Por: Mariana Bautista

Normalmente Violeta y Margarita se acompañaban para hacer y deshacer tantas cosas, si Violeta tenía que ir con el rebaño, Margarita acompañaba a Violeta; si a Margarita le pedían que le diera de comer a los pollos, Violeta se colaba para acompañarla; si Violeta tenía que ir al molino, margarita iba con ella. Hacían de todo la una pegada a la otra. Incluso tenían su rato para salir a contar y observar las mariposas que llegaban a las flores sembradas por su madre.

Margarita era la hermana menor de Violeta, que tan sólo tenía  15 años que nos pareciera una corta edad, pero para muchos (hombres en su mayoría) en Tierra Blanca, era una mujer lista para casarse, tener hijos y atender una casa como debe ser. Lo bueno era que la madre de aquellas niñas no pensaba juntar a ninguna de sus hijas, lo malo era que eso nunca fue un impedimento para el hombre que raptó a Violeta. 

Como cualquier día por la mañana su madre le pidió a Violeta que pudiera llevar al rebaño a dar una vuelta para que pudieran alimentarse en los pastizales, las indicaciones de una madre no se podían cuestionar, reprochar o negar porque cualquiera ameritaba una corrección de dichas respuestas, pero esa corrección podía ser que te duplicaran las labores o un buen sopapo. 

De esa manera era imposible que Violeta se negará, pero lo que sí logró fue que aquella mañana Margarita no la acompañara, ya que cuando despertó la mandó a darle de comer a los pollos, cosa que normalmente hacía regresando del paseo al rebaño con su hermana, pero Violeta se apresuró para salir sola y que ella no fuera. Lo que ella había callado, estaba sucediendo en cuanto se alejó de su casa, pues llevaba días que había visto a un hombre vigilando y siguiéndola cuando pasaba por las milpas de los vecinos, por la forma en que vestía ella sabía que era un hombre ladino, además desde el tiempo que ella paseaba al rebaño jamás lo había visto.

Esa mirada que no le quitaba de encima la había incomodado de una manera indescriptible, no se sentía segura y precisamente por ello no se había arriesgado a que Mago, como ella llamaba a su hermana, la acompañara. Intentó disimular su miedo, ella misma se pidió que se tranquilizara, pero la situación empeoró cuando se dio cuenta que aquel hombre se acercaba justo cuando llego a una curva que la guiaba a los pastizales donde comían los borregos, apresuró el paso pero los animales se acomodaron para comenzar a comer. 

En ese momento lo único que pensó Violeta fue: «ni con la fuerza de mi madre podría aventajarlo, pero haré todo lo que esté en mis manos para defenderme», intuía las intenciones del viejo que se estaba acercando. Cuando lo sintió detrás de ella, su corazón le palpitaba tan fuerte que sentía como si se le fuera a salir del pecho, sus manos le temblaban y las piernas igual. El hombre le tapó la boca con un paliacate y ella soltó patadas por todos lados al mismo tiempo que intentó jalar la tela que le impedía gritar fuerte para que alguien pudiera escucharla, pero no pudo hacer mucho, pues tal como lo había pensado, el sujeto era más fuerte y no sólo eso, como la llevaba días vigilando sabía lo que tenía que hacer y cómo.

Mago sabía que ya había pasado mucho tiempo para que su hermana no regresara y le estaba pidiendo a su madre que fueran a alcanzarla, sólo que su madre estaba apurada moliendo el café que llevaría a vender, «ahorita regresa, ni que no sepa dónde vive», fue la respuesta que le dieron a Mago. Pero las horas pasaron y Violeta no había regresado, su madre ya no estaba apurada para acabar de moler el café, le pidió a Mago que no saliera de casa para que pudiera ir a buscar a Violeta. 

Primero siguió el camino que siempre recorrían sus hijas para pasear a los animales hasta llegar a los pastizales y no encontró más que al rebaño, cuando iba de regreso pasó en las orillas del terreno de los vecinos que sembraban milpas y al observar a un hombre se acercó para preguntarle por si acaso no había visto a su hija, después de que la describiera el hombre observando su paliacate que tenía amarrado en la mano le respondió: «yo no soy de aquí, sólo estoy de pasada y no conozco a la niña que me describe, si la hubiera visto le diría pero por aquí no he visto pasar a nadie». 

Continuó con su camino y la búsqueda de Violeta, regresó a casa para dejar al rebaño y recoger a Mago que ya estaba llorando, le pidió que se calmara además de asegurarle que encontraría a su hermana. Pero ese día a pesar de andar casa por casa preguntando por ella, nadie le dió respuesta alguna, no logró encontrarla y le parecía imposible que nadie supiera o hubiera visto nada.

Violeta estuvo tres días encerrada en la casa del hombre ladino, la única casa donde su madre nunca buscó tan sólo porque quien vivía ahí no conocía Tierra Blanca, ni a sus habitantes. Después una madrugada llegó una camioneta que trasladó al hombre y a ella a la central de autobuses, nadie sospechó nada porque el ladino no era tonto, pues arreglo papeles para poder moverse y llevarse a Violeta de Tierra Blanca.

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