Por Israel

Nuestro presidente quedó atrapado de sí, de su ideología, pero eso era predecible desde el inicio. Si en términos político es indudable su defensa de la llamada democracia, la soberanía del país (lo que no es poco), para la economía es un seguidor de las mismas directrices (que él tanto rechaza) llamadas neoliberalismo. Sólo quitando esas distorsiones (digámoslo así) los negocios fungen con legitimidad y la economía capitalista puede funcionar con libertad.

Si existe corrupción los negocios están regidos por la mordida, compadrazgo, cuatachismo y demás distorsiones que, en vez de dejar hacer a los capitalistas la extracción de vida para su capital mediante robarle sangre a los obreros en forma de trabajo no pagado de manera legítima, vuelven no genuinos los logros de los negocios (como lo ha expresado en forma espiritual nuestro presidente) sino maquillados por las facilidades propias que da un régimen basado en la corrupción (o mecanismos perversos, como los llama la tecnocracia).

Esto ha chocado con el origen de constitución de la gran burguesía en México acostumbrada a robar más de lo que de por sí, en un tiempo de funcionamiento normal (según) o no distorsionado, le permite la legalidad establecida, refugiándose en los mecanismos que desata la corrupción. Ésta, en vez de ayudarle a la llamada buena marcha de los negocios, como ha quedado demostrado en lo hecho por el gobierno de nuestro presidente, no ayuda para que estos hasta acumulen con legitimidad (o la explotación capitalista se legitima).

Lo último es fundamental. Porque la verdad más íntima del país (como dice nuestro presidente de los llamados pueblos indígenas) es en la actualidad reivindicada por un espíritu de conmiseración, que le ofrece piedad para su circunstancia. Los mismos pueblos y comunidades llamadas a sí mismas indígenas se avienen a ese espíritu porque no tienen para dónde moverse. Que los dejen ser como son, es a lo más que aspiran (lo cual no es poco).

Pensar que en México existe un movimiento u organización que busque acabar con el capitalismo, es un sueño guajiro en la actualidad. Hasta los que un día así tomaron la decisión y se hicieron públicos al mundo (como ellos mismos se dijeron en su momento) hoy son un guiñapo de su planteamiento inicial que entregó una moneda falsa (las cuentas de vidrio, como el mito dice timaron a los pobladores hace siglos los conquistadores de lo que se llamó México).

Hay grupos, organizaciones pequeñas y con arraigo fuerte pero en escasos lugares que no son relevantes por desgracia. El espíritu que anima a la llamada lucha anticapitalista está orientada más por la confusión creada y aprovechada por el imperialismo con la desaparición de países reivindicadores del socialismo. Y en vez de pensar qué hacer para contribuir con acabar el capitalismo, se encierran en la mezquina batalla consigo mismos para demostrar que su vía (la suya, la de nadie más) es la única y verdadera.

Arriba los de abajo, pero no necesariamente abajo los de arriba, aunque sí abajo los privilegios, es otra manera de expresar de nuestro presidente los límites de su planteamiento para hacer funcionar sin distorsiones (digámoslo así) el capitalismo. Por desgracia, tampoco da para más su lucha (la de nuestro presidente, desde luego), aunque sus planteamientos representan un avance para las circunstancias habidas antes de su gobierno.

Por paradójico, absurdo o pesimista que suene, la verdad que todos negamos es que el capitalismo acabará con la humanidad, sea por la vía de embrutecer cada vez más al ser humano (deshumanizándolo), sea por acabar con toda forma de vida conocida en la Tierra, sea por exterminar a la población que para su reproducción no necesita. De hecho el capitalismo ya está haciendo ese exterminio, al desbocarse por la desaparición de países que buscaran edificar una sociedad distinta, no basada en el capitalismo.

Y es un hecho innegable que el capitalismo acabará con la humanidad (por alguna de las vías indicadas, por todas a la vez u otras que de imaginarse dan escalofríos, como lo puede ser una guerra empleando bombas nucleares), por lo que la idea de que un día se extinguirá la especie humana en la Tierra se hará realidad más pronto. Esto es, si por lo menos pensáramos en prolongar aunque fuera un poco más el tiempo de la humanidad como especie, deberíamos buscar cómo contribuir a darle mate al capitalismo.

Luchar por los no nacidos (repitiendo el poema de Otto René, Frente al balance, mañana) es anacrónico para quien piensa a partir de la confusión aprovechada por el imperialismo. Si alguien es reaccionario, parte del individualismo, sueña con ascender en el capitalismo, o se identifica de cualquier modo con lo que es la sociedad capitalista (que es compartir el individualismo como su ideología). Claro, se dirá que sin presente el mañana es efímero, o que el pasado es un sueño.

Como dijera a Po el maestro Huwei, el hoy es un regalo, por eso se llama presente. Es lo que se vive, pero siempre con un pie en lo que vendrá y otro en de dónde venimos. El ayer es un recuerdo, pero sin estos no se pueden tener referencias de los pasos dados para llegar al momento vivido. La pérdida de memoria, la distorsión del recuerdo, borrar el pasado, es parte de la estrategia impulsada por el imperialismo aprovechando la confusión con que cerró el siglo 20. Si un pueblo no sabe quién fue en su origen, de donde viene, carecerá de destino propio.

El imperialismo descontaminó empleando todos los medios posibles a su alcance a toda la humanidad. No a todos con la misma intensidad y en igual condiciones, pero sí llevó a cabo una campaña feroz para erigir al capitalismo (y con esto, erigirse a sí mismo) como la sociedad suprema en todos los ámbitos. Quienes flaquearon en principios, agacharon la cabeza buscando sobrevivir. Otros tiraron el arpa para pasar a la orquestade aplaudidores a sueldo del capitalismo. Algunos pocos se aquietaron esperando en los bordes.

Las imágenes inventadas y el credo siguiente conocido como neoliberalismo (economía de mercado, empezaron a llamar a la feroz conquista de territorios nuevos por los capitalistas) jugaron el mismo papel de colonización con ropaje actual. A los países sometidos al capitalismo no se les llamó colonias aunque sirvieron para extraer capital y acrecentar las ganancias de emporios, impulsando la concentración y centralización respectiva. Igual como sucedió con las colonias en siglos previos.

Ante el mundo idílico de las llamadas crisis recurrentes, con los así definidos ciclos largos y cortos ceñidos a un supuesto comportamiento de la economía, la forma de los negocios (su administración) tomó el centro de las explicaciones del llamado comportamiento de la inversión. La oferta y la demanda se hicieron cuentas del rosario rezado en centros financieros, bancos e instituciones erigidas como científicas. El análisis de una edificación viva como lo es la economía de una sociedad, se le destripó por completo para su mejor manipulación.

Y esa simplificación se implantó en todos los ámbitos humanos en los que fue indispensable buscando desaparecer cualquier vestigio de donde pudiera salir de nueva cuenta el fantasma del comunismo. Todo idiotismo tiene sus fuentes, y en el caso del idiotismo que impera en la actualidad y al cual nos han acostumbrado de diversas maneras, nace de una euforia debido al triunfo inesperado del imperialismo. Las nuevas conquistas se valieron de guerras de todo tipo: militares, económicas, comerciales, legales, para erigir el capitalismo en toda la Tierra.

Hoy que el imperialismo no tiene contrincante que le dispute la supremacía, la guerra por mercados, fuentes de materias primas, recursos energéticos, minerales, agua dulce, datos sobre múltiples fenómenos, se vuelve de una mayor crudeza. En su interior, la pugna entre grandes monopolios por apropiarse el mejor botín a su alcance no conoce precedente y la humanidad se encuentra en vilo pendiendo su existencia por una mayor o menor tajada del botín a conseguir por ellos, sin importar llevarse a un pueblo o un territorio entre las patas.

Nunca como entonces la fragilidad del ser humano lo vuelve más ridícula y absurda, al grado tal que reivindicar acabar con toda explotación del hombre por el hombre mismo es tachado de anacrónico, trasnochado, dogmático. La vulgaridad se ha apoderado de todo y de la manera más estúpida el individualismo que deshumaniza al ser humano es el dios todopoderoso que baña de decadencia cualquier cosa en la posa su mano.

Cuando se habla de luchar por hacer todo lo más posible para acabar con el capitalismo es como gritar en el desierto, porque en lo que menos piensa la humanidad es en algo parecido a esto. De nada sirve, puede pensarse, hacerlo entonces. Pero eso mismo es lo esencial, pues si lo que vale la pena hacer es lo único que va a triunfar (como nos acostumbra a hablar la competencia), ni modo que pensemos que erigir en pendón la miseria humana surgida de la existencia de la propiedad privada sea digno de empeño en la única vida que tenemos.

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