Foto de: Sin Permiso
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Por Israel

Nunca es tarde se suele decir. Estamos a tiempo, también se acostumbra. El caso es que no está claro si existe tiempo todavía para evitar que el capitalismo acabe con el ser humano. Y de paso, como no queriendo la cosa, con toda forma de vida conocida hoy sobre la Tierra. Nuestros intelectuales de pacotilla divagan papando moscas (para no decirles que tragan camote y se sientan alagados) queriéndole hallar tres pies al gato en esta situación, exculpando al capitalismo pues la civilización (o la humanidad) es la responsable.

Nadie con un poco de intuición amorosa (digámoslo así) o un poco de amor genuino para el prójimo como para sí mismo, deja de detectar que de una sociedad que degrada hasta la indigencia al ser humano, puede esperarse algo bueno para él. Y si la humanidad es la responsable de tal situación, el indigente que sea podrá estar con la conciencia tranquila al ser nomás una víctima del sistema. Lo mismo la civilización si de tal cosa surgiera la culpa o se engendrara el cargo de conciencia por hacer de alguien un ser sin aprecio a sí mismo.

No nos enojemos. Se entiende que nuestros intelectuales de pacotilla ven con los ojos de su ideología y del lugar que ocupan en la sociedad. Y que confunden el sentido que tiene la responsabilidad como si fuera igual para todos los casos. No porque sean malvados (o tal vez sí) puesto que su sapiencia les da para mucho si ese fuera de su interés. Desde luego mirar las cosas en blanco y negro ayuda a veces, pero en ocasiones es mejor hacerse la idea de los matices entre ambos extremos para evitar llegar a hablar de lugares comunes.

La animalización del ser humano que está proliferando en muchos sitios como una medida efectiva implementada por el imperialismo, resultado de retacar a la gente de puro individualismo, es el regreso menos atendido en las digresiones con que nos apantallan las cabezotas pensantes que alumbran mediante sus ideas nuestras entendederas. Si la llamada evolución humana humaniza cada vez más al animal biológico que es el ser humano para que se haga cada vez más tal, esto se fue al traste al aparecer la propiedad privada.

Con ésta, la diferenciación entre los seres humanos se fue constituyendo de manera paulatina pero sin freno posible en todas las sociedades que la tuvieron (y la tienen) por base de su economía. La ruptura de este camino andado a partir de la propiedad privada como base de la economía la constituyó (se supone) la sociedad constituida con la revolución en Rusia en 1917. Dicha transformación si bien decantó en un socialismo real que para más de uno no era el modelo ideal que se imaginaba, abrió en lo hechos la posibilidad de caminar por otra ruta.

Pensar si quiera en una sociedad que no tenga como fundamento de su economía la propiedad privada nos resulta hoy al menos muy difícil, por el alto grado de embrutecimiento a que nos ha acostumbrado la propaganda imperialista que machaca por todos lados que sin ese tipo de propiedad resulta un absurdo cualquier economía hoy. Hasta en la manera más primitiva posible (si por tal consideramos las opciones de pequeña escala o acotadas en lugares y territorios específicos) resulta difícil pensar lo contrario a esa idea impuesta.

Que el llamado socialismo real haya conocido reveses en distintos países de Europa, o como en el caso de China no pocos intelectuales de pacotilla le atribuyan más bien la presencia de un capitalismo estatista (burocrático, centralizado, o lo que signifique eso), como si construir una sociedad distinta que deje de tener a la propiedad privada como base de su economía, sólo se atuviera al mayor o menor de apego para aplicar el recetario marcado en algún manual, deviene corolario del mismo atontamiento a que nos lleva endiosar la propiedad privada.

Y aunque satisfacer las necesidades humanas puede hacerse por medios objetivos o subjetivos, que muchas veces se confunden y nos llevan a considerar una necesidad como si no lo fuera, por atentar contra la dignidad humana o incluso la misma existencia de ésta (como la guerra, el comercio de personas), debe entenderse que las necesidades son históricas. Para el imperialismo capitalista de hoy es necesidad deshacerse de la gente que le sobra a su economía y poseer las materias primas todavía sin uso como partes de su capital.

La imposibilidad cada vez mayor del capitalismo para incluir en sus procesos de reproducción una masa de trabajadores en proporciones incesantes como sucedió al inicio de su expansión como modo de producción, revierte de tanto en tanto y con mayor fuerza en la migración que ha crecido en las últimas décadas como medio para administrar y reordenar la distribución de la fuerza de trabajo, en la proliferación de actividades que pese a su absurdo son redituables porque facilitan que la gente sobrante sea hecha a un lado o se le extermine.

Si en el plano de la reproducción económica los capitales de acuerdo con su masa y velocidad de su ciclo, deben mantener una proporción entre los dos grandes sectores capitalistas (el productor de medios de consumo y el de medios de producción), el no hacer esto ha generado el incremento de medios que agilicen la circulación de mercancías (donde se realiza de hecho el capital a través de su conversión de M a D incrementada por la ganancia, a fin de reiniciar su ciclo), lo que da la apariencia de la llamada financiarización de la economía.

Y en esta medida, la llamada relocalización de los negocios mediante distintos elementos que facilitan acercar materias primas, mercados de venta, infraestructura, fuerza de trabajo y así, para acortar el lapso crucial de cambio de piel del capital: de la forma mercancía (M) a la forma dinero (D) que contiene la plusvalía hecha dinero como ganancia, hoy está reciclada como novedad para (según) resolver el viejo problema de sortear el abismo de la realización del capital al cambiar de forma, a fin de reiniciar el ciclo que se desea indefectible.

Así tenemos:población que sobra para el capitalismo y problemas para cerrar el ciclo del capital por las dificultades de realizar sus mercancías. A esto se suma una proporción cada vez menor de capital variable debido al aumento más que proporcional del constante, acarreando una mayor composición orgánica del capital que desplaza y destruye (mediante la competencia) a capitales, generando mayor concentración y centralización de éste. Y esto, en el marco del deterioro generalizado y sostenido de las condiciones y nivel de vida.

Si estos problemas para la reproducción del capitalismo como modo de producción se agregan a los que implica la contaminación de mares, lagos, mantos freáticos, aire y el calentamiento global, la pérdida de biodiversidad, bosques, la mecanización de la producción de alimentos, la desmineralización de la tierra y la pérdida de nutrientes de los cultivos, la cosecha estandarizada en la agricultura, y otros elementos más del capitalismo real que agudizan las dificultades de la reproducción capitalista, el panorama no es halagüeño para éste.

Sacar a flote al capitalismo pese a estas circunstancias es lo que cualquier gobierno del país capitalista que sea buscará denodadamente. Sin importar lo que esto implica y pese a las buenas voluntades esgrimidas. Lo cual quedó de manifiesto cuando la línea dorada del metro en la ciudad de México se fue al hoyo (literal) y la empresa de Slim salió exculpada. Este gran éxito de quien parece (Sheinbaum) sustituirá a nuestro presidenteal frente del gobierno nacional muestra para dónde vamos. No es el único ejemplo, desde luego.

Pero no nos desalentemos. El capitalismo acabará consigo mismo cuando termine con la humanidad (y el resto de las formas de vida existentes en la Tierra), sea por la vía del exterminio de los que sobran y luego del resto, sea mediante una guerra (nuclear) de la que sólo las ruinas quedarán para dar testimonio. Sea por hambre, inanición, comida chatarra, virus sin control o algún otro medio más o menos efectivo, al capitalismo lo que menos le importa es que el ser humano sea cada vez más el ser que supone ser.

Nada humano puede esperarse del capitalismo como modo de producción, más allá de necesitar tener para su explotación a la fuerza de trabajo que requiera, expulsar a la que le sobre, dejar a su propio destino a la que ya no pueda reutilizar, alojarla en lugares donde no estorbe para tutelar, controlar y dominar territorios donde existan todavía materias primas a saquear a fin de ampliar las líneas de los negocios en que se mueve su capital.

El catastrofismo en puerta, la fatalidad o el espíritu aciago de que está preñado el sino del capitalismo imperante contrasta con el sentimiento optimista que nos imbuye por todos lados, haciéndonos creer que sin propiedad privada no es posible una economía que cambie de rumbo estas circunstancias (y otras), porque el socialismo fracasó. En su imagen ideológica esto se expone con el optimismo del sí se puede, tú eres dueño de tu propio destino, o los enlaces de compartir y me gusta, si el idiotismo nos entra por las llamadas redes sociales.

Algo distinto no puede decir para su conveniencia el capitalismo, mientras los muertos de hambre ponen su empeño para elegir un verdugo más inepto que otro en apretarle el pescuezo, confiando que de la buena voluntad de algún gobierno burgués vendrá el cambio de ruta que al menos corte el camino de la inanición rápida o lenta a que lo confina el capitalismo. Y pese a que los matices cuentan, en esencia las luchas de los muertos que devienen gobierno de cualquier tipo y a cualquier nivel, resultan bola de humo que no va a la raíz de la explotación.

Sumida en dilemas sin sentido, la lucha de los muertos de hambre por hacer la revolución apenas es un acto para no perecer triturados por las ruedas del genocidio abierto o soterrado, la explotación por un capitalista (si acaso) o la expoliación de recursos todavía bajo su tutela, razones de peso que la hacen más vulnerable por estar peleando migajas de diversa índole, sin atreverse a ir al fondo del capitalismo y curándose en salud con el autoengaño devías permitidas más o menos por el capitalismo, que no creará la conciencia de su propia muerte.

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