
Por Israel
Hasta que no se acabe con el capitalismo, no dejará de existir la posibilidad de que la burguesía derrotada por una revolución de los muertos de hambre regrese a imponer su forma social de economía. Desde luego todo germen de existencia social del capitalismo como modo de producción permanece latente cuando existe una relación entre poseedores y desposeídos de capital, a partir de haber propiedad privada sobre los llamados medios de producción. La experiencia de pueblos viviendo en el socialismo y su regreso al capitalismo, corroboran esto.
Es una tontería (poco menos que una idiotez) considerar que en una sociedad distinta a la capitalista las fábricas y herramientas, las máquinas y toda la infraestructura creada para producir los valores de uso que satisface las necesidades humanas, dejarán de funcionar como instrumentos operativos o técnicos. Cambiará el uso social para el que se destinan, porque en el capitalismo fungen como medio para acrecentar el capital a través de la acumulación del trabajo robado a los obreros (plusvalía) por los dueños del capital.
Los llamados medios de producción no crean valor distinto o extra al trabajo contenido en su alma, al que albergan en su ser como productos del trabajo. El trabajo sólo es visible en una materialización o forma tangible concreta. Al ser una capacidad para efectuar una actividad específica del ser humano, el trabajador sólo pone en acción al trabajo cuando su capacidad la realiza, esto es: al trabajar. El resultado del trabajo (su producto) es un objeto que satisface cierta necesidad del ser humano. Por eso se dice tiene un valor de uso.
Y la actividad que llamamos trabajo teniendo una denominación genérica como hecho práctico siempre es específica y concreta, puesto que el uso que tienen los valores que crea siempre satisfacen una necesidad también específica, concreta. Sólo como una abstracción existe el trabajo, más no como hecho. Como práctica sólo constatamos la actividad que denominamos trabajar, pero al final de ejecutar éste y hasta que esté plasmado en un resultado, corroboramos que el trabajo adquiere una forma tangible en un objeto distinto al de la propia actividad.
Esta manera de ver las cosas es una concepción invertida a semejanza del mundo que recoge en sus conceptos. Esto es, es invertida la mirada porque así es como funciona la realidad que aprehende. Así, en el capitalismo la manida libertad y el usufructuado Estado de derecho en la práctica sólo se muestran como la expresión o pretexto esgrimido para exponer la barbarie e imponer situaciones de facto por todos lados. Nos han lavado tanto el cacumen que estamos acostumbrados a considerar el mundo invertido como la manera más lógica de entendimiento.
Esto, que en lenguaje preciso se llama ideología, atraviesa todo lo que somos, hacemos, pensamos, sentimos. El trabajo, concebido como ideología o a partir de ésta, se convierte en una compulsión que acicatea en el capitalismo actual a cualquiera que se encuentra sumergido en la competencia imperante. Ya el asunto no es si tal o cual acto nace o expresa lo que suponemos ser como seres humanos, sino cuánto provecho reporta para quien lo lleva a cabo. Si es triunfador o perdedor en la competencia capitalista (aunque se trate del trabajo).
Por ejemplo, en una nación como Palestina, cuyo pueblo habita la cárcel más grande del mundo creada teniendo por techo el cielo, desatar la destrucción de infraestructura y asesinato masivo de la gente por parte del sionismo hecho Estado, adquiere no sólo justificaciones de corte absurdo (el fundamentalismo religioso hecho terrorismo por Hamas), sino una necesidad de decir lo primero que se nos viene a la mente a resultas de no quedar atrás, compitiendo por ver quién dice su opinión más pronto (aunque el contenido sean puras tonterías) y así.
Es tal la decadencia y podredumbre de la llamada intelectualidad habida en el país, que hasta nuestro presidente se muestra como siempre timorato con llamados a la paz edulcorada (para no alimentar odios). Si el Estado sionista ataca un pueblo encarcelado como el palestino, es la defensa legítima de su libertad. Si una organización guerrillera como Hamas ataca a quienes han invadido su territorio y los condenan a existir hacinados en la mayor cárcel del mundo a cielo abierto, son terroristas.
Este maniqueísmo es similar al que maneja nuestro presidente cuando condena a los pueblos que sin poderlo evitar, recurren a armarse u organizar la seguridad armada para defender sus territorios (no estoy de acuerdo, dice, como si eso fuera un argumento y no una descalificación que cierra cualquier clase de discusión). Si algún pueblo recurre a las armas es porque los caminos previos, legales, políticos, civiles, de entendimiento por medio de la razón, han sido cancelados para ellos.
Nadie que no saque algún provecho de ir a la guerra (como sí sucede con las fábricas de armamentos del imperialismo belicista) opta por gusto propio de este camino. Si existen más salidas que ésta para un pueblo en circunstancias muy específicas, la misma población buscará rutas no violentas para desbrozar el camino que tiene en mente. El pueblo palestino viviendo encarcelado en su propio territorio, no se ve que tenga una salida distinta a la defensa por todos los medios posibles a su alcance para evitar ser aplastado por el Estado sionista.
Churritos como hablan los gargajos esperpentos en muchos lugares, para condenar la barbarie sin adjetivos o el terror causado por un pueblo que defiende su vida de quienes (por indolencia, acción o complicidad) buscan aplastar sus derechos, son como los gusanos que nacen de la mierda de las vacas acumulada en depósito, para luego emplearse de abono. Pero de estos gargajos con alma purulenta ni abono para algo útil se puede extraer. Se trata de todos aquéllos que al decir algo mierda lanzan embarrando con ésta todo cuando toca su palabra.
La barbarie del capitalismo expuesta desde el hecho mismo que lo funda como modo de producción, tiene contra la pared de múltiples maneras al ser humano que suponemos ser. Ya el hecho inicial de vivir de robar el trabajo ajeno (el trabajo impago) del que nacen todas las relaciones del capitalismo, debería ser si no condenado (porque esto carece de efecto práctico) al menos hacer que los gargajos esperpénticos tenidos de intelectuales omitieran decir algo, tratando de aplacar la lucha de un pueblo que se defiende con recursos que tiene al alcance.
Nos han acostumbrado al cinismo y la desvergüenza como cualidades humanas a reivindicar. El capitalismo machaca una y otra vez que la decencia es dejar que las cosas sigan como están y en las que los muertos de hambre llevan en más de un sentido la peor parte. Protestar, inconformarse, rebelarse, defenderse de alguna injusticia, atropello, violación de derechos. O tan sólo defender la vida propia para que no lo desaparezcan por alguna clase de negocio no legal (tráfico de personas, comercio de drogas y demás), resulta algo imposible de pensar.
Impensable resulta en la llamada 4T, como parte de la vida cotidiana o nomás una pura anécdota como suele hacer nuestro presidente, para curarse en salud cada mañana ante el que sea que diga (tan siquiera de soslayo) algo que de verdad está ocurriendo como repetición de lo que el llamado neoliberalismo hizo en el país, que la falta de un poco de autocrítica raya si no en el descaro sí en un mero prejuicio por no dar al que fuera el beneficio de la duda. Mucho ganaría la llamada vida pública si se aplicara esto, empezando por nuestro presidente.
Como la verdad no deja de ser lo que es en boca de quien sea, quien de verdad además de perseverancia educaría con el ejemplo del beneficio a la duda (la duda cartesiana la llamaría el filósofo idealista) para acercarse a la verdad, sería nuestro presidente. Pero no hará esto (menos siendo una mera chaqueta mental metida en este texto) porque sería reconocer como fuera que alguna razón tiene la campaña de los llamados potentados que se la pasan difamando, mintiendo y tirando boñiga hacia todos lados. Y esto es contexto, que no pretexto.
Pero si ya no les funciona tanta calumnia contra nuestro presidente a quienes la emplean para confundir a los incautos, a estas alturas de su gobierno ganaría más como ejemplo aplicar la duda aludida que descalificar con su socorrido: no estoy de acuerdo. En el caso de la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa la llamada verdad histórica fue sustituida en forma deplorable por la verdad de que ya se entregó toda la información. Son razones de una misma ideología que hasta nuestro presidente y su gobierno los tienen envueltos.
Tantos churros de nuestro presidente y churritos de los gargajos esperpénticos tenidos de intelectuales se mueven en el mismo marco de referencia, o abrevan de igual cieno. El individualismo en sus múltiples variantes unas más descaradas que otras, es el sustrato último de la concepción imbuida e impuesta por el capitalismo. A ésta se avienen tanto liberales como conservadores (como los llama nuestro presidente) que reclaman para sí la tradición de envergadura o de mayor arraigo en la historia de México.
La historia del país llamado México es la historia del saqueo y el despojo, el robo y el pillaje mediante los cuales se creó el capitalismo como funciona al día de hoy. También puede considerarse esa historia como de lucha y rebelión contra tales mecanismos de acumulación de lo que se denomina capital. Nuestro presidente, sabio conocedor de lo que habla, pone un pie adelante y otra atrás, para bailotear guiñando el ojo a los llamados potentados y a los embravecidos muertos de hambre para que ambos se calmen.
Si en su momento nuestro presidente no quiso, no se atrevió o no pudo quitar el parapeto para el antiguo régimen en que se ha convertido el poder judicial, ahora que agoniza su periodo (como se supone agonizaba el antiguo régimen) menos lo hará y la salida propuesta para que sean electos por voto universal, directo y secreto los integrantes de ese poder (como sucede con los integrantes de los otros dos), es un parche ante su churro de buscar la decencia para no pelearse, dándole aire a una oligarquía que ya estaba en la lona desde 2018.






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