestro presidente, si es que algo traicionó. Traicionó la esperanza expuesta en el triunfo del 2018, dirá alguno. Traicionó a los muertos de hambre, expresará otro. Traicionó a las clases medias, traicionó la amplia coalición que lo hizo candidato, traicionó la confianza expuesta en las urnas, traicionó la lucha por la democracia. Si la lucha por la justicia y democratizar el país (según) es lo que ha enarbolado a lo largo de los años nuestro presidente, lo ha efectuado acompañado de mucha gente.
Este planteamiento va de la mano con emplear métodos no violentos (según), pacíficos se quiere decir, pero teniendo en cuenta que lograr la mentada democracia es lo que se piensa sea lo mejor como régimen político y de gobierno. Si se piensa de fondo, el llamado gobierno del, con y para el pueblo no depende de tener que conseguir cargos de representación popular, pues se trata de una forma de vida, aunque estos puedan servir para alcanzar ciertos aspectos de esa lucha (según).
También pelear por tales cargos pueden corromper un planteamiento de lucha como sucedió con el Perredé (es indudable), que se convirtió en una cazuela llena de huesos con un montón de perros alrededor peleándose por coger alguno. Eso ocurrió a partir de que comenzó a ganar cargos de representación popular. Así que unir un planteamiento de lucha por democratizar el país (al menos) con alcanzar alguna clase de hueso, es poner sobre la mesa la tentación para los ambiciosos, oportunistas, arribistas y colados similares que los hay de a montón.
Sin embargo, nuestro presidente nunca ha distanciado tales elementos (planteamiento y puestos de representación) porque entiende (suponemos) que para la lucha por la justicia y democratizar una nación como la que llamamos México, se requieren (según) instrumentos que afiancen lo alcanzado. Eso marca un horizonte y asigna lugar al que se embolete con tal planteamiento. La cuestión es que el horizonte de esa lucha no alcanza para anclarse en lo que el ser humano es de raíz, por lo que termina en demagogia, aunque no se quiera eso.
Puesto que el capitalismo pone límites reales e imaginarios, objetivos y subjetivos para cualquiera que busque otorgarle el beneficio de la duda a que la gente, el pueblo, los muertos de hambre o como se les quiera decir, decidan, tomen decisiones, participen en eso que se llama conducir el país (a eso se reduce el gobierno desde lo más ínfimo y cotidiano de la vida del ser humano, a lo más complejo y rebuscado que se quiera), tales límites impiden que el propósito u objetivo de hacer que la gente decida se realice de verdad.
La gente actúa como piensa. Y si piensa a partir de la ideología imbuida por el capitalismo, el resultado será siempre mocho respecto de la realización del ser humano como tal. En cualquiera de sus múltiples aspectos ocurre esto. En la casa y la calle, como vecino o como estudiante, para todo y en todo momento los límites impuestos por el capitalismo dictan razón y motivo, argumento y arma a emplear siempre para la lucha por la justicia y democratizar,si eso es todo lo más a que se aspira.
Encerrada en el capitalismo cualquier lucha refuerza a éste si no ataca su raíz, si no va al fondo último de lo que hace ser al modo de producción capitalista el predominante que es en la actualidad. Y tener este resultado no se encuentra consignado en algún manual o guía técnica para socavar o reforzar al capitalismo. Si el planteamiento se agota en el capitalismo, nada más allá (fuera de éste) se podrá lograr y el resultado sólo servirá para afianzar, reforzar, darle aliento al funcionamiento de este modo de producción. Pese a las buenas intenciones.
Esto es lo que ha conseguido el gobierno de nuestro presidente al darle legitimidad a meter a los militares por todos lados como única posibilidad esgrimida para pacificar al país (según), de la mano con los programas sociales que desmovilizan a los muertos de hambre, al tener el reconocimiento no de que conducen a su patria (que lo más seguro es que ni piensen en lo que ésta representa y significa), sino de que importan como ciudadanos en lo individual (según), pero no en su colectividad (por eso los apoyos son sólo individuales).
Porque con ambas medidas (hay que ir a la raíz, dice nuestro presidente, para atacar las injusticias que generan las conductas de disolución social en los jóvenes), el apaciguamiento para que los negocios de los grandes capitalistas marchen bien, es la manera de reforzar al capitalismo con que nuestro presidente les paga a los dueños de éste, la oportunidad dada para conducir el país echando por delante el ¡por el bien de todos, primeros los pobres!
Los programas de bienestar son apoyos individuales buscando darle la vuelta al corporativismo de organizaciones que mediaban (y medraban con) recursos del gobierno. Si una buena parte de la base del control en la era del Prian se fincaba en el corporativismo, empleando a las organizaciones como medios para manipular, esto (se supone) es lo que busca no repetirse. El pequeño detalle aquí es que este noble propósito coincide empero con la llamada época neoliberal en que el individuo (y su ideología el individualismo) es una religión perse.
Desde el inicio nunca fue hacer un movimiento que apuntara a la raíz de las injusticias ni democratizar al país, pues esto no es posible en el marco establecido por el propio capitalismo como se está comprobando. Mientras se mete a los militares por todos lados y se reparte un poco de los recursos habidos en la hacienda pública, el capital de la cúspide de la clase burguesa expuesto en el crecimiento de sus negocios no ha dejado de incrementarse.
Pero el reformismo de nuestro presidente ha sido expuesto así desde siempre. Qué fue lo que traicionó entonces. A nuestro parecer, hay que separar el papel, la figura o imagen que se tiene o representa en el contexto de la forma económica de la sociedad que se trate, lo que es tal y como es, respecto de lo que se dice o uno dice de lo anterior, que también es lo que es. En ambos aspectos (llamémoslos así) lo subjetivo y objetivo existen, pero no se deben revolver para evitar tomar uno como lo otro, y viceversa.
Pensarse dentro del capitalismo es aceptar que sólo mediante el llamado Estado de Bienestar la plenitud humana (satisfacer las necesidades para el florecimiento o realización de lo que el ser humano debe ser) es concebible atender siempre, y para todos los casos, de manera limitada. Puesto que a base de una economía con pilar en la propiedad privada (como la capitalista), quienes carezcan de ésta quedarán supeditados a los que sí la tienen. Sobre todo, a los que la concentran en sus manos y centralizan en sus negocios en gran magnitud.
El cinismo o la ignorancia, para no decir la mala intensión habida en ello, al considerar que como lo que existe es el capitalismo ese debe ser todo nuestro horizonte de pensamiento (y como consecuencia, de lucha, de planteamiento de lucha), pulula por todos lados, estallando muchas veces de manera estridente a causa de tanto individualismo con que nos atiborran los sesos. Este es el sustento del reformismo en sus múltiples variantes y para el caso que nos ocupa en el país, es lo que confunde a los muertos de hambre.
Ellos esperan por lo mismo que sea otro y no su propia acción lo que resuelva su situación, al ubicar la inutilidad de hacer algo al estar convencidos (y por eso idiotizados) que algo distinto al capitalismo no es viable. O ni siquiera esto. Porque la ignorancia y enajenación que prevalece entre los muertos de hambre por tener atada la consciencia a resolver su vida del diario, no les da un poco más de horizonte (por ejemplo) que el que pueden escuchar decir en lo cotidiano a nuestro presidente. Y él los vacuna contra la revolución.
Mientras el cambio mal llamado transformación sea lo que prevalezca en el planteamiento de la 4T el reformismo será el único horizonte de referencia para la acción de los muertos de hambre. Esto lo sabe nuestro presidente. Desde luego no con estas palabras precisas pues él por su ideología a todo lo que sea revolución (que es la transformación) lo descartaporque (según él) es extremismo. Por eso sólo habla de revolución cuando alude a las consciencias para dejar el cambio a todo lo demás, que es lo material. Así que no hay ignorancia de su parte.
Su ideología es así y aunque no nos guste, es lo que es. Ahora bien, el papel que ha jugado el reformismo en la lucha por la justicia, la libertad y democratizar (al menos) un país como México, ha devenido más bien en alcahuete del régimen que se trate. Y este caso no es distinto en sustancia aunque la opción anímica abierta en mucha gente fue un sueño guajiro más bien, porque su realidad no podía rebasar al capitalismo, ni siquiera de manera teórica nuestro presidente lo manifestó como no fuera atribuirle al liberalismo banderas de impostura.
Querer reivindicar alguna transformación en el capitalismo sin atravesar la terminación de su régimen de explotación, basada en la propiedad privada que diferencia a la sociedad en clases, es pura demagogia. Y en este aspecto, ahora sí, nuestro presidente y su gobierno le heredan a la continuidad de la 4T un horizonte al menos creativo: pudo engatusar a más de uno de los muertos de hambre, al unísono se llevó las palmas de la oligarquía, que al final constató la marcha de sus negocios sin obstáculos, pese a las migajas dadas a los pobres.
Esto, que es lógico cuando se entiende que se trata sólo de una redistribución de algunos recursos de la hacienda pública, sin menoscabo del capital habido en los grandes negocios de la oligarquía, no está claro o no le interesa a más de un muerto de hambre sumido en resolver su vida diaria sin otro horizonte de pensamiento, que no sea el dado por el propio gobierno de la 4T. Y eso, considerando que tenga interés alguno en lo dicho por nuestro presidente, porque si su referencia es otra, el resultado puede ser muy distinto.
Quien carezca de memoria o desconocimiento del lugar jugado por el reformismo, pudo haberse creído la expectativa de la llegada de nuestro presidente al gobierno en 2018. Pero eso no es culpa de él sino del autoengaño que nos quisimos hacer. Otra cosa fuera si lo enarbolado se tratase de un planteamiento de lucha que buscase hacer todo lo más posible por acabar con el capitalismo, y su consecución se quedase a mitad de camino. En cuyo caso el chaquetazo o la traición valdrían por la expectativa abierta y no cumplida.






Deja un comentario