Por Israel

El vacío que creó nuestro presidente al apagar el fuego que ya había en 2018 no fue para lo que él ha reivindicado: hacer más funcional al capitalismo quitándole sus lados más indignantes (digámoslo así). El vacío fue para todos aquellos que de una u otra manera buscan hacer todo lo más posible por acabar con el capitalismo. Nuestro presidente jamás se ha pronunciado como alguien que quiera acabar con el capitalismo, así que no había por qué esperar esto de su parte.

Y el camino andando apenas comienza a hacerse. El gobierno de nuestro presidente no es un problema en sí, pese a que su lucha contra la oligarquía sea sólo la manera de legitimar al capitalismo. Si esperábamos algo más nos hicimos como Tío Lolo. En la concepción del llamado sistema capitalista en México, de quienes razonan a partir de los esquemas que les brinda, el presidente ha cambiado las estructuras o cimientos de México sin una guerra civil.

Redistribuir el ingreso, ampliar las libertades políticas, volver asequible para varios sectores demográficos servicios públicos que le den una mejor calidad de vida (educación, salud, vivienda, entre otros), es a lo que se refieren quienes miran el gobierno de nuestro presidente con los ojos del llamado sistema. Desde luego se piensa si esto es todo lo más posible que se pudo hacer o si hubo acciones que no se tomaron porque no se pudo, no se quiso, no se identificaron o por alguna razón distinta.

El vacío creado por el gobierno de nuestro presidente deviene de igual confusión que persiste en eso que por lo habitual le llaman lucha anticapitalista. Abrevan de lo mismo, de concebir que la vía armada para luchar por la transformación social está demostrada su inviabilidad (en palabras de nuestro presidente: la transformación es posible por la vía pacífica), además de concebir que el planteamiento de una vanguardia o partido de clase (obrera) que dirija dicha transformación también carece de sentido o es inviable.

Cuando desaparecen los llamados países de socialismo real, el imperialismo desató una campaña despiadada para amaestrarnos y predisponernos contra esos dos planteamientos, que pueden decirse también así: luchar por hacer o construir una sociedad no basada en el capitalismo a través de tomar el poder (como decía el trasnochado Uliánov), dirigido tal proceso de lucha armada por una vanguardia (proletaria) revolucionaria.

Ahora, lo más a lo que se puede aspirar (nos dice el propio imperialismo) es a obtener una transformación para llegar a la democracia y, en su caso, buscar de entre los múltiples componentes demográficos los que para esto pueden luchar. Los obreros están reducidos a uno de tantos grupos demográficos para quitarle el sentido de clase que tiene y debe tener luchar por acabar con el capitalismo, reduciéndolo a conseguir la democracia, si acaso un mundo donde quepan muchos mundos. Que un mundo no capitalista sea posible, es otra cosa.

Si se tratara de mero juego de palabras, o de una diferencia semántica si acaso, todo podría ser precisado nomás y quizá no se tuviera otra diferencia en los hechos. Pero como hechos son amores y no buenas intenciones (dice el vulgo nomás), desde luego que nuestro presidente haya generado el vacío indicado no es cosa menor, por que cualquiera haga lo que haga en la llamada vida tiene responsabilidad por tanto, aunque algunos digan: y yo por qué, como expresaría el idiota (por ideología) que fue presidente de México. ¡Increíble!, pero cierto.

Ni modo aducir ignorancia política o desconocimiento de lo hecho por nuestro presidente. Que había fuego creciente en 2018 era obvio para muchos. Que esto deviniera estallido social, todavía estaba por verse. Como posibilidad existía. Si nuestro presidente creó un vacío al apagar el fuego, no sólo de él es la responsabilidad de que esto sucediera. Que esto haya sido así es porque quienes se supone están en la llamada lucha anticapitalista manejan tal confusión en sus planteamientos, que en vez de contrastar, facilitaron crear este vacío.

Pese a lo dicho y redicho por nuestro presidente, acerca de la politización del pueblo mexicano, ellos confiaron depositando su esperanza en lo que él hiciera para aliviar sus penas. Y como los que luchan contra el capitalismo, mantienen confusión en sus planteamientos, que le den un poco de realce a la gente y un poco de ingreso para paliar el hambre, con eso se conformaron. Aunque la lucha por acabar con el capitalismo es lo único que puede llevar al ser humano hacer a un lado el camino de su deshumanización, la gente no lo concibe así.

La gente no es tonta, tonto es el que piensa que la gente es tonta. Aunque lo anterior es cierto, tampoco es que por no ser tonta la gente, estén pensando que todas las penas y atropellos que ha tenido y tiene en su vida provengan del capitalismo. Algo tan lejano como eso puede ser traducido en el robo de su trabajo, contaminación de los ríos en su comunidad, cobro de derechos de piso por quienes le ofrecen a cambio protección, no respetar sus derechos laborales, carecer de medicamentos en las clínicas, no contar con acceso a luz o agua potable.

Quién le puede explicar esto a los muertos de hambre si, de un lado, nuestro presidente todo lo atañe a la corrupción (algo tangible en lo inmediato, pero que no va a la raíz de la situación en cuestión), a la existencia de un periodo de oligarquía y gobiernos saqueadores y, por el otro, los que luchan contra el capitalismo le atribuyen todos los males a los llamados gobiernos progresistas, a que la lucha no es por el gobierno y otra clase de confusiones estructuradas que manejan en su discurso porque se quieren oír alternativos (o no dogmáticos, según).

Si a esto le sumamos que la idea de nuestro presidente es demostrar que por los cauces legales y pacíficos se puede transformar la llamada realidad social del país (que conste, no es acabar con el capitalismo, por lo que la transformación manejada por nuestro presidente en realidad es un mero cambio dentro del propio capitalismo, es decir, reformismo), mientras los de la lucha anticapitalista consideran otros sectores demográficos, y no a los obreros, como los sujetos de cualquier transformación, como si este papel fuera asignado por San Marx.

La pobre visión del mundo que tenemos nos mete en mayor confusión con el vacío creado por nuestro presidente, alimentado por los anticapitalistas que confunden el llamado sujeto de la transformación con el planteamiento de clase que implica acabar con el capitalismo, al sólo poder vislumbrar que ambas cosas nadan en el mar de la superficialidad (antes se decía apariencia) de la realidad histórica del capitalismo. Los revolucionarios no luchan por la muerte, sino por la vida. Que matar o morir se les atraviese en el camino, no es santo de su devoción.

Por hacer todo lo más posible para acabar con el capitalismo se puede pensar que la lucha armada es el único camino posible, o que agenciarse del poder es todo cuanto debe ser logrado. Luchar haciendo todo lo más posible por acabar con el capitalismo conlleva sin duda muerte y vida de por medio. Para luchar por la vida de la humanidad, porque el ser humano sea cada vez más lo que a su ser le corresponde, debe morir el capitalismo. No los capitalistas como personas, sino el papel o lugar que ocupan en la sociedad.

Junto al régimen de propiedad privada que les da el papel de capitalistas a las personas que viven a costillas del trabajo realizado por otros, desaparecer esta relación de explotación del hombre por el hombre mismo como base para erigir la sociedad, es lo que hará terminar con el capitalismo. No aquí o allá, no a pequeña o gran escala, sino como modo de producción, como una forma específica de economía para erigir una sociedad. Esto sigue y seguirá en el centro de toda lucha de los muertos de hambre para ser cada vez menos deshumanizados.

Pese a lo que puede pensarse en primera instancia, el vacío creado por nuestro presidente da pie para decir que sin un planteamiento de clase cualquier lucha de los muertos de hambre se quedará a medias, terminará por dejar en los hombros de otros lo que por su convicción le puede dar un alcance radical a su lucha cotidiana. Pensar en dirigir una lucha de reformismo o de revolución es la disyuntiva para los mismos muertos de hambre, a partir del planteamiento que conducirá sus pasos. En definitiva, es la ideológica la lucha última a largo plazo.

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