Por Israel

Se afirma que son las ideas las que transforman el mundo. Y la serie de ejemplos que se ponen para esto van desde evidencias simples referidas a propósito inmediatos, hasta eventos de repercusión múltiple para otros muchos y que pueden perdurar los resultados durante buen tiempo. Así es como se habla de los ideales que mueven las transformaciones sociales, si por éstas consideramos a las revoluciones de las relaciones sociales de producción. Que conste, no sólo se trata de los cambios habidos en los medios de producción.

Como toda revolución la que se vivió en México hacia inicios del siglo 20 cambió muchos de los elementos del llamado tejido social, de las clases sociales en última instancia y, por ende, de lo que en lo sucesivo fueron las luchas entre éstas expresadas en movimientos y conquistas de demandas que, si bien no modificaron en sustancia las relaciones sociales de producción afianzándose en el país, permitieron a varios sectores de clase obtener derechos que en un contexto distinto hubiera sido más difícil conseguirlos.

Los llamados derechos a la salud, a la educación, a vivienda digna, al acceso a agua potable y electricidad, junto a un salario suficiente para el trabajador y su familia, aunque están enmarcados en eso que llamaron derechos sociales luego de la segunda guerra mundial (que en modo preciso fue entre potencias capitalistas) y que sirvió, de paso, para buscar acabar con la lucha emprendida por los comunistas en diversos lugares de Europa, empezando por destruir a la URSS, en realidad fue la salida para mediatizar la lucha de los obreros.

Así, el tan llevado y traído Estado de Bienestar que en resumidas cuentas asegura más o menos esa clase derechos (y otros), fue la manera como el imperialismo debió reorganizar a la sociedad capitalista en los países que servían de ejemplo (o punta de lanza), para continuar insistiendo en acabar con toda opción de construir una sociedad distinta a la capitalista. Y si bien se dice que lo consagrado en la Constitución de 1917 resultó del carácter adelantado de la revolución social (incluso antes de la bolchevique), el marco siempre fue el capitalismo.

Toda la concepción con que se hizo en el país antes y después del 17 cualquier cambio o transformación del entramado social, incluso a lo largo del siglo 19 desde los momentos mismos en que se peleaba todavía la independencia política de lo que luego Franco llamó La España Grande, se encuentra preñada de considerar siempre una sociedad divida en clases sociales (léase si no, Los sentimientos de la Nación proclamada por Morelos) y, cuando mucho, se actuó para mitigar esto con ciertas medidas destacables (p.e.,abolir la esclavitud).

Las manidas condiciones en esos momentos (siglos 19 y 20) estaban dadas todavía para afianzar el capitalismo en el mundo y el asalto al cielo de los bolcheviques (y otros en lugares, o como partes de la lucha de pueblos, que al menos buscaban acabar con el colonialismo de siglos sobre ellos) representó un despropósito para más de uno. Si la apuesta fue temeraria, no lo fue quizá más que intentar crear una sociedad distinta en una isla chiquita como Cuba en 1961, dando a conocer su primera proclama pública del carácter de la transformación.

El problema en todos estos periodos en que las ideas llevadas y traídas a cuento sobre lo que es y lo que debe ser una sociedad creada por el mismo ser humano, centra el problema en si debe tener como base la existencia de clases sociales a partir del régimen de propiedad privada consagrado, o si debe ser otro el sustento para que el resultado sea distinto. Pero ésta que parece ser la idea más básica, en realidad tiene muchas más ideas a su alrededor y es el resultado de otra clase de ideas en juego.

Para cualquier que se dé cuenta o se pregunte por qué pese a los cambios habidos por nuestro presidente en México perviven (y seguirán) existiendo, por ejemplo, gente indigente, personas que vive en la calle, la respuesta sin ser en apariencia una sola encontrará de fondo que esto se debe a causa de existir los pocos que viven a costillas del trabajo de otros, y los muchos que sólo tienen su capacidad de trabajo para mantenerse y mantener a su familia. La pérdida de toda dignidad para terminar en la indigencia no es un asunto sólo (como se dice) personal.

Que en una sociedad como la capitalista se potencien todos mecanismos y circunstancias que hacen del ser humano un ser infeliz (pese a que la alegría o felicidad, que no son lo mismo, está reivindicada por el llamado neoliberalismo), un ser humano a medias (por decirlo de cierto modo), como una persona con resentimiento hacia la sociedad y proclive a la amargura, no es porque de suyo la gente sea así.

Toda la frustración que arraiga a consecuencia de las injusticias y tropelías que puede vivir alguien, bajo una ideología reaccionaria como se finca a partir de cargar el almita rebosante de individualismo, sin canalización de alguna lucha que se base en conocerse como ser que suponemos humano para llegar a la raíz de lo que se es, terminará por degradar de muchas maneras a las personas. No sólo por sobrar en el capitalismo una ingente masa de humanos sino porque a base del individualismo no hay salida humana para el ser humano.

Por múltiples vías que no están a la vista de todos porque como funcionan desde antes de que nazcamos nos parecen naturales, el capitalismo moldea nuestro pensamiento y las ideas de que nos sentimos orgullosos poseer, en realidad pertenecen al cúmulo de subjetividades con que nos hace sus mansos o rebeldes reproductores. Por eso en los procesos actuales en América donde se cambian algunas cosas relativas a la distribución del ingreso y diversos derechos de la gente, las universidades se oponen a estos cambios en primera fila.

La frustración de los universitarios no sólo es porque sienten que se merecen más de lo que tienen, al reproducir las ideas propias del capitalismo y sus explicaciones más chabacanas de la situación habida en el mundo (el mito de la universidad como semillero de comunistas y guerrilleros, derivó en sólo eso, mito de 60-70’s del siglo 20), sino porque tal sentimiento se da como el que tiene cualquier hijo de vecina que respira bajo los preceptos que la ideología dominante le otorga al basar su vida en la competencia. El ser frustrado así florece.

Las ideas no existen en las universidades porque a éstas les han esterilizados del sentido revolucionario albergado en todo conocimiento que se preste de ciencia. A lo más que les han dejado para experimentar en su haber es la ciencia que sirva para resolver problemas que atañen a los capitalistas. La física, la química, la biología, la medicina y otras ramas del conocimiento que sirven para mejorar procesos con que se puede hacer negocio, son los únicos asideros que todavía (si acaso) se pronuncian como científicos.

La formulación de vacunas en la pandemia del covid-19 si bien se hizo en tiempo récord empleando técnicas llamadas novedosas, tuvo como resultado contribuir a incrementar el capital de las trasnacionales dedicadas a fabricar fármacos (Pfizer, Johnson & Johnson, Merck & Co, etc). Mientras el único laboratorio que depende de uno no se enmohezca, al creernos científicos chichos cuando hay un contexto que nos implica, podremos salirnos de los esquemas de falta de ideas a que nos somete la sociedad cuando buscamos ascender.

Si la inexistencia de ideas que nos den dignidad es lo ofrecido en el plato cotidiano de los esquemas imbuidos en nosotros por el capitalismo, insistir en que mediante el individualismo el ser humano se hará a sí mismo más humano no sólo es un contrasentido, sino una pendejada total. Analizar lo que pasa en el mundo y en el país a partir de las pretendidas ideas que sirven para reproducir la subjetividad del capitalismo, es la debacle de hoy en lo que antes se llamaba ciencias sociales (con las llamadas humanidades al lado).

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