Por Israel

Muchas cosas se pueden decir del gobierno de nuestro presidente. Y muchas que representan avances (pese a todo) en la lucha por acabar con el capitalismo, mientras otras que tienen más el tinte de afianzarlo en el país. Este contrasentido se explica de manera básica porque ni el capitalismo habido en el país había garantizado un mínimo de libertades políticas como hasta ahora, como el hecho de que mellar las aristas filosas de ese modo de producción signifique en modo alguno atentar contra su reproducción.

En los hechos, nuestro presidente como hijo bien nacido del sistema sin embargo es tratado como si no fuera su hijo pródigo o el bombero más eficaz de los tiempos actuales, desbancando en este puesto al ingeniero Cárdenas, quien con la creación de su partido le había otorgado un respiro de legitimidad al capitalismo que iniciaba con el llamado neoliberalismo. Y no es poco, puesto que ambos dirigentes populares (sea lo que sea que signifique esto) enarbolan la bandera de la democracia (entre otras) a mansalva.

Si algo sale del escenario montado cada día por nuestro presidente con su discurso es la reivindicación de la lucha de las organizaciones político militares efervescentes en las décadas de los 60-70 del siglo 20. Y no sólo por el llamado método de lucha (uso de la violencia o lucha armada), sino en esencia debido al carácter socialista arrogado para sí por muchas de ellas. La búsqueda tenida para generar opciones o encausar el descontento en esa época, abrió los candados para los siguientes cambios que conocieron las generaciones actuales.

La existencia de partidos políticos, la posibilidad de manifestación política sin recibir de inmediato la represión encima, son hechos que no se comparan con el cambio relativo de la política contrainsurgente de desaparición forzada, encarcelamiento y asesinato de integrantes de organizaciones y movimientos (de muy diversa índole) habidos en la sociedad. Política que si bien ya no impulsa el gobierno de nuestro presidente (dice), continúa por otros medios del Estado, como los empresarios dedicados a negocios no legalizados y sectores del ejército.

Si nuestro presidente ha sido tanto o más atacado que la campaña desatada en su momento contra el presidente Madero previo al golpe de Estado de Victoriano Huerta, tampoco se compara esto con el llamado linchamiento social (hoy llamado mediático) recibido por todos aquellos detenidos, desaparecidos y asesinados inmersos o no en las guerrillas aludidas. Esto es así, porque al menos nuestro presidente tiene el foro diario y la internet para replicar. Madero ni eso tuvo, aunque hoy sí se habla de eso hasta por nuestro presidente.

Para todos quienes recibieron linchamiento social como parte de la estrategia contrainsurgente en el siglo 20 (sobre todo quienes por acción o porque así estaban las condiciones que se tuvieron que aguantar), el olvido por todos lados es lo que sacaron en su momento y el presente (y en no pocos casos el rechazo o desprecio). Tratados de ladrones, delincuentes, drogadictos y muchas otras calumnias más, ellos forman parte de los que recuerdan esa lucha, a diferencia de la conmemoración periódica de los estudiantes del 68.

Esto es entendible de alguna manera, porque la falta de arraigo de las organizaciones político militares (salvo quizá las guerrillas encabezadas por Lucio Cabañas y Genaro Vázquez) en pueblos y comunidades, en barrios y con muertos de hambre, hizo más riesgosa (digámoslo así) la participación, conocimiento o cercanía con alguna organización guerrillera (urbana y rural). En su gran mayoría integrada por jóvenes como los estudiantes masacrados en Octubre del 68, recibe poca reivindicación (para no decir ninguna) esa lucha guerrillera.

A esto se suma también el rechazo de quienes en el fondo de su corazoncitono comparten el propósito (válido o no, esto es irrelevante aquí) reivindicado por la mayoría de organizaciones que tomaron el camino de la lucha armada. Las condiciones habidas entonces pudieron ocultar más la desaparición, asesinato y tortura recibida por los involucrados (o a los que se involucró porque alguien debía servir de chivo expiatorio si los guerrilleros no eran aprehendidos).

No había llegado todavía el tiempo del capitalismo (llamado neoliberalismo) que reivindica la transparencia y libertad como propios de su ser, ni tampoco una tecnología de comunicación como la internet, por lo que las historias acerca de la verdad de lo que sucedía corría más de boca en boca o se protegían con el secreto. El saber compromete. Y en el caso de la apertura de archivos de la Dirección Federal de Seguridad y otras instancias de la contrainsurgencia político-militar de la llamada guerra sucia, son mera anécdota.

Reivindicar una lucha precedente no es sólo agarrar las partes que nos convienen. Si no se sigue el mismo camino en fondo, lo más honesto es diferenciar lo que sí y lo que no se comparte de tal o cual lucha o tipo de lucha, de sus planteamientos y acciones. Pero eso es algo muy distinto que obviar matices considerándolos de poca o nula importancia, cuando se trata de características y elementos que definen a una lucha, sus planteamientos y acciones.

De manera personal (puede decirse así) nuestro presidente puede tomar distancia con quien lo considere, pero él no es sólo Andrés Manuel sino el dirigente de un movimiento (aunque se desdiga, sigue dándole línea a sus correligionarios para que no desvíen la ruta) y el depositario de la titularidad del poder ejecutivo, es decir, del gobierno nacional (al menos en la parte de ejecución del gobierno). Nadie le pide que se levante en armas contra el capitalismo, pero es obvio que nuestro presidente no concuerda con la lucha enarbolada por la guerrilla.

Esa lucha albergaba y alberga acabar con el capitalismo. Con matices según análisis hechos por sus integrantes, sin embargo las acciones buscaban ese propósito tratando de incidir en los lugares y la gente en que repercutían. Y si el manido método de lucha lo discute hoy nuestro presidente, para las décadas en que surgieron las guerrillas representaban la única respuesta posible para no pocos que carecían de algún espacio de expresión política, de manifestación contra las injusticias recibidas, de buscar liberarse de un régimen dictatorial.

Las situaciones de pobreza e injusticia abundaban en pueblos y ciudades, con expresiones en distintos grados entre las clases sociales, pero era hacia los muertos de hambre que cualquier tipo de inconformidad suya obtenían la represión como carta de contestación de parte del gobierno. El ejemplo de octubre del 68 o junio del 71 contra estudiantes, era la punta de una lanza que se aplicaba de manera cotidiana en colonias y barrios, en municipios y pueblos, con la persecución política por escuadrones paramilitares y las vilezas del ejército mexicano.

Si esa situación de opresión no tenía alguna clase de respuesta de parte de los reprimidos, la cerrazón continuaba con el garrote y la zanahoria (más ese, que ésta), por lo que había que actuar o dejar que los acontecimientos pasaran por encima como el viento, acariciando con su brisa o azotando con su torbellino. Lo sucedido con los estudiantes de entonces era impedir que juntaran luchas con las tenidas por obreros, campesinos, colonos y demás sectores de los muertos de hambre porque la protesta podría tomar otros rumbos.

Mientras hoy se respira un aire que no aprieta el cogote como para no levantar la voz, en el México de inicios de la segunda mitad del siglo 20 la situación no se parecía en nada a esto. Cualquier que hablara alto podía desaparecer o ser asesinado sin saber de dónde venía el verdugo. Si la situación cambió para fines del siglo 20 e inicios del 21 fue en parte al empuje tenido por las luchas guerrilleras del siglo 20, en particular la que arrogaba para sí el socialismo como vía a alcanzar para transformar al país que llamamos México.

No se trataba de un asunto de ocurrencias. Si bien las injusticias, vejámenes, opresión y represión eran recibidas por distintos sectores y clases del pueblo llano, la inconformidad generaba un caldo de cultivo para buscar una respuesta, una puerta de salida ante las circunstancias imperantes. Eso mismo sucede hoy en comunidades y lugares del país donde los empresarios dedicados a negocios no legalizados mantienen en sometimiento a pobladores de territorios donde los llevan a cabo.

Sería erróneo decir que las organizaciones armadas comunitarias de hoy (conocidas como guardias o policías comunitarias) son similares a las guerrillas habidas en las décadas 60-70 del siglo 20. Aunque ambas son una respuesta de poblaciones a una situación específica, las primeras se han constituido para defender territorios de los empresarios dedicados a negocios no legalizados (comercio de drogas y personas, talamontes, etcétera), los cuales por lo mismo sustentan su acción en grupos paramilitares, con el aplauso u omisión del ejército.

En el caso de las guerrillas socialistas del siglo 20 (como las denominan nuestros intelectuales para cubrirse el rostro de izquierdistas radicales), la búsqueda de una transformación rebasa la pura defensa o protección de comunidades. Contra esas los gobiernos priístas desataron una feroz batida para exterminarlas, aprovechando el escaso o nulo apoyo en comunidades, colonias y barrios, entre los muertos de hambre a favor de los cuales enarbolaron su lucha.

Lo que se puede decir del gobierno de nuestro presidente en este caso, es que dichas luchas no las incluye como parte de los movimientos que precedieron el triunfo del 2018. Es una práctica clara que sigue a cada rato diferenciarse sobre este punto, pero en contraste a su dicho del método o el camino a seguir (violencia contra paz), subyace en el planteamiento de nuestro presidente el prejuicio contra luchar por acabar con el capitalismo. Dentro del marco de este modo de producción concibe todo su quehacer, que es a la vez su cárcel.

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